-2- #3
Maeve se pasó las manos por la cara. La sed era insoportable, un picor ardiente que le impedía conciliar el sueño. Sabía que salir de la habitación era una mala idea. Las palabras de Oona sobre los intrusos resonaban en su memoria, pero el instinto físico fue más fuerte que el miedo.
Se puso los zapatos en silencio, sin atarse los cordones, y giró el pomo de la puerta de caoba.
El pasillo estaba sumido en una oscuridad casi total. Las lámparas de pared habían sido apagadas. Solo la tenue luz de la luna, filtrándose por un ventanal al final del corredor entre los jirones de nubes de la tormenta, proporcionaba una guía fantasmal.
Maeve avanzó pegada a la pared, arrastrando las yemas de los dedos por el papel pintado para orientarse.
Bajó la gran escalinata de roble conteniendo la respiración cada vez que un escalón protestaba bajo su peso.
Al llegar al vestíbulo, se guio por el recuerdo de la arquitectura de la casa.
Las cocinas debían estar en el ala oeste, detrás del comedor, en la zona de servicio.
Empujó una puerta batiente cubierta de cuero desgastado.
El cambio de temperatura fue inmediato. El aire aquí era cálido, denso, impregnado de un fuerte olor a lejía, grasa antigua y pan horneado.
La cocina era una estancia cavernosa, de techos abovedados y paredes revestidas de azulejos blancos desconchados.
En el centro, una inmensa isla de madera maciza llena de cortes de cuchillo y quemaduras.
Una sola bombilla desnuda colgaba del techo, emitiendo una luz amarilla y parpadeante.
Bajo esa luz, frotando una cacerola de cobre con un estropajo de aluminio, había un hombre de espaldas. Era enorme, de espaldas anchas como las de un buey de carga, vestido con unos pantalones oscuros y una camisa blanca remangada hasta los codos.
Maeve se detuvo en seco, dudando si retroceder. La puerta batiente osciló tras ella con un leve chirrido.
El hombre dejó de frotar. No se sobresaltó.
Lentamente, se giró hacia ella y se limpió las manos en un trapo sucio que llevaba colgado de la cintura.
Era mayor, de unos sesenta años, con el pelo gris rapado casi al ras y un rostro surcado por arrugas profundas que le daban un aspecto severo y exhausto.
Lo que más llamó la atención de Maeve fueron sus manos.
Eran gruesas, enormes, y estaban cubiertas de cicatrices blanquecinas, marcas de cortes profundos y quemaduras que formaban un mapa de dolor sobre su piel.
Era Duncan Boyd. El cocinero.
—Siento la intromisión —susurró Maeve, sintiéndose estúpida de repente. Señaló con un gesto vago hacia la puerta—. No había agua en mi habitación. Solo quería buscar un vaso. Me marcho enseguida.
El hombre no dijo una palabra. Sus ojos, oscuros y hundidos en las cuencas, la observaron con una intensidad que la hizo retroceder medio paso.
No había hostilidad en su mirada, como en la de Oona, ni desdén calculado, como en la de Bramwell.
Había algo más profundo. Una evaluación silenciosa y cargada de pesadumbre.
Duncan se giró hacia un gran fregadero de porcelana.
Agarró un vaso grueso de cristal de una estantería, abrió un grifo y dejó correr el agua durante unos segundos antes de llenarlo hasta el borde.
Caminó hacia la isla central y posó el vaso sobre la madera arañada, empujándolo un par de centímetros hacia el lado donde estaba Maeve.
Ella se acercó con cautela. La suela de sus zapatos resbaló ligeramente sobre las baldosas engrasadas. Tomó el vaso. Sus dedos rozaron la superficie fría.
—Gracias.
Bebió el agua de un trago, sintiendo cómo el líquido helado le aliviaba el fuego de la garganta y el estómago. Bajó el vaso vacío y levantó la vista para darle las gracias de nuevo.
Duncan estaba muy cerca. Su presencia física era imponente, una montaña de músculo envejecido. El cocinero apoyó las dos manos llenas de cicatrices sobre el borde de la mesa de madera. Se inclinó hacia ella unos centímetros. Maeve pudo oler el jabón áspero y el sudor de su ropa.
No pronunció ni una sola sílaba. Pero la mirada que le dirigió fue un golpe directo al estómago.
Era una mirada que lo decía todo sin articular un sonido.
Una advertencia cruda y desesperada. Los ojos de Duncan le gritaban que estaba en peligro.
Le decían que él conocía las reglas de la casa mejor que nadie: trabajar, mirar, escuchar y callar.
Y que, si ella era inteligente, entendería que no debía estar allí abajo, que no debía confiar en las sombras de esa casa.
El silencio entre los dos se tensó como la cuerda de un arco a punto de romperse.
Luego, Duncan apartó la vista. Recogió el trapo de su cintura, le dio la espalda a Maeve y volvió a frotar la cacerola de cobre en el fregadero, como si ella hubiera dejado de existir. El sonido áspero del metal contra el estropajo llenó la cocina, expulsándola.
Maeve retrocedió, dejó el vaso sobre la mesa y salió por la puerta batiente, perdiéndose de nuevo en la oscuridad de los pasillos, con la sed apagada pero con un terror nuevo y frío instalándose en sus huesos.