Ocaso en las Highlands -1- #2
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Maeve no había escuchado a nadie acercarse. Giró la cabeza sobresaltada. En la base de la inmensa escalinata de roble que dominaba el vestíbulo había aparecido una mujer. Parecía haberse materializado a partir de las sombras proyectadas por las lámparas de pared.

Debía rondar los cincuenta años. Llevaba un vestido oscuro, abotonado hasta la base del cuello, rematado por un cuello postizo de lino blanco tan almidonado que parecía cartón.

Su rostro era una colección de ángulos afilados: pómulos altos y cortantes, nariz aguileña y unos labios tan finos que parecían un corte de navaja cicatrizado.

Alrededor de su cintura, colgando de un cinturón de cuero negro, tintineaba un manojo de llaves de hierro.

—Sígame —ordenó Oona Kincaid. Su acento escocés era mucho más cerrado y gutural que el del taxista, cargado de una hostilidad que no se molestó en disimular.

Oona dio media vuelta y comenzó a subir las escaleras sin mirar atrás.

No se ofreció a ayudar con el equipaje. Maeve se colgó el bolso, agarró la pesada máquina de escribir, encajó la caja de casetes como pudo y tiró de la maleta.

Cada escalón era una tortura para sus brazos doloridos.

El crujido de la madera antigua bajo sus botas mojadas parecía un sacrilegio en medio de aquel silencio monacal.

Llegaron a la primera planta. El pasillo era ancho, lúgubre, flanqueado por gruesas alfombras granates que ahogaban el sonido de los pasos.

Las paredes estaban forradas de paneles de madera oscura y papel pintado con motivos florales descoloridos.

Pero lo que hizo que Maeve detuviera su caminar por una fracción de segundo fueron los cuadros.

A intervalos regulares, entre pesados candelabros de bronce que emitían una luz amarillenta, colgaban retratos y fotografías enmarcadas. Todas de la misma mujer. Valerie Thorne.

Había instantáneas en blanco y negro de los estrenos en Los Ángeles en los años cincuenta, con abrigos de visón y diamantes brillando bajo los flashes.

Retratos al óleo donde posaba como una reina exiliada, con los labios pintados de un rojo agresivo y una mirada de superioridad desdén que parecía seguir los movimientos de Maeve a lo largo del pasillo.

El ego de la actriz empapelaba las paredes, asfixiando el espacio.

Era un santuario dedicado a una juventud fosilizada.

Oona se detuvo bruscamente frente a una puerta de caoba al final del ala este. Desenganchó una llave de su cinturón, la introdujo en la cerradura con un chasquido metálico y empujó la pesada hoja. Entró, encendió la luz accionando un interruptor de porcelana y se hizo a un lado.

—Esta es su habitación. La cena se sirve a las ocho. Si llega a las ocho y un minuto, encontrará las puertas del comedor cerradas.

Maeve entró arrastrando sus pertenencias.

La habitación era enorme, dominada por una cama con dosel cubierta por pesados cortinajes de terciopelo verde musgo.

Había una gran chimenea de piedra negra en una pared, apagada y fría como el hielo, y un escritorio robusto frente a un ventanal cubierto por gruesos estores. Olía a polvo asentado y a naftalina.

Se giró para dar las gracias, aunque fuera por pura educación automática, pero se detuvo al ver la expresión de Oona.

El ama de llaves estaba de pie en el umbral, con la mano apoyada en el picaporte.

Sus ojos, pequeños y oscuros como cabezas de alfiler, escudriñaban a Maeve con una mezcla de repugnancia y cautela.

La miraba como se mira a una plaga, a una infección que acaba de cruzar la puerta de tu hogar.

—No se equivoque de pasillo cuando baje, señorita Gallagher. En esta casa es fácil perderse. Y a la señora no le gustan los intrusos merodeando por sus aposentos.

Oona cerró la puerta de un tirón. El sonido del pestillo encajando en el marco resonó en la habitación.

Maeve soltó la maleta por fin. Se frotó las palmas de las manos, rojas y doloridas por el peso del equipaje. El silencio regresó, envolviéndola. Era un silencio tan absoluto que podía escuchar el zumbido de la bombilla sobre su cabeza y el latido desacompasado de su propio corazón.

Se acercó a la puerta por instinto. Agarró el pomo de bronce labrado y lo giró. Abrió la puerta y asomó la cabeza al pasillo vacío. Solo quería comprobar que podía hacerlo. Cerró de nuevo y buscó el cerrojo o el pestillo en el interior de su lado.

No había ninguno.

La placa metálica de la cerradura era lisa en la parte interior de la habitación. Podían abrirla desde fuera con llave, pero ella no tenía forma de echar el seguro desde dentro. Cualquiera en esa casa podría entrar mientras ella dormía.

Se pasó las manos por la cara, obligándose a respirar hondo. Estás paranoica, Maeve , se dijo a sí misma. Son viejos. Gente excéntrica, rica y aislada. No es una prisión, es un trabajo. Escribes el libro, cobras el cheque y desapareces.

Caminó hacia el escritorio, arrastrando los pies mojados por la alfombra oriental.

Desabrochó las hebillas metálicas del estuche gris, levantó la tapa y sacó la máquina de escribir Olivetti.

El metal estaba frío. La colocó en el centro del escritorio, alineándola perfectamente con el borde de la madera.

Luego abrió la caja de cartón deshecha por la lluvia y fue apilando las cintas de casete TDK, una a una, formando una pequeña torre en el lado izquierdo. Sus municiones.

Se acercó al ventanal y apartó la pesada cortina de terciopelo con el dorso de la mano.

El cristal estaba helado. Apoyó la frente contra él, intentando ver el exterior.

No había nada. Ninguna luz de un pueblo cercano, ninguna farola, ningún faro de coche.

Solo un abismo negro, impenetrable, y el reflejo fantasmal de su propia cara pálida y cansada superpuesta sobre el cristal oscuro.

El viento aulló de nuevo, golpeando la estructura de piedra del castillo, haciendo vibrar los cristales en sus marcos de madera podrida.

Maeve dejó caer la cortina. Estaba a cientos de kilómetros de cualquier lugar que conociera, sin teléfono, sin salida y rodeada de extraños que parecían odiarla por el simple hecho de existir.

La jaula estaba abierta, pero ya estaba dentro. Y el peso de la piedra sobre su cabeza comenzaba a hacerse real.