Obstinada Capítulo dieciocho #4
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Capítulo dieciocho #4

Parecía haber muy poco espacio en el dormitorio al que acompañaron a Ursula, pero estaba demasiado ocupada asegurándoles a las chicas que no había nada más que pudiera necesitar para asimilar la situación.

Cuando las jóvenes salieron de la habitación, Ursula miró a su alrededor con curiosidad.

¡El problema no era que la habitación fuera pequeña, sino que estaba extraordinariamente llena!

Nunca en su vida había visto tantos objetos apiñados en un mismo espacio.

Su mirada atónita recorrió tres sillones de brocado que bloqueaban cada centímetro de paso, una cama con dos colchas de satén, una cómoda y una repisa de la chimenea repleta de jarrones, relojes, adornos de todo tipo y, finalmente, un tocador que parecía desfallecer bajo el peso de cepillos con mango de plata, frascos, alfileteros, bandejas, soportes para anillos...

¡Había incluso dos anillos con joyas engarzadas!

De repente, dio con una hipótesis: quizá la casa entera había sido despojada de sus propiedades más preciadas para adornar la habitación del huésped.

Durmió profundamente (después de quitar ambas colchas de satén) y ya era pleno día cuando despertó.

Su reloj marcaba las nueve. ¡Era imperdonable!

Las chicas Todd le habían dicho que desayunaban a las siete, aunque habían añadido que a la señorita Winfield no se le debía ocurrir levantarse tan temprano.

Frente a su puerta había una gran jarra de agua tibia.

La habían llamado entonces pero ella no había oído nada.

Estaba en un estado de ánimo muy apenado cuando bajó corriendo media hora más tarde.

Una mujer corpulenta y de aspecto eficiente, presumiblemente su anfitriona, entró al vestíbulo y la saludó con tranquilizadora cordialidad.

—Me alegro mucho de que haya tenido un sueño largo y agradable, querida, si así puedo llamarla. Debía de estar rendida. Pero tengo que ocuparme de su desayuno. No tardaré ni un minuto. Pase, siéntese ahí dentro y póngase cómoda. —Se apresuró a irse y pronto se escuchó un apetitoso chisporroteo.

Ursula obedeció las instrucciones de la señora Todd y tomó asiento en el rígido y pequeño comedor.

La mesa con su mantel limpio estaba puesta solo para uno.

Pero Ursula se imaginó que el desayuno anterior había sido retirado.

No se le pasó por la cabeza que la familia Todd había desayunado en la cocina.

Tampoco se dio cuenta de que su anfitriona estaba preparando personalmente su comida, hasta que de repente apareció la buena señora con una gran bandeja y una sonrisa radiante.

Ursula se levantó de nuevo de un salto, llena de remordimiento.

—Oh, debería haberme dejado ayudarla.

—No, no, querida, siéntese. —La señora Todd puso la bandeja sobre la mesa y casi empujó a Ursula de vuelta a la silla. La tetera y la tostada fueron trasladadas hábilmente.

—Usted haga su trabajo y yo haré el mío —dijo, y reveló un tentador plato de huevos y tocino—, así ambas estaremos tranquilas y felices.

Solo después de que todas las necesidades de su invitada fueron satisfechas, la señora Todd accedió a sentarse.

—Por lo general, tenemos a una chica —relató alegremente, aunque un poco jadeante—, porque las señoritas insisten en ello, aunque les digo que por cada tarea que una hace chica, yo debo hacer el doble para conseguir que la haga.

Pero las señoritas no creen que sea apropiado que yo vaya a abrir la puerta.

«La gente te mirará por encima del hombro, mamá», me dicen.

«Si la gente me mira mal por abrirles la puerta de mi propia casa, pueden quedarse fuera», les respondo.

Sin embargo, para tener paz y tranquilidad, cedo.

Y esas chicas no suelen quedarse mucho, y eso ya es una bendición.

Entre tanto, puedo tener un poco de comodidad y mi cocina para mí sola.

Ursula sonrió ante esta nueva perspectiva del problema de los sirvientes. Se sintió extrañamente atraída por este cuerpecillo sensato.

—A veces he pensado que también me gustaría prescindir de los sirvientes. Solo que no en la ciudad, todo se ensucia tanto…

—Sí, la suciedad ajena es un fastidio —asintió la señora Todd—.

Algún día espero vivir en el campo, cuando le pasemos el negocio a nuestro hijo Frank.

Siempre he querido vivir en una casita, y tener un jardín con repollos, malvas y…

Pero bueno —la señora Todd se interrumpió misteriosamente—, las señoritas no me dejan hablar de eso.

—¡Oh, por favor, cuénteme! —Ursula sentía curiosidad. Había una expresión tan tierna y melancólica en los ojos de la anciana…

—Bueno, entonces también está lo del cerdo.

—En su voz había una nota de desafío—. Toda mi vida he querido tener un cerdo.

Tal vez sea porque en el negocio tengo mucho que ver con la manteca de cerdo y la grasa.

Un cerdo es una criatura muy cómoda, sociable cuando está vivo y no se desperdicia nada de él cuando está muerto.

Pero las señoritas piensan que los cerdos son vulgares.

—Mi madre pensaba que el sufragio era vulgar, pero se acostumbró a que yo trabajara en ello.

Supongo que sus hijas se acostumbrarán al cerdo.

—Ursula se rio de aquel extraño vínculo de unión, y la señora Todd, que por supuesto poseía sentido del humor, intervino con una risita—.

¡Pero el tocino, incluso el de tu propio cerdo, no podría ser mejor que este!

La anfitriona sonrió.

—Eso es lo que dijo el señor Todd: «Dame una de tus lonchas y moriré feliz».

En realidad, lo que nos dieron en ese gran hotel de Londres al que me llevó no era apto ni para ponérselo delante a un perro, y eso es un hecho.

Pero tomará un poco más, ¿verdad, querida?

Necesita alimentarse bien para mantener las fuerzas con todo este ir y venir y dar discursos, más aún si a menudo se ve mezclada en sucesos como los de anoche.

Me he enterado de todo por las señoritas, no podían hablar lo suficiente sobre ti.

Eso es lo que me gusta, un poco de coraje.

A menudo pienso que el coraje debería encabezar los mandamientos, porque no se puede cumplir ninguno de ellos sin él.

—La señora Todd retiró el plato vacío de su invitada.

Qué mujer tan encantadora. Mientras Ursula esperaba sentada la segunda ración prometida, sus ojos vagaron ociosamente por la habitación.

Una gran fotografía enmarcada de una pareja de novios llamó su atención.

¿No era espantosa? Por el vestido y el traje supuso que debía de datar de los años ochenta, lo más seguro es que fueran los propios Todd.

De repente, algo en el novio le pareció curiosamente familiar: la actitud, la postura de la cabeza.

Saltó de su silla para examinarlo más de cerca.

¡Qué extraordinario! Por supuesto, el novio no podía ser Vernon, pero era sorprendentemente parecido a él, al menos como ella imaginaba que debía de haber sido.

De hecho, bastaba con añadir unas cuantas arrugas a la cara, quitar unas cuantas arrugas del espantoso traje, y ahí estaba Vernon.

¿La novia? De eso Ursula no estaba segura.

La chica de la foto era menuda e incluso bonita, su rostro mostraba una expresión de felicidad embellecida, no concordaba con su recuerdo de la esposa de Vernon.

Pero, claro, solo había visto a la señora Smee dos veces, y en ambas ocasiones estaba furiosa.

—Se parece extraordinariamente a una de mis más grandes amistades —dijo en voz alta cuando su anfitriona regresó.

—Es mi hermana, la señora Smee, el día de su boda.

—¡Entonces no me he equivocado! ¡Qué curioso!

¿Y la señora Smee es su hermana? —El hecho del parentesco era casi tan sorprendente como la identidad de los fotografiados.

No se había imaginado que la esposa de Vernon proviniera de una clase tan humilde.

Además, era casi imposible concebir que la agradable y sensata señora Todd estuviera tan estrechamente relacionada con aquella marimacho.

Afortunadamente, la señora Todd malinterpretó la sorpresa.

—Sí, verá, yo era la cabeza de una larga familia y Charlotte la cola, así que había mucha diferencia en nuestras edades.

Se puede decir que he sido más madre que hermana.

Entonces es usted una gran amiga de Charlotte, ¿verdad, querida?

Bueno, ¿no es eso estupendo? Pero no recuerdo que haya llegado a mencionarla.

—La señora Todd, aunque cada vez más cordial, estaba claramente desconcertada.

—Oh, no, apenas conozco a la señora Smee.

Solo la he visto una o dos veces. Mi amigo es el profesor Smee.

Nos encontramos muy a menudo. Solía trabajar en su laboratorio.

—Ursula enfatizó intencionadamente su relación con Vernon para desviar la conversación de su esposa.

Sería terrible que la querida señora Todd adivinara sus verdaderos sentimientos hacia su hermana.

—Sí. Sé que en sus clases hay alumnas. —La amabilidad de la señora Todd no disminuyó, pero sus palabras sonaron un poco distraídas.

Un observador atento habría notado una expresión ligeramente preocupada en su amable rostro.

Se sentó en una silla, esta vez con cierto aire de permanencia, y, sacando un calcetín grande a medio terminar, empezó a tejer—.

Creo que entonces sí que he oído hablar de usted, querida, aunque no por su nombre.

Mi hermana vino a visitarme hace una semana o dos.

Usted es la joven que va a ir a una especie de excursión con él en Navidad, ¿no?