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El segundero del reloj de pulsera que descansaba sobre la mesilla de noche dictaba el ritmo de la madrugada con un golpeteo metálico y constante.
Tic. Tac. Maeve llevaba tres horas clavando la vista en la oscuridad, atrapada bajo una manta de lana que picaba a través de la fina tela de su camiseta de algodón y que pesaba como una losa de hormigón sobre su pecho.
Intentó girarse hacia el lado izquierdo, pero los muelles del colchón protestaron con un quejido agudo.
Se quedó inmóvil, con los músculos de la espalda agarrotados.
La tensión de la entrevista de la mañana seguía enquistada en la base de su nuca, latiendo con cada bombeo del corazón.
El fracaso la asfixiaba. Se veía a sí misma reproduciendo esa maldita cinta una y otra vez, buscando oro en un pozo de fango y no encontrando más que su propia humillación reflejada en las respuestas evasivas de la actriz.
La habitación estaba helada. El temporal no había amainado; por el contrario, el viento azotaba los muros de piedra de la fachada este con una furia sorda, haciendo vibrar los cristales del ventanal y colándose por las rendijas de los marcos de madera podrida.
Sin embargo, no era el clima lo que la mantenía despierta.
Era la cerradura lisa de su puerta. La ausencia de un pestillo que le garantizara que nadie cruzaría ese umbral mientras ella dormía.
Apartó la manta con un movimiento brusco y se sentó en el borde de la cama. El contacto de las plantas de sus pies descalzos con la alfombra le provocó una sacudida, pero prefirió el frío a la asfixia de las sábanas.
Se frotó los ojos. Necesitaba caminar, estirar las piernas, quizás acercarse a la ventana para ver si la tormenta amainaba, aunque sabía que al otro lado del cristal solo encontraría un vacío negro.
Fue entonces cuando lo escuchó.
No era el viento. No era el crujido natural de las vigas de madera contrayéndose por la temperatura. Era un sonido rítmico, denso y húmedo, proveniente del pasillo. Pasos.
Maeve contuvo la respiración. Sus pulmones ardían en el silencio repentino de su propia inmovilidad.
Los pasos no pertenecían a los zapatos de charol de Bramwell, que se deslizaban como cuchillas sobre hielo, ni a los tacones duros y militares de Oona Kincaid.
Eran pisadas pesadas, amortiguadas por el barro o por suelas de goma muy gruesas que aplastaban el tejido granate de la alfombra exterior.
Alguien caminaba por la primera planta a las tres y cuarto de la madrugada.
La curiosidad periodística, esa vieja adicción que la había llevado a husmear en los muelles de Londres y a ganarse enemigos peligrosos, anuló de inmediato al sentido común.
Maeve se levantó, ignorando el dolor punzante en las lumbares, y cruzó la habitación en silencio.
Agarró el picaporte de bronce, helado bajo sus yemas, y giró la muñeca con una lentitud exasperante para evitar que el mecanismo metálico delatara su presencia.
Tiró de la puerta hacia dentro, abriendo una rendija de apenas cinco centímetros.
El pasillo estaba sumido en las sombras, iluminado únicamente por el resplandor fantasmagórico de la luna que lograba atravesar las nubes y colarse por el ventanal del fondo.
En ese corredor bañado de gris y negro, Maeve distinguió una figura avanzando de espaldas a ella, alejándose hacia el ala oeste.
Era el jardinero. Lachlan Muir.
No llevaba el hacha, ni la camisa de franela a cuadros que le había visto por la mañana.
Vestía una camiseta interior blanca, sucia de tierra, y los mismos pantalones oscuros de pana.
Caminaba despacio, con los hombros caídos y las manos metidas en los bolsillos, dejando un leve rastro de humedad sobre la alfombra.
Maeve abrió la puerta un poco más y sacó la cabeza.
El aire del pasillo olía a humedad, a polvo antiguo y a una mezcla sutil de cera para muebles y pino.
Observó cómo el joven llegaba al final del corredor y giraba hacia la galería principal, la zona de la casa que Oona le había prohibido estrictamente pisar.
La zona donde se encontraban los aposentos privados de Valerie Thorne.
Antes de que pudiera racionalizar lo que estaba haciendo, Maeve dio un paso fuera de su habitación. Cerró la puerta a sus espaldas sin llegar a encajar el pestillo, dejando la madera entornada para asegurar su huida, y comenzó a seguirlo.
Caminaba sobre las puntas de los pies, esquivando las tablas que ya sabía que crujían cerca de la gran escalinata de roble.
Su respiración era corta, superficial. El pecho le subía y bajaba bajo la fina tela de su camiseta mientras acortaba la distancia, ocultándose en las sombras proyectadas por los pedestales y las armaduras de decoración.
Al doblar la esquina de la galería, se pegó a la pared de paneles de caoba.
Lachlan se había detenido frente a una imponente puerta de doble hoja, mucho más ornamentada que la del dormitorio de Maeve.
No dudó. No levantó el puño para llamar.
Simplemente giró el pomo de bronce macizo y empujó la madera.
La puerta cedió sin un solo sonido, tragándose la figura del joven hacia el interior.
La hoja no llegó a cerrarse del todo. El mecanismo era pesado y, al no acompañarla con la mano, rebotó milimétricamente contra el marco, dejando una fina y casi imperceptible línea dorada de luz escapando hacia la oscuridad del pasillo.
Maeve se quedó petrificada a quince metros de distancia.
Su cerebro le ordenaba dar media vuelta, volver a su cama y fingir que esa noche no había existido.
Valerie Thorne la había humillado y Oona Kincaid le había dejado claro que curiosear en esa casa tendría consecuencias graves.
Sin embargo, sus piernas se negaron a obedecer.
Avanzó. Cada paso era una agonía de lentitud. El corazón le golpeaba contra la garganta con tanta violencia que temió que pudieran escucharlo desde el interior de la habitación. Alcanzó el umbral y apoyó la espalda contra la pared contigua al marco de la puerta, pegando la oreja a la madera helada.
Al principio, solo escuchó el crepitar de un fuego voraz en una chimenea. Un sonido reconfortante que contrastaba de forma salvaje con el ambiente fúnebre del castillo. Luego, un tintineo sutil, cristal chocando contra cristal.
—Llegas tarde.
La voz de Valerie rasgó el silencio. Era baja, carente de la teatralidad que había empleado en la biblioteca, pero cargada de una autoridad absoluta que no admitía réplicas.
—Estaba terminando de asegurar las puertas del cobertizo —respondió Lachlan. Su tono era ronco, vacilante, desprovisto de la fuerza física que había exhibido destrozando troncos de roble horas atrás—. El viento amenazaba con arrancar las bisagras.
—No te he preguntado por las bisagras, Lachlan. Te he dicho que llegas tarde.
Un silencio pesado y viscoso se instaló en el interior. Maeve apretó las manos contra sus muslos, sintiendo la textura de su propia piel erizada. A través de la rendija, el olor a jazmín nocturno e incienso caro se mezcló con el aroma agrio a sudor masculino y tierra húmeda.
Se escuchó el sonido de una tela gruesa cayendo al suelo.
—Acércate a la luz —ordenó Valerie. Su voz ahora tenía un matiz diferente, más oscuro, impregnado de una crueldad ociosa—. Quiero ver qué tan sucios traes los zapatos. Bramwell se pasó dos horas puliendo la madera de esta habitación ayer.
Unos pasos pesados avanzaron sobre lo que sonaba a madera desnuda.
—Ponte de rodillas.
La orden no fue un grito, fue una indicación casi susurrada, pero cortó el aire con la eficacia de un látigo.
Maeve sintió un nudo caliente en el centro del estómago.
Esperaba escuchar una protesta por parte del joven, un gruñido de indignidad o al menos un ápice de resistencia.
Al fin y al cabo, él era un hombre en la plenitud de su fuerza física, y ella una mujer que rozaba los setenta años.
Pero lo que escuchó fue el impacto sordo de dos rodillas contra el suelo duro.
—Eres un animal torpe, ¿lo sabías? —Valerie hablaba con una cadencia hipnótica, lenta y destructiva—. Mírate las manos. Tienes tierra debajo de las uñas. Hueles a perro mojado.
—Puedo lavarme, señora. Yo solo...
—Cállate. No he dicho que me desagrade.
Maeve cerró los ojos, apretando la mejilla contra la madera barnizada de la puerta.
Una marea de sensaciones contradictorias la ahogaba.
Su mente educada y racional le dictaba que debía sentir asco ante esa asimetría de poder, repulsión por la forma en que la dueña de la casa utilizaba a un empleado como un simple vertedero físico. Era la explotación más cruda y vil.
Sin embargo, su cuerpo reaccionó de una manera completamente distinta.
Escuchó el sonido de un cinturón desabrochándose. El chasquido de la hebilla metálica contra el suelo. Luego, un jadeo ahogado por parte del jardinero, un sonido agudo y patético que denotaba sumisión absoluta.
Maeve se pasó la lengua por los labios resecos.
El calor que había sentido en la biblioteca al ver al joven trabajar había mutado.
Ahora no la excitaba la fuerza del hombre; la excitaba la mujer que lo tenía postrado.
La imagen mental de Valerie Thorne, fría, inalcanzable, dominando a la bestia con un simple movimiento de su mano, la envolvió en una oleada de curiosidad morbosa y deseo inconfesable.
Se imaginó a sí misma dentro de esa habitación.
Se imaginó siendo el objeto de esa atención devoradora y destructiva, doblegándose bajo el peso de esos ojos de hielo azul.
La respiración de Maeve se volvió agitada. El aire frío del pasillo chocaba contra el sudor que comenzaba a acumularse en su nuca y entre sus pechos.
Un gemido ronco escapó de los labios de Lachlan, seguido de un sonido húmedo y el roce agresivo de la piel.