Ocaso en las Highlands -1-
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Ocaso en las Highlands

Ocaso en las Highlands

Por Martha Reagan

© inepub.com

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Maeve mantenía las rodillas apretadas, intentando equilibrar sobre sus muslos el estuche rígido de su máquina de escribir Olivetti.

Era un bloque de metal gris que pesaba como un muerto, pero no se atrevía a dejarlo en el maletero junto a su ropa.

Esa máquina, junto con la caja de cartón barata que contenía dos docenas de cintas de casete vírgenes de noventa minutos, era su único salvavidas. Su billete de vuelta a la superficie.

A sus veintiocho años, Maeve había aprendido a calcular el tiempo no en horas, sino en plazos de vencimiento.

Le quedaban exactamente catorce días antes de que el banco ejecutara el embargo de su diminuto piso en Camden Town.

Catorce días para que el editor de The Observer dejara de ignorar sus llamadas tras el fiasco de su último reportaje de investigación.

Catorce días para ahogarse del todo. Y entonces, como un capricho macabro del destino, había llegado la carta de la agencia literaria.

Un cheque por adelantado que cubría tres meses de deudas, con una única condición innegociable: debía trasladarse inmediatamente a la residencia privada de Valerie Thorne para transcribir sus memorias.

El coche dio una sacudida brutal, frenando en seco. El motor tosió un par de veces y se quedó ronroneando a duras penas.

—Hasta aquí llego, señorita.

La voz del conductor, áspera y teñida de un denso acento de las Tierras Altas, sonó a través de la ventanilla de separación.

Maeve parpadeó, apartando la frente del cristal frío.

A través de la cortina de agua y la oscuridad, apenas logró distinguir la mole de piedra negra que se alzaba frente a ellos.

No había luces de bienvenida. Solo una inmensa fachada victoriana flanqueada por torres asimétricas que parecían garras clavadas en la roca del acantilado.

—¿No puede acercarme al porche? —preguntó ella, alzando la voz por encima del bramido del temporal. Se ajustó el cuello de su chaqueta vaquera, una prenda ridículamente fina para el noviembre escocés.

—La grava del camino es demasiado profunda. Si meto las ruedas ahí, no salgo hasta la primavera. Son doce libras con cincuenta.

Maeve rebuscó en su bolso con dedos entumecidos.

Sacó tres billetes de cinco, arrugados y húmedos en los bordes, y se los pasó por la rendija.

No esperó el cambio. Empujó la puerta con el hombro, recibiendo de golpe una bofetada de viento helado que le robó el aliento.

El agua le empapó el cabello al instante, pegándole mechones castaños a las mejillas.

Salió del coche aferrando su máquina de escribir con el brazo izquierdo y arrastró su maleta de cuero sintético por el asa con el derecho.

El conductor no hizo el menor amago de salir a ayudarla.

En cuanto Maeve dio dos pasos hacia atrás, el taxi metió la marcha atrás haciendo rechinar los engranajes, dio la vuelta escupiendo barro y desapareció en la noche.

Los pilotos rojos traseros fueron engullidos por la niebla en cuestión de segundos.

Se quedó sola frente a la verja de hierro forjado, que estaba abierta de par en par, invitándola a entrar en las fauces de la propiedad.

El sonido del océano rompiendo contra las rocas, decenas de metros más abajo, era un rugido constante y ensordecedor que vibraba en la suela de sus zapatos prácticos.

Avanzó por el camino de grava, sintiendo cómo los pequeños guijarros afilados cedían bajo su peso, convirtiendo cada paso en un esfuerzo agotador.

El agua se colaba por los ojales de sus cordones.

La caja de cintas de casete, encajada torpemente bajo la axila que sostenía la maleta, empezaba a reblandecerse por la lluvia.

Alcanzó los escalones de piedra del pórtico.

Eran anchos, desgastados en el centro por décadas de pisadas, y resbaladizos por el musgo.

Se refugió bajo la pesada marquesina de madera tallada, jadeando.

El corazón le latía en la base de la garganta.

Dejó la pesada maleta en el suelo y examinó la puerta: una doble hoja de roble macizo, oscurecido por la humedad, sin timbre a la vista.

Solo una inmensa aldaba de bronce con la forma de un sabueso mostrando los dientes.

Maeve agarró la argolla, que estaba helada, y golpeó tres veces. El sonido fue grave, un eco cavernoso que pareció rebotar en el interior del edificio y morir lentamente.

Esperó. Contó hasta treinta en su cabeza. El viento silbaba a través de las rendijas de la piedra, colándose por debajo de su chaqueta. Temblaba. Volvió a golpear, esta vez con más fuerza, despellejándose ligeramente los nudillos contra la madera áspera.

El sonido metálico de un cerrojo pesado deslizándose la hizo retroceder un paso. Luego, otro golpe seco. Una cadena cayendo.

La hoja izquierda de la puerta se abrió hacia dentro sin emitir un solo crujido, como si los goznes estuvieran bañados en aceite.

Un rectángulo de luz ámbar, tenue y lechosa, se recortó sobre la piedra mojada del porche.

En el centro de ese umbral se erguía la figura de un hombre mayor, alto y de una delgadez cadavérica.

Llevaba un traje oscuro de tres piezas, inmaculado, sin una sola arruga, y una camisa de cuello rígido que parecía asfixiarle la nuez prominente.

Su cabello, ralo y de un blanco amarillento, estaba peinado hacia atrás con severidad.

No la saludó. Sus ojos, de un gris acuoso y desprovistos de cualquier calidez, bajaron desde el cabello empapado de Maeve, pasando por su chaqueta barata, hasta detenerse en el charco que sus zapatos estaban formando sobre la piedra exterior.

—Señorita Gallagher, supongo —dijo el hombre. Su voz era un susurro rasposo, seco como el papel de lija, pero perfectamente audible por encima del ruido de la tormenta.

—Sí. Buenas noches. Siento la hora, el taxi tuvo problemas en...

—Llega usted con cincuenta minutos de retraso sobre el horario acordado —la interrumpió, sin alterar el tono, sin un ápice de reproche en la entonación, lo cual lo hizo aún más cortante—. Pase. Se está enfriando el vestíbulo.

Maeve agarró sus bártulos y cruzó el umbral.

En el instante en que la puerta se cerró a sus espaldas, con un golpe sordo y definitivo, el estruendo del océano y del viento desapareció casi por completo.

El silencio del interior tenía una cualidad sólida, pesada.

Olía a cera de abejas, a madera vieja y a algo dulce y rancio, como flores marchitas dejadas demasiado tiempo en un jarrón de agua estancada.

Dejó la maleta en el suelo de mármol ajedrezado, intentando no hacer ruido, pero el estuche de la máquina de escribir resbaló de sus dedos entumecidos y golpeó la piedra con un chasquido metálico.

—Le ruego que tenga cuidado con el mobiliario y los suelos, señorita Gallagher. Esta casa es una pieza de historia.

—Lo siento. Se me han resbalado las manos.

—Soy Bramwell. Estoy a cargo de la gestión de la residencia de la señora Thorne y de su personal —el hombre juntó las manos detrás de la espalda, mirándola desde su posición de superioridad—.

Antes de llevarla a sus aposentos, debo informarle de las normas que rigen en esta propiedad.

La señora Thorne valora por encima de todo el orden, la discreción y el silencio.

Las comidas se sirven en horarios estrictos.

El desayuno a las ocho en punto, el almuerzo a la una y la cena a las ocho de la tarde. Si no está presente, no se le servirá.

Maeve asintió, pasándose el dorso de la mano por la frente mojada. El agua le escurría por la nuca, empapando el cuello de su camisa. Anhelaba una toalla seca, un radiador, cualquier cosa, pero Bramwell no hizo ningún gesto para ofrecerle alivio.

—Por otro lado —continuó el mayordomo, dando un paso lento a su alrededor, como si examinara una mercancía defectuosa—, la ubicación de la finca nos impone ciertas limitaciones.

El sistema de cañerías es antiguo, le ruego moderación con el agua caliente.

En cuanto a las comunicaciones con el exterior...

Bramwell hizo una pausa, colocándose de nuevo frente a ella.

—El único teléfono de disco de la propiedad se encuentra en mi despacho personal. La línea está bajo llave.

Maeve frunció el ceño, apretando la caja de cintas de casete contra su pecho.

—¿Bajo llave? Necesitaré hablar con la agencia literaria en Londres para reportar los avances del manuscrito. Y tengo asuntos personales que...

—Las conferencias a Londres desde esta centralita rural son excesivamente costosas —dictaminó Bramwell, cortando sus protestas con la eficacia de una guillotina—.

La señora Thorne ha dejado instrucciones precisas.

El uso del teléfono se restringirá a casos de estricta emergencia médica.

Si necesita enviar algún material a su editor, yo mismo me encargaré de llevar el paquete a la estafeta del pueblo los martes por la mañana.

Cualquier llamada que considere absolutamente vital deberá ser solicitada por escrito con veinticuatro horas de antelación y realizada en mi presencia, para anotar el tiempo en el registro de gastos.

Maeve sintió un nudo frío en el estómago que nada tenía que ver con la ropa mojada.

Estaba en 1984, a cientos de kilómetros de cualquier ciudad, sin vehículo propio.

Y acababan de cortarle la única arteria que la unía al mundo exterior.

Miró los ojos inexpresivos de Bramwell. Entendió que no había margen para la negociación.

Era una imposición envuelta en cortesía doméstica.

—Entendido —dijo finalmente, tragando saliva. Necesitaba el dinero. Si tenía que aguantar las excentricidades de una estrella de Hollywood retirada y su mayordomo tiránico durante un par de meses, lo haría.

—Excelente. Oona la acompañará a su habitación.