Ocaso en las Highlands -5- #2
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Valerie no había pedido simplemente un informe bancario para conocer sus deudas.

Había encargado que recopilaran y trajeran hasta el castillo cada palabra que Maeve Gallagher había publicado desde que comenzó su carrera periodística.

Las pruebas físicas de su ambición, de sus éxitos y de sus fracasos, yacían ahora desparramadas sobre la mesa de caoba.

—Usted se escuda en la objetividad, Maeve.

Viene a mi casa, intenta poner un micrófono entre nosotras y se disfraza de observadora imparcial —dijo Valerie, separando con la uña esmaltada en rojo uno de los recortes—.

Pero nadie que elija esta profesión es un mero observador.

Escribir es un acto de vanidad. Es reclamar que tu visión del mundo merece ser impresa y consumida por miles de extraños.

—Son reportajes de investigación —se defendió Maeve, dando un paso al frente, sintiendo cómo la determinación de mantener la calma se resquebrajaba—. Exponen hechos. No son diarios personales.

—Todo lo que uno escribe es un diario personal, si sabes dónde mirar las costuras. —Valerie levantó un pliego de papel periódico. Era la primera página de su galardonado reportaje sobre la corrupción sindical en los astilleros—. Acérquese.

Maeve dudó. El instinto le decía que mantuviera la distancia, pero la gravedad que ejercía la actriz en aquella sala era imposible de resistir. Dio dos pasos hasta quedar frente a la mesa, a menos de un metro de Valerie.

—Lea el tercer párrafo. En voz alta.

La orden fue contundente, carente de la ironía habitual. Valerie no estaba jugando. Estaba exigiendo sumisión.

—Señora Thorne, esto no tiene ningún sentido. No estamos aquí para hablar de mi trabajo.

—Lea el maldito párrafo, Maeve. O llamaré a Bramwell ahora mismo para que ponga su maleta en el porche, bajo la lluvia, y llamaré a la agencia para rescindir su contrato por falta de cooperación.

La amenaza fue pronunciada con una calma absoluta. Maeve miró los ojos de Valerie y supo que lo haría. A la actriz no le importaba el libro. Le importaba el poder. Le importaba aplastar cualquier atisbo de insubordinación.

Maeve tragó saliva. El sabor agrio del café regresó a su garganta.

Bajó la vista hacia el recorte. Sus propios ojos escanearon las líneas de tinta negra que tantas veces había corregido en la máquina de escribir de la redacción.

Aquel texto le había valido un premio nacional. Era su mayor orgullo profesional.

La mano le tembló ligeramente al rozar el borde del papel.

—"El entramado financiero..." —empezó Maeve.

Su voz sonó ronca, débil. Carraspeó y volvió a empezar—.

"El entramado financiero liderado por los capataces no era simplemente una red de favores; era una maquinaria sistemática de extorsión que asfixiaba a los operarios más vulnerables.

La avaricia de estos líderes sindicales, cegados por la impunidad que les otorgaba el silencio cómplice de las autoridades portuarias, los llevó a devorar los salarios de las mismas familias a las que juraron proteger".

Maeve se detuvo. El eco de sus propias palabras murió en la vastedad de la biblioteca. Esperó.

Valerie cerró los ojos un instante y dejó escapar un suspiro de decepción genuina y profunda.

—Patético.

La palabra cayó como un bloque de hielo sobre la mesa.

—Ese artículo desmanteló una red de corrupción y llevó a tres personas a prisión —replicó Maeve, sintiendo la rabia punzando en sus sienes.

—Y usted se cree una heroína por ello, ¿verdad?

—Valerie abrió los ojos y fijó su mirada en la periodista—.

Escuche su propia prosa. Es cobarde. Está llena de juicios morales de clase media.

"Extorsión", "avaricia", "impunidad", "familias vulnerables".

Usted no está exponiendo la verdad, Maeve.

Está pidiendo aplausos al lector. Está rogándoles que vean lo buena y justa que es usted.

—Eso es periodismo. Denunciar los abusos de poder.

—¡Eso es debilidad! —Valerie alzó la voz, un sonido repentino y cortante que hizo que Maeve diera medio paso atrás—.

Usted describe la avaricia de esos hombres como si fuera un pecado capital que le produce náuseas.

La avaricia no es un pecado, Maeve. Es ambición en su estado más puro y carente de modales.

Usted no entiende el poder. Usted lo observa desde fuera, lo envidia en secreto y luego lo castiga en papel barato porque no tiene las agallas de ejercerlo.

Las palabras de Valerie no eran una simple crítica de estilo; eran una vivisección psicológica.

Estaba desmontando la armadura profesional de Maeve, pieza por pieza.

Y lo peor de todo, lo que realmente hizo que el estómago de la periodista se encogiera de terror, era que, formuladas por aquella voz hipnótica, las críticas sonaban verdaderas.

Valerie tomó otro recorte. Un artículo de opinión que Maeve había escrito sobre la soledad en la tercera edad en los barrios obreros de Londres.

—Lea esto. El segundo párrafo.

Maeve negó con la cabeza, apretando los labios. Las lágrimas de pura frustración amenazaban con acumularse en los bordes de sus ojos, pero se negaba a llorar frente a ella.

—No. Ya basta. No voy a seguir con este juego absurdo.

Valerie soltó el papel. Se apartó ligeramente de la mesa de caoba. Su cuerpo giró hacia la periodista con una fluidez depredadora. Los mocasines de Valerie no emitieron sonido alguno sobre la alfombra, pero su presencia llenó el espacio vital de Maeve en cuestión de segundos.

Maeve sintió el impulso físico de retroceder, de huir hacia la puerta de doble hoja, pero sus zapatos parecían pegados a la madera del suelo. Se quedó paralizada, atrapada en el campo gravitatorio de la actriz.

Valerie se detuvo a escasos centímetros de ella. La diferencia de altura era mínima, apenas unos centímetros a favor de Maeve, pero la envergadura del aura de Valerie la empequeñecía hasta convertirla en una niña asustada.

El aroma asfixiante a jazmín nocturno y pólvora quemada penetró en los pulmones de Maeve, desplazando el olor a libro viejo de la biblioteca. Era un perfume caro, denso, que prometía misterio pero ocultaba decadencia.

Valerie levantó ambas manos con una lentitud exasperante.

Maeve contuvo el aliento, con los músculos del cuello rígidos como cables de acero. Esperaba un golpe, un empujón, cualquier muestra de violencia física que encajara con la agresión verbal de los últimos minutos.

Pero las manos de Valerie no formaron puños. Sus dedos, largos, pálidos y coronados por esas uñas rojas impecables, se posaron sobre el grueso cuello de lana del jersey de Maeve.

Los pulgares de la actriz rozaron la piel desnuda de la garganta de Maeve, justo encima del límite de la lana.

El tacto era frío, gélido, como si las manos de Valerie no tuvieran circulación sanguínea.

El roce fue delicado, preciso. Valerie desdobló el pliegue del cuello alto, alisando la tela gris con una atención enfermiza y meticulosa.

El pulso de Maeve se disparó. La arteria carótida latía furiosamente contra la yema del pulgar de Valerie.

La actriz tuvo que sentirlo, el golpeteo del terror puro y el instinto animal fluyendo bajo la fina piel de la joven.

Y Maeve vio cómo la comisura de los labios de la leyenda caída se curvaba en una sonrisa de triunfo absoluto.

—Usted escribe como si le tuviera miedo a la oscuridad, Maeve —susurró Valerie, con el rostro tan cerca que la periodista podía sentir el leve aliento cálido contra su propia mejilla—. Usa palabras grandilocuentes para mantener a raya a los monstruos. Pero los monstruos no leen The Observer .

Los dedos de Valerie dejaron de alisar la lana. Sus manos se deslizaron hacia los hombros de Maeve, aferrándolos con una fuerza repentina e inesperada, clavando las yemas a través del grueso tejido.

—Está usted rota, endeudada y es una cobarde en su propia profesión.

—La voz de Valerie era un ronroneo letal, un veneno inyectado directamente en el torrente sanguíneo de la escritora—.

No tiene a dónde ir. No tiene quién la defienda.

En este castillo, su moralidad de clase media no le sirve de armadura.

Aquí solo importan dos cosas: quién da las órdenes, y quién se arrodilla para cumplirlas.

Maeve no podía apartar la mirada de esos ojos azules, dilatados por la excitación del control absoluto. Las palabras del cocinero vibraron en su mente, aplastadas por el peso del miedo. No busques lo que esconde.

El problema era que Valerie Thorne no escondía nada. Lo exponía todo. Su perversión, su tiranía y su sadismo estaban allí, a plena luz del día, envolviendo a Maeve en un abrazo helado.

Valerie soltó los hombros de la joven con un leve empujón hacia atrás. Dio medio paso en dirección contraria, recomponiendo la línea de su vestido burdeos con un gesto lánguido.

—Piénselo bien antes de volver a escribir una sola línea sobre mí —sentenció la actriz, dando la espalda a Maeve y caminando hacia el gran ventanal, dando la sesión por terminada—. Ahora márchese. Su presencia agota el oxígeno de la habitación.

Maeve giró sobre sí misma con pasos torpes.

Caminó hacia la puerta, agarró el pomo de bronce y tiró de él, escapando al pasillo sin atreverse a mirar atrás.

La puerta se cerró a sus espaldas, y mientras se apoyaba contra la pared de caoba para recuperar el aliento, se dio cuenta con horror de una verdad incuestionable.

No había sentido asco cuando Valerie le había rozado el cuello.

Había sentido una sumisión instintiva, una entrega total y vergonzosa que la arrastraba hacia el mismo abismo donde, la noche anterior, el joven jardinero había caído de rodillas.

El fuego devorador acababa de prenderse, y Maeve no tenía ni idea de cómo apagarlo.