Ocaso en las Highlands -3- #3
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—El fango de las Tierras Altas mancha de forma permanente, señorita Gallagher —dijo Oona.

Su voz sonó baja, rasposa, diseñada para que Valerie, en su ensoñación o aparente letargo a tres metros de distancia, no prestara demasiada atención—.

Y el barro del jardín se pega rápido. Sobre todo a las chicas de ciudad que no saben dónde pisan o a dónde miran.

Las distracciones aquí abajo pueden salir muy caras.

Maeve tragó saliva, sintiendo la amenaza implícita vibrando en las palabras de la mujer. Oona no estaba hablando de limpieza. Estaba marcando su territorio, avisando a la intrusa de que cada mirada furtiva, cada muestra de debilidad, estaba siendo registrada.

—Solo estaba abriendo la ventana, como solicitó la señora Thorne.

—Por supuesto. El aire puro suele marear a quienes no están acostumbrados —replicó Oona, recogiendo la taza vacía de Valerie con un movimiento brusco de muñeca—. La sesión ha terminado por esta mañana. La señora necesita descansar antes del almuerzo. Puede retirarse a su habitación.

Maeve miró hacia Valerie, buscando una confirmación, esperando que la dueña de la casa interviniera ante la insolencia de su empleada. Pero Valerie no dijo nada. Mantuvo la vista perdida en el vacío, ignorando la disputa como una reina que no se digna a mirar a los plebeyos peleando en el barro.

Derrotada, Maeve asintió. Recogió sus pertenencias, metiendo la grabadora y el cuaderno bajo el brazo, y cruzó la biblioteca en silencio. Al pasar junto a Oona, pudo oler el almidón de su uniforme y un rastro de alcanfor rancio que le revolvió el estómago.

Salió al pasillo y cerró la puerta.

Caminó hacia la escalera principal a paso rápido, deseando escapar del laberinto de la planta baja.

Volvió a su habitación en el ala este, empujó la pesada puerta de caoba y dejó caer sus cosas sobre la superficie del escritorio.

La máquina de escribir Olivetti seguía allí, exactamente igual que la noche anterior.

Un bloque de metal frío esperando palabras que no existían.

Se dejó caer sobre la silla de madera frente al ventanal, con la respiración agitada y un nudo de frustración aprisionándole el pecho.

Pulsó el botón de rebobinado de la grabadora. El mecanismo gimió. Observó el contador analógico retroceder rápidamente de los cuarenta y cinco minutos grabados hasta el cero absoluto. El clic metálico anunció el final de la cinta.

Maeve presionó 'Play'.

El siseo de la cinta magnética llenó la habitación en penumbra. Luego, la voz de Valerie.

«La memoria es una herramienta patética, Maeve...»

Adelantó la cinta unos minutos, saltándose su propia voz, buscando desesperadamente algo útil.

«Los detalles estúpidos... Nombres de directores que hoy en día no son más que ceniza... Yo no enfrentaba obstáculos, los sorteaba o los destruía...»

Pulsó el botón de parada con tanta fuerza que casi se le resbala el dedo. Apoyó los codos sobre el escritorio y enterró el rostro en las manos húmedas.

Cero. No tenía absolutamente nada.

Había estado sentada durante casi tres horas frente a Valerie Thorne.

Había escuchado su voz, había sido sometida a su escrutinio, había soportado sus lecciones de superioridad moral y su análisis psicológico invasivo.

Valerie había hablado de forma incesante, tejiendo una telaraña de palabras fascinantes, poéticas y destructivas.

Y Maeve se había dejado envolver por esa voz hipnótica, convencida durante la charla de que estaba presenciando la revelación de un genio torturado.

Pero al reproducir el audio en la frialdad de su habitación vacía, la verdad era irrefutable. Había sido manipulada con una precisión aterradora.

Valerie no había evadido las preguntas; las había desmantelado antes de que pudieran formularse.

Había utilizado el ego y la inseguridad de la propia Maeve para desviar la atención, manteniéndola a la defensiva, obligándola a justificar su presencia en la casa en lugar de hacer su trabajo.

Había teñido el aire de la biblioteca con una red de mentiras por omisión tan perfectas que no dejaban rastro de su engaño en el momento.

Maeve levantó la cabeza y miró el cuaderno de espiral abierto. Sus propias anotaciones eran un caos de palabras sueltas. "Paranoia". "Lobo". "Veneno". Eran los apuntes de una paciente de psiquiatría, no de una periodista de investigación.

Se frotó los ojos hasta ver destellos blancos. La advertencia del cocinero cobró sentido de golpe. Trabajar, mirar, escuchar y callar . Duncan sabía que cualquiera que intentara extraerle la verdad a Valerie acababa perdiendo la cordura en el proceso.

Giró la silla hacia la ventana cerrada de su habitación.

Desde allí no podía ver el jardín trasero.

No podía ver a Lachlan Muir machacando troncos bajo el frío escocés, ni la cruda realidad física de su existencia.

Solo veía la bruma blanca que bajaba desde la montaña, envolviendo el castillo como un sudario.

Se levantó y caminó lentamente hacia la cama, sintiendo el cansancio en cada fibra de sus músculos.

Se tumbó sobre la colcha de terciopelo, clavando la vista en las lamas de madera del dosel.

La primera batalla intelectual había terminado.

Y Valerie Thorne la había masacrado sin siquiera tener que levantar la voz.