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El clic metálico del compartimento de las pilas resonó en el silencio de la habitación.
Maeve empujó la tapa de plástico negro de la grabadora portátil Sony con el pulgar hasta que encajó en su sitio.
Dio la vuelta al aparato, comprobando el peso en su mano.
Era una máquina robusta, una de las pocas herramientas profesionales que no había empeñado en Londres.
Deslizó una de las cintas de casete TDK en la pletina. Presionó el botón de rebobinado por puro instinto, escuchando el zumbido agudo del motor interno durante un par de segundos antes de detenerlo. Cero cero cero en el contador analógico. Lista.
La luz de la mañana que se filtraba por el grueso ventanal no merecía llamarse luz.
Era una claridad lechosa, de un gris plomizo, que apenas lograba disipar las sombras de los rincones.
Maeve se había despertado con un dolor sordo en la base del cuello, producto de la tensión acumulada y de la dureza del colchón antiguo.
El recuerdo de su breve y silencioso encuentro con Duncan en la cocina persistía en su mente, denso y perturbador.
El cocinero le había lanzado una advertencia sin usar una sola palabra, y ella llevaba horas dándole vueltas, intentando descifrar el nivel de peligro real que entrañaba este trabajo.
Se sentó en el borde de la cama y cogió sus zapatos.
El cuero seguía frío y rígido, todavía húmedo por la lluvia de la noche anterior.
Al meter el pie izquierdo, una punzada de incomodidad le recorrió la pierna.
Se ató los cordones con dedos entumecidos, odiando la sensación de la humedad calando a través de sus calcetines de algodón.
No había bajado a desayunar. El estómago se le había cerrado herméticamente tras la humillación en la cena, y no se sentía con fuerzas para enfrentarse al escrutinio de Bramwell sobre una taza de té y unas tostadas.
Se había conformado con el agua de la jarra que Oona había rellenado misteriosamente durante la noche —sin hacer el menor ruido— mientras ella dormía de forma intermitente.
Miró su reloj. Las diez menos cinco. La cita era a las diez en punto en la biblioteca de la planta baja.
Agarró la grabadora, un par de bolígrafos y su cuaderno de espiral.
Salió al pasillo y cerró la puerta a sus espaldas, comprobando de nuevo la ausencia de cerradura exterior.
Caminó por el corredor, esta vez ignorando deliberadamente los retratos de Valerie Thorne que flanqueaban su camino.
No necesitaba ver la versión fosilizada de la actriz cuando estaba a punto de enfrentarse a la mujer real.
La casa de día no era menos opresiva. Sin la lluvia golpeando los cristales, el silencio era aún más absoluto, pesado como una manta de plomo. Bajó la escalinata principal y se dirigió hacia el ala este, cruzando el vestíbulo donde sus pasos húmedos dejaban marcas oscuras sobre el mármol.
La puerta de doble hoja de la biblioteca estaba entornada. Maeve empujó la madera barnizada y entró.
El olor a polvo antiguo, cera para muebles y papel en descomposición la golpeó de inmediato.
La estancia era colosal, circular, recubierta desde el suelo hasta el techo por estanterías de caoba oscura atestadas de volúmenes de lomos agrietados.
Dos escaleras de madera sobre raíles de bronce flanqueaban las paredes, permitiendo el acceso a las repisas superiores, que se perdían en la penumbra cerca de las cornisas de escayola.
En el centro, iluminada por la luz pálida de un ventanal que daba a la parte trasera de la finca, había una mesa redonda de lectura y dos sillones orejeros de cuero marrón, gastados por el uso.
Valerie Thorne estaba sentada en uno de ellos.
Llevaba un traje sastre de lana gris marengo, impecablemente cortado, con una blusa de seda blanca cerrada hasta el cuello por un broche de ónix y plata.
Su cabello estaba recogido de nuevo, sin un solo mechón fuera de lugar.
Sostenía una taza de porcelana translúcida, manteniendo la vista fija en un punto indeterminado más allá del cristal.
La postura era de un control absoluto, una estatua cincelada en mármol y hielo.
—Buenos días, señora Thorne —dijo Maeve, rompiendo el silencio. Su voz sonó más alta de lo que pretendía en la amplitud de la sala redonda.
Valerie no se sobresaltó. Giró el cuello con una lentitud calculada, posando sus ojos gélidos sobre la periodista. La miró a los pies, observando la humedad oscura del cuero de sus zapatos, y luego subió la mirada hasta el cuaderno de espiral que Maeve apretaba contra su pecho.
—Siéntese —indicó con un movimiento casi imperceptible de la barbilla hacia el sillón vacío.
Maeve obedeció. El cuero frío cedió bajo su peso, hundiéndola ligeramente y obligándola a mantener la espalda rígida para no parecer encorvada. Colocó la grabadora sobre la mesa pulida, alineándola entre las dos.
—¿Le importa si grabo la sesión? —preguntó Maeve, apoyando el dedo índice sobre el botón rojo brillante de grabación—. Es fundamental para transcribir con exactitud sus declaraciones y captar el tono de sus vivencias.
Valerie dio un pequeño sorbo a su té. El tintineo de la porcelana al volver al platillo fue agudo.
—Proceda. Aunque le advierto que el tono de mis vivencias no cabe en una cinta magnética, señorita Gallagher.
Maeve presionó los botones de 'Play' y 'Rec' simultáneamente. El mecanismo hizo un ruido seco, seguido del zumbido sordo de la cinta deslizándose sobre los cabezales. Abrió su cuaderno, destapó el bolígrafo e intentó adoptar una postura profesional.
—Bien. Me gustaría empezar por el principio.
La estructura cronológica suele ser la más efectiva para anclar al lector.
Hablemos de 1938. Usted llega a Los Ángeles desde la costa este.
Tiene veintidós años y firma su primer contrato en exclusiva con los estudios RKO.
¿Cómo recuerda esos primeros meses en el sistema de estudios?
¿Cuál fue la primera impresión real de Hollywood tras la maquinaria publicitaria?
Valerie cruzó las piernas, alisando una inexistente arruga en la falda de lana de su traje sastre. Su mirada se desvió de nuevo hacia el ventanal, como si la pregunta le resultara mortalmente aburrida.
—La memoria es una herramienta patética, Maeve. ¿Le importa si la llamo Maeve? El "señorita Gallagher" me hace sentir que hablo con una institutriz puritana.
—Maeve está bien. Pero si pudiéramos centrarnos en...
—Le preguntaba por la memoria —la cortó Valerie, endureciendo el tono lo justo para recuperar el dominio absoluto del ritmo de la conversación—.
Todo el mundo cree que Hollywood en los años cincuenta era un nido de glamour y traiciones.
Y lo era. Pero la gente que hace esas preguntas, la gente que escribe las biografías estándar, se pierde en los detalles estúpidos.
Contratos, cifras, nombres de directores que hoy en día no son más que ceniza en urnas baratas en el cementerio de Forest Lawn.
—Los detalles construyen la verosimilitud de la historia, señora Thorne. Los lectores quieren saber qué sintió la primera vez que pisó un set de rodaje. Quién estaba allí. Qué obstáculos enfrentó.
Valerie soltó una carcajada breve, un sonido seco que carecía de cualquier atisbo de alegría.
—Obstáculos. Qué palabra tan vulgar. Yo no enfrentaba obstáculos, los sorteaba o los destruía.
—Valerie se inclinó ligeramente hacia adelante.
La luz grisácea del exterior acentuó los pómulos afilados de su rostro, dándole un aspecto cadavérico y al mismo tiempo fascinante—.
Cuando llegué a Los Ángeles, el aire olía a gasolina, a naranjas podridas y al miedo constante de los hombres que dirigían los estudios.
Eso es lo que debe escribir. No me pida fechas.
Las fechas son para los contables y los muertos.
Yo quiero que escriba sobre la textura de la paranoia.
Maeve frunció el ceño, escribiendo "RKO - Paranoia - Evade fechas" en el cuaderno.
—De acuerdo. Hablemos de esa paranoia. ¿De quién provenía? ¿Hubo algún ejecutivo en particular que intentara frenar su ascenso durante el rodaje de Sombras en la Cumbre ?
—Todos ellos. Eran bestias con trajes a medida, Maeve.
Depredadores que pensaban que la juventud era una moneda de cambio que debías entregarles en las habitaciones de sus hoteles a cambio de una frase en el guion.
—Valerie bajó la voz, convirtiéndola en un ronroneo áspero que obligó a Maeve a inclinarse instintivamente hacia ella para no perder detalle—.
Pero yo nunca fui una presa. Comprendí rápidamente que la única forma de sobrevivir en una sala llena de lobos es convencerlos de que tú eres el animal más venenoso del recinto.
El bolígrafo de Maeve volaba sobre el papel. Aquello era bueno. Era un enfoque agresivo, descarnado, perfecto para el prólogo.
—¿Y cómo lo hizo? —preguntó Maeve, sintiendo por primera vez una chispa de adrenalina periodística—. ¿Cómo convenció a los ejecutivos de la RKO de ese poder? ¿Hubo algún incidente concreto que marcara ese límite?
Valerie la miró en silencio durante un largo y agónico minuto. Los ojos azules parpadearon una sola vez. Luego, la actriz se recostó en su asiento, deshaciendo la tensión de sus hombros, y suspiró como si estuviera perdiendo la paciencia con un niño lento de entendederas.
—Mírese. Está tan ansiosa por una anécdota jugosa que delate a alguien...
Buscando el chisme barato envuelto en papel de regalo periodístico.
¿Un incidente concreto? El incidente es mi existencia completa, Maeve.
Mi mera presencia en una sala cambiaba la presión atmosférica.
No tuve que hacer nada vulgar para doblegarlos.
Bastó con mirarles a los ojos y dejarles claro que yo sobreviviría a sus úlceras y a sus ataques al corazón. Y así fue.