Obstinada Capítulo dieciocho #3
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Capítulo dieciocho #3

—Pensaba en lo deprimente que es Londres en comparación con Suiza.

Y también estaba pensando en cómo podríamos llevarte de vacaciones sin recurrir al señor Thomas Cook.

—No había pensado nada de eso, pero ahora empezó a hacerlo.

Una repentina inspiración que combinaba ambas ideas cruzó por su mente.

¡Era asombroso, deslumbrante! ¿Acaso Vincent, un colega científico, no lo había instado durante años a unirse al grupo suizo que él y su hermana organizaban cada invierno?

¿Y no le había hablado alguna vez la señorita Vincent de Ursula con admiración?

—La señorita Winfield es una oradora maravillosa —había dicho.

Propuso su plan: tanto él como Ursula deberían unirse a la expedición de Vincent en las vacaciones de Navidad.

Ursula encontró atractiva la idea. Como ya había dicho hace mucho tiempo, la Suiza desconocida la atraía.

¡Montañas, tan grandes, frescas y tranquilas!

¡Y deportes de invierno! Sin presumir de ello, se sabía una buena patinadora.

Sí, los deportes de invierno serían deliciosos, sobre todo en contraste con este tórrido agosto.

Además, era bastante cierto lo que Vernon afirmaba, que ella no había tenido vacaciones apropiadas ese año.

Si pasaba demasiado tiempo sin unas, simplemente se derrumbaría. Aun así, ella objetó.

—Pero apenas conozco a la señorita Vincent ni al profesor Vincent. ¿Cómo puedo añadirme a un montón de extraños?

—¡Yo estaré allí y no soy un extraño! —Vernon lucho por conseguir que su voz sonara casual, por mantener oculta la intensidad de su deseo—. Será una gran «juerga» Ursula, ven, por favor.

—Será una buna juerga, sí —dijo, y le sonrió.

Por primera vez en meses parecía haber esperanza en la vida.

Aunque no era más que la segunda mejor opción, la amistad era algo agradable.

Esta tarde se había sorprendido al descubrir lo contenta que estaba de volver a ver a Vernon.

Sí, disfrutaría de unas vacaciones suizas en su compañía.

Le dijo que si los Vincent la invitaban por Navidad. Iría sin dudarlo.

Ese otoño Ursula dio más charlas que nunca.

Las organizadoras locales de todas las poblaciones de la costa sur clamaron por su presencia, aunque ella no supiera por qué.

Personalmente, no le gustaban esos públicos sureños.

Eran menos inteligentes y se portaban peor que los del norte.

No es de extrañar que en Lancashire hablaran del «Estúpido Sur», reflexionó sobre un gran mitin en Worthing, en la que ni ella ni ningún otro orador lograron pronunciar una sola palabra.

Menudo pandemonio: gritos, pataleos, cantos, bailes, música de todo tipo...

Finalmente, los sentidos de Ursula se adormecieron tanto que casi dejó de importarle.

El sonido latía como las olas del mar. No le supuso ningún esfuerzo mantenerse allí sentada, despreocupada, y mostrar una sonrisa.

A la noche siguiente estaba en Southampton, en un acto mucho más pequeño en el que ella era la única oradora.

En esa población había un gran elemento hostil.

Pero no esperaban ningún problema esa noche, le dijo una organizadora bastante agitada.

La puerta estaba bien vigilada. El acceso era únicamente con entrada y el público estaba formado prácticamente solo por simpatizantes.

Por la mente de Ursula pasó la idea de que si los actos se limitaban a simpatizantes, entonces no valía la pena realizarlos, pero no quiso aumentar la agitación de la organizadora poniendo en palabras sus pensamientos.

Entonces supo una de las causas del malestar de la pobre muchacha.

La señora en cuya casa debía alojarse Ursula había enfermado repentinamente.

—Unas personas llamadas Todd han pedido alojarte — prosiguió la organizadora—. Son tremendamente amables: las señoritas Todd son dos de nuestras mejores trabajadoras. Pero son bastante humildes y viven encima de su tienda de provisiones para barcos. Espero que no le importe.

Ursula la tranquilizó. De hecho, sinceramente sentía que visitar el altillo de una tienda sería una experiencia interesante.

¿Y qué diría su madre? La idea añadió un toque de alegría maliciosa a la perspectiva.

Casi sintió pena al saber que cenaría en el alojamiento propio de la organizadora y que solo iría a casa de las Todd después de la reunión.

No supo si eso era así para ahorrarle molestias a sus anfitrionas o para limitar su propia estancia sobre la incriminada tienda al menor tiempo posible.

Cuando, más tarde, llegaron a la reunión, encontraron una gran banda de rufianes ruidosos ya reunidos afuera, aunque a una distancia respetuosa de la puerta, ante la cual había varios policías robustos.

Ursula pensó que las precauciones de la organizadora habían sido sabias cuando descubrió que la sala no estaba en la planta baja y solo se podía acceder a ella por una larga y curvada escalera de piedra empinada.

Las bromas pesadas, como las que habían ocurrido la noche anterior, aquí serían terriblemente peligrosas.

—Es la única sala que alquilan a las sufragistas —explicó la organizadora.

El lugar ya estaba bastante lleno, aunque, como afirmó con orgullo la organizadora, habían cobrado seis peniques por cabeza. De hecho, su teoría era que de esta manera se conseguía una audiencia más amplia.

—Si la gente tiene que pagar para venir, piensan que vale la pena venir.

—¡Aunque no la valga! —Ursula interpoló riendo.

El público no solo era lo bastante numeroso, sino que también estaba más entusiasmado de lo que Ursula había esperado.

Pudo hablar sin problemas, sin que los estallidos de ruido desde el exterior la perturbaran.

Estos quedaban en gran parte ahogados debido a la distancia al suelo y las ventanas cerradas.

Su discurso fue largo, de más de una hora.

Terminaba con la nota de los prisioneros: sus sufrimientos.

Con la segunda conciencia propia de un orador, sabía que su audiencia estaba conmovida, de hecho, el salón estaba salpicado de pañuelos blancos enjugando lágrimas.

De repente, un estruendo, un agudo temblor de cristales: ¡un cuerpo envuelto en llamas cruzó volando por el aire!

Las mujeres gritaron, se levantaron de un salto…

¡Ahora sí, literalmente se movieron! Por suerte, el objeto ardiente cayó en el espacio vacío entre la primera fila y el estrado.

Allí quedó, crepitando ominosamente. Hubo alaridos: «¡Una bomba!

¡Una bomba!», y una estampida hacia la puerta.

Ursula también se levantó, mientras gritaba:

—Quédense en sus asientos —y bajó corriendo del estrado.

Solo había un pensamiento en su mente: deshacerse de esa cosa que estaba alarmando a la audiencia.

Un segundo más tarde había alcanzado el siniestro objeto negro.

Por casualidad, un folleto yacía en el suelo cerca de allí.

Automáticamente, envolvió la «bomba» en él.

Después, la idea de esa hoja de papel le divirtió: ¿qué podría haber conseguido un simple trozo de papel?

Corrió por la sala y lanzó al inquietante visitante por la ventana a través del agujero que su entrada en llamas había creado.

—No privaremos al donante de su amable regalo —dijo alegremente.

La estampida hacia la puerta ya había cesado.

La curiosidad, casi tan fuerte como el miedo, hizo que la gente esperara para ver qué planeaba hacer Ursula.

Ahora que la supuesta bomba había sido sacada afuera, lo más seguro es que sintieran que estarían más seguros dentro.

Sin dudar, la mayoría volvió a tomar sus asientos.

Los pocos que aún se dirigían hacia la puerta lo hicieron en silencio.

El verdadero peligro, el de las empinadas escaleras curvadas, había pasado.

Ursula terminó su discurso, pero su perorata quedó arruinada.

Tanto había logrado el intento de sabotaje.

Pero su acción, irracionalmente, hizo más por la Causa que cualquier palabra.

—¿No ha tenido miedo, señorita Winfield? —le preguntaron con admiración varias damas, y ofrecieron sus nombres como nuevas miembros.

Su entusiasmo apenas disminuyó cuando se explicó que la supuesta bomba no era más que un petardo grande. De hecho, Ursula misma no se había dado cuenta en ese momento. Simplemente no había tenido tiempo de sentir miedo.

Hubo un gran retraso después de la reunión, la organizadora tuvo que responder a la policía, tranquilizar al dueño de la sala y discutir sobre el seguro de la ventana.

Poco después, quedó libre, cogió la maleta de la oradora y se preparó para escoltarla hasta donde pasaría la noche.

Ursula protestó, pero débilmente: había descubierto que a las organizadoras les molestaba si intentaba llevar su propio equipaje, aunque ella pudiera estar mucho mejor preparada para esa tarea.

Sin embargo, por fortuna, la tienda de las Todd no estaba lejos.

Allí la organizadora se despidió de ella y la dejó sentada ante una abundante cena servida por las dos señoritas Todd.

Ursula pensó que parecían buenas chicas, aunque su madre no las habría considerado ni siquiera aptas para la calificación de «imposibles».

Habían estado en la reunión y estaban claramente abrumadas de pura admiración, tanto por la hazaña de su invitada como por su discurso.

Anteriormente, esa actitud había hecho que Ursula sintiera cierta timidez, pero ahora estaba acostumbrada.

—Mamá y papá esperaban que les disculparas por no quedarse despiertos para recibirte —se disculpó de repente la señorita Todd más joven—. Les ha parecido muy tarde.

—Sí, a mí también me parece tarde —dijo Ursula mostrando una sonrisa. En efecto, eran casi las once. Se levantó para retirarse.