Ocaso en las Highlands -5-
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El rodillo de goma de la Olivetti tenía una muesca profunda en el lado izquierdo, una pequeña cicatriz negra que Maeve no había notado hasta ese momento.

Llevaba veinte minutos con la vista clavada en el mecanismo, sentada frente al escritorio de su habitación, observando cómo la luz cenicienta del amanecer perfilaba las teclas metálicas.

No había papel en el carro. No había tecleado una sola palabra.

El hambre era un animal vivo arañándole las paredes del estómago.

Tras huir del comedor la mañana anterior, asfixiada por la humillación y el terror de que Valerie hubiera descubierto su sesión de voyeurismo nocturno, Maeve se había atrincherado en el cuarto.

Había ignorado los graves repiques del reloj de nogal anunciando el almuerzo y la cena.

Su orgullo, frágil y herido, le había dictado que esconderse era la única forma de mantener una mínima porción de dignidad.

Pero el orgullo no aportaba calorías. La debilidad física se había instalado en sus extremidades; sentía un ligero temblor en las rodillas y un sabor agrio en la parte posterior de la lengua.

Tenía que bajar. Si no comía, su cerebro dejaría de funcionar. Y en aquella casa, perder la agudeza mental era el preludio de una ejecución silenciosa.

Se puso un jersey de lana gruesa y cuello vuelto, de un tono gris marengo que le daba un aspecto aún más demacrado, y unos pantalones de pana oscura.

Se recogió el cabello, tirando de los mechones con fuerza para asegurar la trenza, intentando proyectar una imagen de control que estaba muy lejos de sentir.

Salió al pasillo. La primera planta mantenía su quietud sepulcral. Bajó la escalinata principal aferrándose al pasamanos de caoba barnizada, concentrándose en poner un pie delante del otro sin que le temblaran las piernas.

El comedor estaba vacío. O, al menos, eso pareció al principio.

La mesa inmensa no estaba puesta con el mantel de hilo blanco completo, sino con un simple camino de mesa bordado.

Solo había un servicio preparado en el extremo más alejado de la puerta.

Maeve avanzó arrastrando ligeramente los zapatos, sintiendo el calor residual de la chimenea oriental, que aún conservaba unas brasas anaranjadas bajo una gruesa capa de ceniza.

Se sentó. La silla de respaldo alto crujió levemente.

La puerta batiente que conectaba con la zona de servicio se abrió con un murmullo de goznes engrasados.

No fue Bramwell quien apareció, sino Oona Kincaid.

El ama de llaves llevaba una bandeja rectangular de plata sujeta con ambas manos.

Su rostro permanecía inescrutable, esculpido en piedra pómez, con el cabello tirante atrapado bajo una redecilla negra.

Oona se acercó y depositó la bandeja sobre la mesa. Había un tazón de avena densa coronada con un par de moras deshidratadas, un plato con dos rebanadas de pan tostado, una pequeña mantequera de cristal y una taza de loza blanca humeante.

—La señora Thorne la espera en la biblioteca a las diez en punto —informó Oona, sin molestarse en darle los buenos días—. Si va a ausentarse de las comidas principales, le sugiero que lo comunique a la cocina con antelación. En esta casa no se desperdicia comida por las rabietas de los invitados.

Maeve apretó las mandíbulas, sintiendo el calor de la indignación subiéndole por el cuello.

—No fue una rabieta. Estaba indispuesta.

—Por supuesto. —Oona esbozó una sonrisa que era apenas un estiramiento de sus labios finos, una mueca carente de cualquier atisbo de empatía—. La indigestión moral es muy común durante los primeros días en la propiedad.

El ama de llaves dio media vuelta y abandonó la estancia con pasos duros y rítmicos, dejando a Maeve sola con el sonido de su propia respiración.

La periodista agarró la cuchara de plata y se llevó una porción de avena a la boca.

Estaba tibia, pastosa, pero el estómago la recibió con una contracción casi dolorosa de alivio.

Masticó mecánicamente, obligándose a comer despacio para no provocarse náuseas.

Partió una rebanada de pan, extendió un poco de mantequilla y le dio un mordisco.

El simple acto de alimentarse pareció disipar la niebla que enturbiaba su mente.

Alargó la mano hacia la taza de loza blanca. Al levantarla por el asa para dar un sorbo al café negro, notó una pequeña irregularidad en el platillo de porcelana.

Debajo de la taza había un trozo de papel.

No era papel de carta, sino un cuadrado irregular de papel encerado, del tipo que se utilizaba en la cocina para envolver la mantequilla o forrar las bandejas del horno.

Estaba doblado sobre sí mismo varias veces, formando un rectángulo minúsculo, apretado y manchado en una esquina con lo que parecía hollín o harina quemada.

Maeve detuvo la taza a mitad de camino. Miró hacia la puerta batiente, comprobando que seguía cerrada. Echó un vistazo al pasillo a través de la doble hoja entornada del comedor. Nadie.

Dejó la taza a un lado con lentitud para no hacer ruido. Con dos dedos, tomó el pequeño cuadrado encerado y se lo ocultó en el regazo, bajo la mesa. Lo desdobló con cuidado, sintiendo la textura grasienta en las yemas.

El mensaje estaba escrito a lápiz. Los trazos eran gruesos, apretados, producto de una mano que había presionado el grafito con urgencia contra una superficie dura. La caligrafía era tosca, casi ilegible, pero las palabras, escritas en mayúsculas, destacaban con una claridad aterradora.

"SOLO ESCRIBE LO QUE TE DIGA. NO BUSQUES LO QUE ESCONDE."

El corazón de Maeve dio un vuelco. Volvió a leer las dos frases.

La imagen de Duncan Boyd limpiando la cacerola de cobre bajo la bombilla parpadeante inundó su mente.

El cocinero había roto su propio código de silencio.

Él, que se regía por la norma de observar y callar acababa de enviarle un salvavidas, o quizás una advertencia final.

Maeve repasó con el pulgar el borde rasgado del papel.

La nota confirmaba todas sus sospechas paranoicas.

El voyeurismo de la noche anterior, el fracaso de la primera entrevista, la humillación en el desayuno...

Valerie no estaba jugando al despiste por vanidad.

Estaba protegiendo algo. Y castigaba cualquier intento de escarbar en esa tierra oculta.

Dobló el papel rápidamente hasta reducirlo a un cuadrado minúsculo y se lo metió en el bolsillo de los pantalones de pana, empujándolo hasta el fondo.

El roce del papel encerado contra la tela de su bolsillo le proporcionó una extraña sensación de arraigo.

Tenía un aliado. Un aliado silencioso y aterrorizado, pero alguien que había visto cómo la telaraña envolvía a otras antes que a ella.

Terminó el café de tres tragos amargos. Miró el reloj. Las nueve y cincuenta y dos minutos.

Se levantó, recogió su cuaderno de espiral y sus dos bolígrafos de la silla contigua, y caminó hacia el ala este.

Sus pasos ya no eran los de una presa asustada; la nota de Duncan había encendido una pequeña chispa de determinación en su interior.

Iba a hacer exactamente lo que el cocinero le recomendaba.

Iba a darle a Valerie la grabadora, iba a asentir como una secretaria obediente y transcribiría las mentiras poéticas de la actriz hasta que el libro estuviera terminado.

Cobraría el cheque y se largaría de las Highlands.

Empujó la puerta de la biblioteca.

Esta vez, Valerie no estaba sentada en el sillón orejero de cuero junto al ventanal.

Estaba de pie frente a la mesa redonda, apoyando las manos desnudas sobre la superficie de caoba.

Llevaba un vestido recto de lana fina en un tono burdeos oscuro, con un cinturón negro muy ceñido que marcaba una cintura sorprendentemente delgada para una mujer de su edad.

No había tetera de porcelana. No había grabadora.

En el centro de la mesa, perfectamente alineada con los bordes, descansaba una gruesa carpeta de cartón manila.

—Cierre la puerta, Maeve. Y asegúrese de que el pestillo encaja por completo —ordenó Valerie sin levantar la vista de la carpeta. Su voz no era fría; era un murmullo bajo, casi conspiratorio, cargado de una electricidad estática que erizó los pequeños vellos de la nuca de la periodista.

Maeve obedeció. Empujó la pesada hoja de madera hasta escuchar el chasquido metálico del mecanismo. Caminó hacia la mesa, deteniéndose a un par de metros de distancia de la actriz.

—He traído el cuaderno. Si prefiere que no usemos la grabadora hoy, tomaré notas al dictado —dijo Maeve, intentando adoptar un tono profesional, desprovisto de emociones, tal y como había planeado unos minutos antes.

Valerie levantó la vista. Sus ojos glaciares recorrieron la figura de la periodista, deteniéndose en el cuello grueso del jersey de lana. Una pequeña arruga de desagrado apareció en el puente de su nariz perfecta.

—Deje ese cuaderno espantoso en el sillón. Hoy no va a transcribir mi vida. Hoy vamos a diseccionar la suya.

Maeve parpadeó, desconcertada. Sus dedos se aferraron con fuerza a la espiral metálica del bloc.

—¿Disculpe? La agencia literaria me contrató para redactar sus memorias. Tenemos un calendario que cumplir y...

Valerie abrió la carpeta manila con un movimiento seco de la muñeca izquierda.

El sonido del cartón rozando la madera cortó la protesta de Maeve en seco.

El interior de la carpeta no contenía fotografías antiguas en blanco y negro, ni contratos de estudios cinematográficos, ni guiones manchados de café.

Eran recortes de periódico.

Decenas de columnas, reportajes de doble página y artículos de opinión. Todos ellos recortados con una precisión quirúrgica, algunos amarillentos por el paso de un par de años, otros impresos en papel reciente.

Maeve reconoció inmediatamente la tipografía de The Observer . Reconoció los titulares en negrita. Reconoció su propio nombre en la línea de autoría de cada uno de ellos.