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El agua que salía del grifo del lavabo era de un color cobrizo, teñida por el óxido de las tuberías centenarias.
Maeve la dejó correr durante un par de minutos, observando cómo el chorro perdía lentamente ese tono sanguinolento hasta volverse transparente, aunque el olor metálico persistía en el aire frío del pequeño cuarto de baño contiguo a su habitación.
Metió las manos bajo el agua y apretó los dientes. Estaba helada.
Se lavó la cara con rapidez, frotándose las mejillas con una toalla de algodón áspero que olía a lavanda seca.
El espejo ovalado sobre el lavabo le devolvió la imagen de una mujer exhausta.
Tenía ojeras marcadas bajo los ojos castaños y la piel pálida, tirante por la humedad del viaje.
Intentó peinarse el cabello con los dedos, desenredando los nudos que el viento había formado, pero el resultado fue un desastre húmedo que terminó recogiendo en un moño bajo con un par de horquillas desgastadas.
Abrió su maleta sobre la colcha de terciopelo verde musgo.
Su fondo de armario no estaba pensado para las Highlands, ni mucho menos para la alta sociedad.
Sacó una falda recta de lana negra y la única blusa de seda que poseía, una prenda de color crema que había comprado de segunda mano en un mercadillo de Notting Hill tres años atrás.
Se vistió con movimientos mecánicos, sintiendo el roce frío de la tela contra su piel erizada.
Se calzó unos zapatos planos de cordones, comprobando que el cuero aún estaba húmedo por dentro.
Miró su reloj de pulsera. Las siete y cincuenta y un minutos.
«Si llega a las ocho y un minuto, encontrará las puertas del comedor cerradas.»
La voz rasposa de Oona resonó en su cabeza. Maeve agarró su cuaderno de notas encuadernado en espiral, dos bolígrafos de tinta negra y salió al pasillo.
El laberinto de la primera planta parecía distinto bajo la iluminación nocturna.
Los apliques de pared proyectaban sombras alargadas que deformaban las flores descoloridas del papel pintado.
Caminó despacio, pisando el centro de la alfombra granate para evitar que las tablas del suelo crujieran delatando su presencia.
Pasó de nuevo frente a los retratos de Valerie Thorne.
En el silencio opresivo del castillo, los ojos pintados de la actriz parecían seguir sus movimientos con una intensidad casi física.
Alcanzó la gran escalinata de roble y comenzó a descender.
Desde la planta baja ascendía un olor intenso a leña quemada, carne asada y romero.
Guiada por el aroma y por el débil tintineo de cubiertos, cruzó el vestíbulo principal.
A la derecha, flanqueada por dos columnas de piedra negra, se abría la doble puerta del comedor.
Maeve se detuvo en el umbral. La estancia era abrumadora.
Las paredes estaban cubiertas por tapices que representaban escenas de caza, oscurecidos por décadas de humo de las dos enormes chimeneas que flanqueaban la habitación.
En el centro, una mesa de caoba maciza, lo suficientemente larga como para sentar a veinte personas, dominaba el espacio.
Solo un extremo de la mesa estaba preparado.
El mantel de hilo blanco caía con precisión milimétrica.
Había cristalería tallada, cubiertos de plata pesada que reflejaban la luz de un inmenso candelabro central y dos sillas de respaldo alto tapizadas en brocado oscuro, dispuestas una frente a la otra.
Bramwell estaba allí. De pie en una esquina de la habitación, medio oculto en la penumbra, con una servilleta de lino blanco descansando sobre su antebrazo izquierdo.
No hizo ningún gesto de reconocimiento cuando Maeve entró.
Se limitó a mirar el reloj de pie de madera de nogal que descansaba junto a la ventana.
Las ocho en punto.
El primer repique del reloj resonó en el comedor, un sonido grave y solemne que vibró en el pecho de Maeve. Con la última campanada, la puerta situada en el extremo opuesto de la sala se abrió con una lentitud calculada.
Valerie Thorne hizo su aparición.
Maeve contuvo la respiración de forma instintiva. Esperaba a una mujer mayor, quizás frágil, oculta bajo capas de ropa de lana para combatir el frío inclemente de Escocia. Lo que entró en el comedor fue un mito que se negaba a morir.
Valerie llevaba un vestido de noche de seda negra, ceñido a la cintura y con una caída fluida que acariciaba el suelo al caminar.
Era una prenda que pertenecía a una alfombra roja de 1955, no a una cena solitaria en medio de una tormenta.
Tenía sesenta y ocho años, pero su postura era la de una bailarina principal a punto de salir a escena: el cuello largo, la espalda recta como una aguja, los hombros relajados pero dominantes.
Su cabello rubio ceniza, salpicado de hebras plateadas que brillaban bajo la luz de las velas, estaba recogido en un peinado impecable.
A medida que se acercaba, Maeve percibió su perfume. Era una fragancia densa, pesada. Olía a jazmín nocturno, a incienso caro y a un matiz extraño y punzante que le recordó al olor de la pólvora quemada.
—Buenas noches, señorita Gallagher.
La voz de Valerie era un susurro gutural, perfectamente modulado.
No había amabilidad en ella, solo una cortesía pulida y letal.
Sus ojos, de un azul tan claro que rozaba el blanco del hielo, se clavaron en Maeve.
La inspeccionó de arriba abajo en una fracción de segundo.
Maeve sintió que la mirada de la mujer era física, como un bisturí abriendo la tela de su blusa barata, exponiendo los puños deshilachados y el cuero húmedo de sus zapatos.
—Señora Thorne —respondió Maeve, dando un paso vacilante hacia su silla. Dejó el cuaderno y los bolígrafos sobre el mantel de hilo. El contraste entre sus materiales de oficina gastados y la plata labrada de la mesa resultó humillante.
Bramwell emergió de las sombras y retiró la silla de Valerie, esperando a que la actriz tomara asiento antes de acercarse a Maeve para hacer lo mismo. Maeve se sentó, manteniendo la espalda rígida, muy consciente de sus propias manos sobre el regazo.
Valerie apoyó los antebrazos sobre la mesa. Llevaba las uñas pintadas de un carmesí idéntico al de sus labios.
—El viaje ha sido arduo, imagino. Tiene usted el color de la ceniza húmeda.
—Ha sido largo, sí. El taxi tuvo algunos problemas para subir el camino de grava, pero la agencia me aseguró que era esencial llegar hoy.
Quería empezar el trabajo cuanto antes. —Maeve intentó proyectar seguridad.
Agarró uno de sus bolígrafos de plástico y acercó el cuaderno—.
He preparado un esquema preliminar para las sesiones de entrevistas.
Creo que podríamos empezar por su infancia en Connecticut, antes de su traslado a Los Ángeles en...
—Bramwell.
Valerie no levantó la voz. Ni siquiera miró al mayordomo, pero el hombre apareció inmediatamente a su lado sosteniendo una botella de vino tinto sin etiqueta, cubierta por una fina capa de polvo de bodega.
Sirvió una cantidad escasa en la copa de cristal tallado de la actriz y luego llenó un tercio de la copa de Maeve.
El líquido era de un rojo tan oscuro que parecía negro.
Valerie levantó la copa por el fuste, la hizo girar lentamente, observando las lágrimas del vino caer por el cristal, y le dio un sorbo minúsculo. El carmesí de sus labios quedó impreso en el borde.
—Guarde eso —ordenó Valerie, depositando la copa sobre la mesa. Su mirada azul se fijó en el cuaderno de espiral.
—¿Disculpe?
—El cuaderno, señorita Gallagher. Bájelo de mi mesa. Es espantoso. Y no vamos a hablar de Connecticut. Odio Connecticut. Huele a manzanas podridas y a hipocresía puritana.
Maeve tragó saliva. La sequedad en su garganta no tenía nada que ver con la sed. Deslizó el cuaderno y el bolígrafo hacia su regazo, ocultándolos bajo la mesa.
—Por supuesto. Podemos establecer otra estructura. Usted decide el punto de partida. Como su escritora fantasma, mi deber es adaptarme a la narrativa que desee proyectar.
Una sonrisa lenta y carente de humor curvó la comisura derecha de los labios de Valerie. Era una expresión que Maeve había visto en fotografías antiguas, la misma sonrisa con la que Valerie Thorne destruía a sus coprotagonistas masculinos en la gran pantalla.
—Su "deber" es sobrevivir a su propio desastre, señorita Gallagher. No me recite discursos de relaciones públicas. Me aburren profundamente.
Bramwell apareció por el lado izquierdo de Maeve, depositando frente a ella un plato de porcelana con bordes dorados.
En el centro descansaba una porción de carne oscura, bañada en una salsa espesa y brillante, acompañada de unas raíces asadas.
El olor a caza y a romero inundó sus fosas nasales, provocándole una punzada de hambre tan violenta que le dolió el estómago.
Valerie tomó su tenedor de plata con una elegancia perezosa. Pinchó un trozo minúsculo de carne.
—Coma —indicó la actriz.
Maeve cortó la carne. Estaba extremadamente poco hecha en el centro.
La sangre se mezcló con la salsa oscura manchando el plato.
Se llevó un bocado a la boca. La textura era suave, pero el sabor férreo y salvaje le exigió un esfuerzo para tragar.
Bebió un sorbo de vino. Era áspero, secándole la lengua de inmediato.
—¿A cuánto asciende su deuda exacta? —preguntó Valerie de pronto, con la misma naturalidad con la que alguien comentaría el clima de la tormenta que bramaba fuera.
Maeve detuvo el tenedor a mitad de camino. La masticación se detuvo en su boca.
—No creo que mis finanzas personales sean relevantes para las memorias, señora Thorne.