-3- #2
Maeve dejó de escribir. La frustración comenzó a filtrarse bajo la piel, caliente y punzante.
Llevaban casi una hora, la cinta giraba implacablemente, y Valerie no le había dado un solo nombre, ni un solo lugar concreto, ni una anécdota verificable.
Era todo atmósfera, reflexiones filosóficas sobre el poder tejidas con un cinismo brillante pero completamente inservible para redactar una biografía real.
Intentó cambiar de ángulo, atacando por la vida personal, por sus relaciones, por la famosa desaparición de los focos a finales de los sesenta.
Pero cada pregunta formulada con precisión quirúrgica por Maeve encontraba una barrera de niebla.
Valerie respondía con metáforas elaboradas, analizando las intenciones ocultas detrás de las preguntas de la propia Maeve en lugar de responderlas.
Empezó a diseccionar la forma en que la periodista formulaba las frases, criticando su vocabulario, preguntándole por qué utilizaba tantas oraciones subordinadas.
La entrevista se estaba convirtiendo en un interrogatorio inverso, una exhibición de dominación intelectual diseñada para agotar las reservas de seguridad de la escritora.
—Apague esa máquina. Me está dando dolor de cabeza el zumbido —ordenó Valerie de repente, frotándose las sienes con las yemas de los dedos.
Maeve paró la grabación. El clic del botón resonó con fuerza. La habitación quedó sumida en un silencio denso.
—¿Necesita descansar? Podemos retomar la sesión esta tarde si se siente indispuesta.
—No estoy indispuesta. Estoy aburrida de su linealidad. Necesito aire. Abra un poco esa ventana, la calefacción central está secando el ambiente.
Maeve dejó el cuaderno sobre la mesa y se levantó.
Las piernas le pesaban, entumecidas por la tensión de la charla.
Caminó hacia el inmenso ventanal que daba a la parte trasera de la propiedad.
Los herrajes de bronce estaban rígidos por el frío, y tuvo que usar ambas manos, empujando con fuerza hacia arriba, para elevar el cristal inferior apenas un par de centímetros.
Una corriente de aire cortante y helado se coló por la rendija, arrastrando el olor a tierra mojada, pino y musgo. Maeve apoyó las manos en el alféizar de piedra y miró hacia el exterior, sintiendo el alivio del frío contra la piel caliente de sus mejillas.
La parcela trasera del castillo descendía en una ligera pendiente hacia el acantilado.
Lo que alguna vez debió ser un jardín meticulosamente cuidado era ahora un caos de arbustos muertos, rosales salvajes y maleza engullendo estatuas de piedra desmoronadas bajo el cielo encapotado.
Era un paisaje inhóspito, desprovisto de color.
Excepto por un punto en movimiento.
Unos metros más abajo, cerca de un viejo cobertizo de madera podrida, había un hombre trabajando.
Llevaba unos pantalones gruesos de pana oscura y una camisa de franela a cuadros, desabrochada hasta la mitad del pecho a pesar de las temperaturas bajo cero.
Sostenía un hacha de mango largo, golpeando con una precisión brutal los troncos de roble apilados sobre un tocón ensangrentado de savia.
Con cada impacto, Maeve escuchaba el chasquido sordo de la madera partiéndose un instante después de ver caer la hoja metálica.
Era joven, quizás unos años menor que ella.
Su cabello oscuro y rizado estaba empapado en sudor, pegado a la nuca y a la frente.
Los hombros y la espalda se tensaban bajo la tela de la camisa con una fuerza cruda y terrenal, una exhibición de vitalidad que chocaba frontalmente con la atmósfera esterilizada, muerta y antigua del interior del castillo.
Maeve se quedó hipnotizada por el movimiento rítmico.
Levantaba el hacha. La dejaba caer. El tronco se abría en dos.
La respiración del joven se condensaba en densas nubes blancas en el aire gélido de las Highlands.
Al agacharse para recoger las mitades de madera, el hombre giró ligeramente el rostro hacia la casa.
Maeve pudo distinguir unos rasgos toscos pero de una belleza ruda, sucia de tierra y esfuerzo.
Por un segundo, sus ojos, oscuros y penetrantes, parecieron clavarse en la ventana de la biblioteca. Maeve sintió un calor súbito subiendo por su garganta, una punzada de algo primitivo y confuso removiéndose en el estómago al observar la masculinidad sudorosa de aquel desconocido.
El suave tintineo de una bandeja de plata a su espalda rompió el trance.
Maeve giró la cabeza bruscamente, apartándose del cristal como si la hubieran sorprendido robando.
Oona Kincaid acababa de entrar en la biblioteca.
Avanzaba con pasos inaudibles sobre la alfombra oriental, sosteniendo una bandeja con una tetera de porcelana humeante y una jarrita de leche.
La postura del ama de llaves era tan rígida que parecía a punto de partirse por la mitad.
Oona dejó la bandeja sobre la mesa auxiliar junto a Valerie. La actriz ni siquiera se molestó en darle las gracias, sumida de nuevo en la contemplación silenciosa de su propia taza vacía.
El ama de llaves se enderezó y su mirada, pequeña y afilada como dos esquirlas de cristal negro, voló directamente hacia Maeve. Luego, con una lentitud deliberada, Oona desplazó los ojos hacia el ventanal entreabierto, deteniéndose en la figura del joven partiendo leña en el jardín inferior.
Un músculo palpitó en la mandíbula tensa de Oona. Volvió a mirar a la periodista. Sus finos labios se curvaron en una mueca que intentaba ser una sonrisa pero que destilaba un desprecio absoluto.