Capítulo trece #3
—Es difícil que funcione. —Su informante se rio con indulgencia—. Bueno, esta es su vigésima tercera condena. Pero no habría sido tan dura, si no fuera porque agredió a un policía. —Una oleada de gente detuvo la conversación.
Un nuevo grupo de personas que atravesaba la puerta batiente marcó el cierre del caso.
Ursula comenzó a sentirse no tanto cómodamente oculta sino desagradablemente aplastada, cuando se fijó en un pequeño espacio al final de uno de los dos largos bancos que se extendían a lo largo de la cancha frente a ella.
Cuando consiguió acomodarse en el asiento, el nuevo caso estaba en pleno apogeo.
Desde donde estaba sentada ahora podía ver al prisionero de perfil.
Estaba bien vestido en comparación con los anteriores acusados (tal vez fuese un funcionario municipal) y se le podía considerar guapo.
Personalmente, Ursula sentía una intensa repulsión por él.
Prefería al antiguo y grosero ocupante del banquillo de acusados.
Se llamó a la primera testigo: «Lily Smith». Ursula vio a su joven conocida cruzar la sala. La farfullada fórmula del juramento volvió a afligir sus oídos, pero el beso de Lily Smith al Libro fue reverente. En efecto, la pobre muchacha temblaba de manera visible.
—¿Cuál es su ocupación? —preguntó el magistrado.
—Prostituta.
Fue quizá el momento más sorprendente de la vida de Ursula.
Por supuesto que no ignoraba por completo la existencia de las prostitutas, pero nunca se había fijado en ellas de un modo consciente.
Parecían tan alejadas de la vida como los monstruos de dos cabezas o los niños sin extremidades, cuyo nacimiento había visto ocasionalmente registrado en revistas científicas.
Pero esta chica era como otras chicas, de hecho su aspecto era mejor que el de muchas.
Era imposible, se dijo Ursula. Debía de haber algún error.
Quizá el magistrado también se sorprendió o simplemente no captó su respuesta en voz baja.
—¿Cuál es... su ocupación?
—Soy una prostituta.
Esta vez no hubo posibilidad de error. Aún más sorprendente que la declaración de la muchacha fue la calma con que el magistrado la aceptó.
—Oh, sí, prostituta —asintió, como si fuera una vocación perfectamente común y corriente—. ¿Y cuánto hace que conoce al acusado? ¿Dos años?
Ursula palideció. Y su palidez aumentó a medida que avanzaba el caso.
Se quedó allí sentada, petrificada y enferma de horror.
Sabía que existían las prostitutas. Pero no sabía que los hombres podían vivir de las prostitutas y de sus vergonzosas ganancias.
El acusado era uno de esos hombres. La propia Lily Smith lo había denunciado.
—Supongo que se pelearon, ¿no? —sugirió el magistrado descuidadamente.
Un empleado sentado a la mesa justo debajo del banco se levantó y dijo en voz baja que la disputa estaba relacionada con el segundo cargo. El magistrado se puso los quevedos y se volvió hacia sus notas.
—Hum… Sí, ya veo: agresión criminal. Sí. Eso servirá —se dirigió a Lily Smith—. Ahora tomaré declaración a la niña. Supongo que está en este tribunal.
Una niña de nueve o diez años estaba sentada en el banco delantero, no lejos de Ursula. Un ujier se acercó a ella y le dijo algo que Ursula no entendió. La niña rompió a llorar y se aferró a la mujer que estaba a su lado.
—¡Madre, no dejes que me lleve! No quiero hablar con él. —El magistrado consultó de nuevo con el secretario.
—Que todas las mujeres abandonen la Corte —soltó la orden perentoria.
Cerca estaban sentadas dos damas cuyas insignias de sufragistas ya habían llamado la atención de Ursula. Ante este decreto se exaltaron.
—¡Monstruoso! —gritó una de ellas—. ¡Son los hombres los que deberían salir, no las mujeres!
El magistrado pareció molesto.
—Silencio en la sala —dijo con severidad.
Un policía corpulento apareció como por arte de magia al lado de cada sufragista y las guio, todavía objetando con estridencia mientras cruzaban las puertas batientes.
Ursula las siguió. Todo sentimiento se había perdido en un estado de aturdida incomprensión.
¿Por qué lloraba la niña? ¿Qué podría tener ella que ver con todo aquello?
En el vestíbulo estaban las dos señoras indignadas, que todavía hablaban con extrema vehemencia. A Ursula le llegaron algunos comentarios al pasar: —Tener que declarar, sola ante todos esos hombres, pobrecita. ¡Ya es hora de que votemos!
La única idea de Ursula había sido salir, salir al aire libre, lejos de todo ese jaleo. Solo una sensación de entumecimiento físico la había mantenido en su asiento tanto tiempo. Pero ahora dudó. Una formación científica no conduce a dejar los problemas resueltos solo a medias.
—Disculpen. —Se acercó a las damas enojadas—. No entiendo. ¿Qué le pasa a la niña?
La explicación requerida fue dada, de hecho, con presteza.
Las sufragistas estaban demasiado acostumbradas a hablar sobre estos temas para darse cuenta de los sentimientos de la chica que las había interrogado.
Le dieron detalles: una de las señoras conocía a la madre de la niña, «una mujer tan agradable, desconsolada».
¡No, no, era imposible! Aunque Ursula permaneció allí en silencio e inmóvil, todo su ser lloraba de rebelión. Aquello era una pesadilla, no una realidad. Cosas así no ocurrían en Inglaterra, al menos hoy en día. ¡Eso era propio de países salvajes, y solo salía en los libros de historia!
—Pero no puede ser cierto… El romance infantil… —tartamudeó por fin, ahora con los labios blancos.
—Los hechos físicos no tienen nada que ver con el romance. —La sufragista soltó una risa casi histérica—. Hay una casa cerca de aquí en la que… —Siguieron más revelaciones horripilantes—. «Niñas caídas», las llaman —concluyó con amargura—. ¡Y luego se preguntan si somos militantes!
Ursula se dio la vuelta a ciegas. Necesitaba sentarse, le temblaba todo el cuerpo.
Vaya, ese era el mismo banco en el que se había sentado esa mañana.
¿Era esta mañana? Entonces el mundo era un lugar limpio y agradable, con hombres y mujeres sanos.
Ahora se había podrido y estaba lleno de abominación obscena.
Esas sufragistas hablaban del voto, ¡como si el voto pudiera ayudar!
Si la gente era tan vil y bestial, nada podría ayudar, ¡nada!
Todo era horrible. No quería vivir. La ciencia estaba muerta, era inútil. Todo estaba contaminado, incluso Tony.
Pasado un rato recuperó una actitud más racional.
Después de todo, dijeran lo que dijeran las damas sufragistas, no era seguro que el hombre fuera culpable, al menos no de ese horror supremo.
El caso todavía estaba sub iudice . Esperaría y escucharía el veredicto.
Hasta entonces podría conservar la última esperanza.
En ese momento, mientras estaba allí sentada, captó un sonido en el que hasta entonces no se había fijado porque estaba demasiado alterada.
Alguien, no muy lejos, lloraba. Se inclinó hacia adelante y vio a Lily Smith sentada en el otro banco, con el rostro enterrado en un pañuelo y el cuerpo sacudido por los sollozos.
Su amiga, la chica de aspecto atrevido, le daba palmaditas en el hombro en un no despreciable intento de consolarla.