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—Se equivoca. Todo en mi casa es relevante para mí.
—Valerie apoyó el mentón sobre sus manos entrelazadas, clavando sus pupilas gélidas en la joven—.
Su editor en The Observer dejó de responder a sus llamadas el catorce de octubre.
Su cuenta en el banco Lloyds está en números rojos desde hace tres meses, y el aviso de desahucio de su apartamento de Camden tiene fecha límite de ejecución para dentro de dos semanas.
El corazón de Maeve dio un latigazo contra sus costillas.
El calor subió por su cuello, incendiándole las mejillas en una mezcla de vergüenza absoluta e indignación.
Apretó el tenedor hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
La agencia literaria le había conseguido el trabajo, pero nunca habrían filtrado información bancaria privada a un cliente.
Valerie había ordenado investigarla. La había diseccionado antes de que cruzara la puerta de su casa.
—Usted me hizo investigar.
—No se halague. Pedí un informe básico. No dejo entrar a nadie en mi propiedad sin saber qué cuerdas debo tocar para que bailen al ritmo que yo marque.
—Valerie inclinó la cabeza ligeramente hacia un lado, evaluando la reacción de Maeve como un científico observaría un insecto debatiéndose en un alfiler—.
Estaba usted desesperada. Y la desesperación es el único material de trabajo que me resulta interesante en un ser humano.
—Fui contratada por mis habilidades como escritora —replicó Maeve, esforzándose por mantener el tono de voz estable a pesar de que le temblaba la barbilla.
No podía levantarse e irse. Valerie lo sabía.
No tenía dónde caer muerta—. Gané el premio nacional de periodismo de investigación hace dos años.
—Sí. Aquel reportaje sobre la corrupción en los sindicatos portuarios.
Lo leí. —Valerie hizo un gesto despectivo con la mano, apartando la mención como si espantara una mosca—.
Prosa funcional. Agresiva, supongo, para los estándares mediocres de la prensa de Londres.
Pero vacía. Carece usted de veneno real, señorita Gallagher.
Escribe desde la indignación moral, no desde el instinto de supervivencia.
Y eso es exactamente lo que la ha llevado a la ruina.
Maeve clavó la mirada en la mancha de vino del mantel. La humillación le quemaba en el pecho. Las palabras de Valerie no eran insultos vulgares; eran incisiones precisas, diseñadas para encontrar su mayor inseguridad y hurgar en ella.
—Si mi prosa le parece tan mediocre —dijo Maeve, levantando la vista, obligándose a sostener el contacto visual con esos ojos azules que parecían taladrarla—, ¿por qué aceptó mi contratación? Podría haber pagado al mejor biógrafo del país.
Valerie dejó el tenedor sobre el plato con un leve sonido metálico. Se recostó en la silla, apoyando los brazos en los reposabrazos tallados. La tela de seda negra se ajustó sobre su pecho.
—Los mejores biógrafos del país son hombres viejos, aburridos y llenos de arrogancia.
No quiero a nadie que intente analizarme.
La contraté a usted porque es joven, está rota y no tiene a dónde huir.
—Valerie esbozó una media sonrisa letal—.
Quería ver de cerca cómo es el rostro de alguien que está a punto de perderlo todo.
Y debo decir que la realidad supera al informe.
El silencio se desplomó sobre el comedor, roto únicamente por el crujido de un tronco partiéndose en la chimenea y el golpeteo furioso de la lluvia contra los gruesos ventanales de cristal.
Maeve sentía que el aire se había vuelto irrespirable.
La dinámica de poder se había establecido en menos de quince minutos.
Valerie no la había invitado a su mesa para charlar; la había invitado para demostrarle que le pertenecía, que había comprado sus deudas y, por tanto, su dignidad.
—Termine su cena —ordenó Valerie, cambiando repentinamente de tono, adoptando una suavidad maternal y perversa que descolocó a Maeve aún más—.
Necesita fuerzas. Empezaremos a trabajar mañana en la biblioteca.
Y señorita Gallagher... póngase algo más presentable.
Los zapatos de goma mojados arruinan la acústica de mis suelos.
Sin esperar respuesta, Valerie se levantó.
Bramwell apareció de la nada para retirar la silla.
La actriz dio media vuelta y abandonó el comedor con pasos silenciosos.
El susurro de la seda rozando la alfombra fue lo último que Maeve escuchó antes de quedarse completamente sola frente a un plato de carne sangrante que ahora le revolvía el estómago.
Bramwell no dijo una palabra. Simplemente se quedó de pie junto a la pared, con las manos cruzadas a la espalda, esperando pacientemente a que la intrusa terminara de masticar su humillación.
A las tres de la madrugada, el castillo parecía un organismo vivo, respirando a través de los crujidos de la madera y el silbido del viento que se colaba por los conductos de ventilación. Maeve yacía en la cama con dosel, mirando el techo a oscuras. No se había quitado la ropa, solo los zapatos.
Tenía la boca seca como la lija. El regusto metálico del vino y la salsa especiada de la cena le raspaban la garganta. Se sentó en el borde de la cama y encendió la pequeña lámpara de la mesilla de noche. La jarra de cristal que Oona había dejado junto al vaso estaba completamente vacía. Seca.