Capítulo once #2
Quizá fue por estar tan sola que Ursula cayó en lo que sus mayores (si lo hubieran sabido) habrían considerado la compañía más indeseable.
Porque su interés por el sufragio, o quizá debería decirse por las sufragistas, empezó a resurgir.
Después de la redada que había presenciado, durante las siguientes semanas estuvo demasiado ocupada con sus propios asuntos como para prestar atención a los de otras personas.
Además, durante agosto, el asunto del sufragio había estado inactivo en lo que a Londres se refería.
Y Dumdrochie estaba demasiado lejos para captar algo más que ecos distantes del movimiento, principalmente en forma de palabrotas del coronel mientras leía su Times retrasado.
—¡Escandaloso, maldita sea, escandaloso! —era su comentario casi diario—. ¡Los ministros del gabinete ni siquiera pueden considerar que son dueños de sus almas! ¡No puedo imaginar hasta dónde quieren llegar las mujeres de Inglaterra!
—Tal vez quieran votar —había sugerido una vez Ursula a la ligera, lamentando el comentario de inmediato porque había llevado al pobre coronel al borde de la apoplejía.
Solo su repetida afirmación de que no tenía la menor intención de unirse a la «Hermandad de los Gritos» restauró la calma doméstica.
Y le resulto fácil emitir tal afirmación, porque, lejos de desear convertirse en sufragista, el rechazo de Ursula frente al movimiento militante era casi tan fuerte como el de su padrastro, de hecho, era quizá el único punto, además de la detestada nueva ala, en el que estaban de acuerdo.
Ella también consideraba vergonzosa esta persecución de los ministros del gabinete, y ¿qué posible ventaja podrían esperar obtener las mujeres de ella?
Sin embargo, a pesar de su desaprobación, no podía evitar divertirse ante la idea de que el Primer Ministro se escabullera en dirección a las sesiones del Congreso a través de pasadizos subterráneos o calles con barricadas.
Su vida parecía estar ensombrecida por agentes vestidos de civil, jugaba al golf custodiado por policías.
¡Esas sufragistas, en su pasión por los procedimientos penitenciarios, parecían haber convertido al Primer Ministro de Inglaterra en algo muy parecido a un hombre en libertad condicional!
Y luego estaba ese nuevo asunto de la huelga de hambre.
La empezó una sufragista que estaba en prisión por garabatear algo sobre peticiones en la pared de la Cámara de los Lores, según había leído Ursula.
¡Qué deprimente era que alguien pudiera estar tan equivocada, tan loca!
Luego, doce de las mujeres que llevaron a cabo el asalto, incluida Mary Blake, siguieron el lamentable ejemplo.
Al cabo de unos días, todas habían sido liberadas, para profundo alivio de Ursula.
Porque, aunque desaprobaba la huelga de hambre, no podía llegar tan lejos como su padrastro con su gruñido de: —¡Si quieren morirse de hambre, que se mueran de hambre, y gracias a Dios por librarnos de ellas!
No es que el coronel fuera más capaz de tal insensibilidad que la propia Ursula, ya que era uno de los hombres más amables que nadie pudiera conocer.
¡Era precisamente el hecho de que nadie permitiría que una mujer muriera de hambre lo que hacía que el comportamiento de las sufragistas fuera tan cruel!
Se estaban aprovechando de los buenos sentimientos de la gente.
Si cometían crímenes, ¿por qué no podían aceptar su castigo como los hombres?
A finales de septiembre llegó el primer informe de alimentación forzada.
Ursula estaba claramente sorprendida. Pero lo más seguro era que su padrastro tuviese razón: todo era una mera simulación, una manera de permitir a las sufragistas romper su huelga de hambre y, al mismo tiempo, conservar su orgullo.
Ese comportamiento las hacía parecer más malas que nunca.
Entonces, un día, cuando ya estaba de regreso en la ciudad, se topó con un cartel que se refería a alimentación forzada.
«Torturan a mujeres en prisión», decía. Y a continuación se instaba a «votar en contra del gobierno».
No era una imagen agradable ni parecía un método deseable para evadir el encarcelamiento.
De hecho, solo mirarlo hacía que Ursula se sintiera bastante enferma.
Pero, después de todo, se recordó a sí misma, no tenía pruebas de que el proceso fuera así.
Los carteles habían sido ideados por las sufragistas con fines propagandísticos: su exageración era notoria.
De todos modos, se sentía incómoda. Era horrible pensar que Mary Blake sufriera algo que se pareciera siquiera remotamente a esa escena ilustrada.
Debía informarse sobre el tema. Todos los días, aparecían periódicos automáticamente en la mesa de la biblioteca de Lowndes Square.
Ursula los estudiaba ahora con un nuevo interés.
No contenían ninguna referencia a la alimentación forzada.
De hecho, los más importantes casi nunca mencionaban a las sufragistas.
¡Qué avestruces! Ursula se preguntó si acaso creían que al ignorar la agitación hacían que dejara de existir.
Se veía impulsada a leer las propias publicaciones de las sufragistas.
Pero ¿cómo conseguirlas? Era claramente imposible darle la orden al mayordomo de la forma habitual.
«Quiero que me traigas un ejemplar de Voto , Jenkinson».
¡Podía imaginarse la mirada de asombro e incredulidad del hombre!
No es de extrañar que pudiera sentirse indignado cuando a ella misma no le gustaba nada la idea de enfrentarse a la sospecha de ser militante cuando entrara en una papelería y pidiese el panfleto.
Pero había una vendedora de la WSPU, 9 una señora mayor, a quien había visto a menudo fuera de la estación de Kensington High Street.
Comprarlo casualmente, de pasada, sería menos vergonzoso.
El Victoria Embankment sustituyó al parque, con sus recuerdos demasiado dulces y tentadores, como ruta del paseo diario de Ursula.
Pero al día siguiente tomó la dirección de siempre y al final llegó a Kensington High Street.
La acera estaba atestada de compradores navideños elegantemente vestidos, pero un poco más allá, con aspecto mísero, estaba la pequeña dama con su bolsa de panfletos.
Sintiéndose absurdamente culpable y cohibida, Ursula le ofreció un penique.
El rostro de la vendedora se iluminó. Quizá el negocio estaba flojo e incluso una sola clienta era una alegría.
—Es un número muy bueno. Hay un artículo maravilloso de Christabel —le dijo a Ursula con un gesto amistoso.
Después de eso, Ursula compró el periódico con regularidad.
Gran parte de su contenido todavía le pareció basura exagerada, pero también encontró algunos hechos sorprendentes.
Las experiencias de una mujer en particular le resultaron profundamente impresionantes.
Porque esa dama pertenecía a una famosa familia inglesa, una familia que ni siquiera la señora Hibbert podía despreciar.
De hecho, aunque la dama en cuestión había sido muy amable en la única ocasión en que Ursula se encontró con ella, la joven tenía la sospecha de que esas personas despreciaban a los Hibbert y al resto de la antigua Casa Marlborough.
Y ahora Ursula leyó, para su asombro, que esa mujer aristocrática y de aspecto delicado participó en una manifestación de las sufragistas, fue arrestada, encarcelada e inició una huelga de hambre.
Después de dos días fue liberada sin ser alimentada a la fuerza.
Los médicos de la prisión no pudieron hacerlo, dijeron que su corazón no estaba sano.
Un martirio barato, pensó Ursula con desdén.
Unas semanas más tarde se encontró con más noticias.
La misma señora había sido arrestada de nuevo, pero disfrazada de trabajadora.
Ninguna de las autoridades penitenciarias la había reconocido.
Y repitió la huelga de hambre. Esta vez la habían alimentado a la fuerza.
Nadie se había preocupado por su corazón.
Se le había mostrado la mayor rudeza e indignidad.
Un día se filtró su verdadera identidad.
El resultado fue su liberación inmediata.
Era desconcertante. Claramente su padrastro estaba equivocado.
La alimentación forzada no se utilizaba para facilitar las cosas a las sufragistas.
Al contrario, parecía que se utilizaba para hacer las cosas más difíciles.
Y la pobreza aumentaba tu castigo. Si esa era la célebre justicia inglesa, ¡podría haber algunas razones para que las mujeres quisieran votar!
A principios de diciembre se celebraría una reunión sobre el sufragio en el Albert Hall.
El enorme cartel exterior ya había llamado la atención de Ursula.
Su nueva indignación la decidió a esperar.
Siguiendo las instrucciones del panfleto Voto , escribió a la sede para solicitar una entrada.
Le sorprendió un poco que le pidieran que enviara media corona, sobre todo porque había oído que iba a haber una colecta.
Seguramente eso era inusual en las reuniones políticas.
Estas sufragistas debían de ser muy vehementes para estar dispuestas a pagar por el privilegio de volver a pagar.