Ocaso en las Highlands -4- #2
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—Más despacio —siseó Valerie, sin alterar un ápice su compostura vocal—. Te comportas como un muerto de hambre frente a un banquete. Contrólate. Estás aquí para serme útil, no para satisfacer tu propio instinto básico.

Maeve tragó saliva. La saliva bajó por su garganta como si fuera arena.

Sus rodillas flaquearon ligeramente y tuvo que apoyar la palma de la mano derecha contra la pared para no perder el equilibrio.

Sus dedos rozaron un pequeño aplique de bronce que adornaba el pasillo.

El metal cedió una fracción de milímetro, emitiendo un agudo chirrido.

El sonido fue minúsculo en el contexto de la inmensa casa, pero para Maeve resonó como un disparo en una iglesia vacía.

El movimiento dentro de la habitación se detuvo de golpe.

—¿Quién anda ahí?

La voz de Valerie cambió. El tono perezoso desapareció, sustituido por un hielo cortante, afilado y amenazador.

Maeve no esperó. El pánico borró cualquier rastro de deseo en cuestión de un segundo.

Giró sobre sus talones descalzos y corrió por el pasillo envuelto en sombras, sin importarle ya el ruido sordo que sus plantas hacían contra la alfombra.

Dobló la esquina hacia su corredor derrapando ligeramente, empujó la puerta de su dormitorio y se arrojó al interior.

Cerró la hoja de caoba intentando que el golpe fuera mínimo.

Se apoyó contra la madera, deslizándose hasta el suelo, abrazándose las rodillas contra el pecho.

El corazón le latía con tal violencia que le dolían las costillas.

Clavó las uñas en sus propios brazos, esperando escuchar pasos pesados persiguiéndola por el corredor, esperando que el pomo girara y apareciera Oona, o Bramwell, o la propia Valerie para expulsarla del castillo en mitad de la noche.

Pero no ocurrió nada.

El silencio volvió a engullir la primera planta. Maeve se quedó sentada en el suelo frío hasta que la luz grisácea del amanecer comenzó a perfilar el rectángulo del ventanal de su habitación, sabiendo que, aunque no la hubieran atrapado físicamente, había cruzado una línea que ya no tenía retorno.

El olor a tocino ahumado y huevos fritos inundaba el comedor de la planta baja, una fragancia densa que chocaba frontalmente con el nudo que estrangulaba el estómago de Maeve.

Estaba sentada en la misma silla de la noche anterior.

Llevaba una falda recta de lana negra y un jersey grueso de cuello alto color carbón.

Se había recogido el cabello en una trenza apretada para ocultar, en la medida de lo posible, que sus manos habían temblado al peinarse.

Las ojeras marcaban su rostro pálido con dos medias lunas violáceas y profundas.

Bramwell apareció por su izquierda, sosteniendo una pesada tetera de plata. El mayordomo se inclinó, vertiendo un líquido ámbar oscuro y humeante en la taza de porcelana fina que descansaba frente a ella. El olor amargo del té negro llenó el espacio entre los dos.

—¿Azúcar, señorita Gallagher? —preguntó el anciano, con esa neutralidad aterradora que lo caracterizaba.

—No. Así está bien, gracias.

Bramwell dejó una jarrita con leche y retrocedió, perdiéndose de nuevo en las sombras de la periferia del comedor, de pie junto al inmenso reloj de nogal.

Maeve acercó ambas manos a la taza, buscando el calor de la porcelana para aplacar el temblor casi imperceptible de sus dedos.

Dio un pequeño sorbo. El líquido era denso, amargo, astringente.

Le raspó el paladar, pero le ayudó a centrarse.

Faltaban tres minutos para las ocho.

La puerta de doble hoja se abrió con la misma solemnidad del día anterior, pero esta vez, la luz de la mañana revelaba una imagen diametralmente opuesta.

Valerie Thorne entró envuelta en un traje de chaqueta de tweed color arena, con una blusa de seda blanca inmaculada y unos pantalones rectos que caían con una perfección insultante sobre unos mocasines de cuero italiano.

Su cabello, peinado en suaves ondas hacia atrás, reflejaba la pálida luz exterior.

Parecía la encarnación del vigor y la elegancia matutina.

No había en ella ni un ápice de fatiga. Ninguna señal de la noche de degradación y dominio que había ejecutado unas horas antes.

—Buenos días —saludó Valerie, caminando hacia la cabecera de la mesa. Su voz era fresca, firme, resonando contra los tapices oscuros de las paredes.

—Buenos días, señora Thorne —respondió Maeve, obligándose a mantener la mirada alta, fijando sus ojos en el nudo de la bufanda de seda que asomaba por el cuello de la actriz.

Bramwell le retiró la silla a su patrona y, de inmediato, desapareció hacia las cocinas, dejando un plato cubierto por una campana de plata frente a cada una.

Valerie retiró su campana. Solo había media toronja cortada en gajos perfectos y una pequeña cucharilla curvada. No la tocó. Se reclinó en la silla, apoyando las yemas de los dedos entrelazadas sobre su regazo, y fijó su mirada azul glaciar directamente en el rostro de Maeve.

El escrutinio duró varios segundos. Fue un silencio espeso, cargado de alfileres invisibles. Maeve sintió cómo la presión atmosférica del comedor aumentaba. El aire se volvía difícil de respirar.

—Tiene usted un aspecto deplorable, Maeve —sentenció Valerie finalmente, pronunciando su nombre de pila con una cadencia que arrastraba una familiaridad envenenada—. Las ojeras le llegan a la mandíbula. ¿Acaso el colchón de la habitación este no es de su agrado?

Maeve intentó tragar saliva, pero tenía la boca seca. Agarró su tenedor, fingiendo interés en los huevos revueltos que descansaban en su plato, simplemente para tener algo que hacer con las manos.

—El colchón está bien, gracias. He dormido poco. Supongo que el cambio de presión atmosférica por la tormenta y el ruido del viento en las ventanas me ha desvelado.

—El viento. Ya veo.

Valerie apoyó un codo sobre la mesa y descansó la barbilla sobre su mano. Su pulgar delineó la curva de sus propios labios, pintados de un rojo mate menos agresivo que el de la noche anterior. La media sonrisa que asomó a su rostro no llegó a sus ojos.

—Esta casa es vieja, Maeve. Sus cimientos están incrustados en la roca del acantilado.

La piedra aísla el ruido del exterior con bastante eficacia.

—Valerie hizo una pausa calculada, dejando que la afirmación flotara en el aire antes de asestar el golpe—.

Sin embargo, la madera del interior es otra historia.

El roble centenario se encoge con el frío.

Las juntas de las puertas se separan. Los paneles de las paredes transmiten el sonido de una forma...

fascinante. Es como vivir dentro de una inmensa caja de resonancia.

El tenedor resbaló ligeramente de los dedos de Maeve, golpeando el borde de su plato de porcelana con un clink metálico y traicionero.

La sangre abandonó su rostro por completo. El estómago se le cerró como un puño. Valerie no estaba hablando de arquitectura. La estaba desollando viva.

—¿A qué se refiere? —logró articular Maeve, odiando la fragilidad que se filtró en su propia voz.

Valerie no apartó la vista. Sus ojos brillaban ahora con una diversión oscura y depredadora. Disfrutaba de la agonía que estaba causando, paladeando el terror de la periodista como si fuera el manjar más exquisito del desayuno.

—Me refiero a que la curiosidad es un rasgo admirable en una periodista, siempre y cuando sepa cómo gestionar lo que descubre —dijo Valerie, bajando el tono, convirtiéndolo en un susurro áspero que atravesó la longitud de la mesa—.

Pero el voyeurismo, Maeve... el voyeurismo en los pasillos de mi casa es un juego peligroso.

Sobre todo para alguien que anda descalza y tiene la respiración tan pesada cuando se asusta.

La confirmación fue absoluta. Valerie lo sabía.

Lo sabía desde el principio. Sabía que había estado escuchando tras la puerta.

Sabía que se había excitado, que había huido despavorida, y ahora estaba utilizando esa vergüenza para aplastarla en el desayuno, como un gato que juega con el ratón al que ya le ha roto las patas.

Maeve apartó el plato hacia el centro de la mesa. La náusea era insoportable. Se levantó de golpe, haciendo chirriar las patas de la silla contra el suelo de madera.

—Si me disculpa —dijo, luchando por mantener la compostura, aunque el pecho le subía y bajaba con agitación—. Creo que la falta de sueño me ha provocado una migraña. Retomaremos la entrevista esta tarde, si le parece bien.

Valerie ni siquiera se movió de su postura relajada. Su rostro era una máscara de satisfacción gélida.

—Por supuesto. Descanse, escritora fantasma.

Recupere fuerzas. —Valerie tomó la cucharilla y hundió el borde metálico en la carne rosada de la toronja—.

Esta noche asegúrese de dormir profundamente.

A menos, claro, que prefiera seguir escuchando a través de la madera.

En ese caso, la próxima vez, tenga la cortesía de llamar a la puerta.

Maeve dio media vuelta y salió del comedor a paso rápido, sintiendo la mirada azul clavada en su nuca como dos dardos de hielo, sabiendo que el laberinto no solo se había cerrado, sino que Valerie acababa de entregarle el primer hilo para ahorcarse con él.