Obstinada Capítulo once
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Capítulo once

Aunque Vernon Smee hubiera preferido no volver a ver a Ursula hasta haber tenido tiempo de adaptarse a su demoledora revelación, sintió que sería demasiado drástico si se ausentaba de su exposición del trabajo de final de carrera a la mañana siguiente.

Sin embargo, había decidido no participar en la excursión de esa tarde a Dartmoor.

Su determinación solo se vio incrementada por el hecho de que había esperado toda la semana con ansias, o más bien, la oportunidad que le brindaría de ver a Ursula.

En cambio, partiría hacia la ciudad en un tren a primera hora de la tarde y estaría solo en casa, ¡gracias a Dios!

Charlotte todavía se quedaría otra semana más con los Todds en Southampton.

La sala dedicada a la Sección B tenía capacidad para unas ciento cincuenta personas.

A la mañana siguiente, más de la mitad de la sala donde expondría Ursula se había llenado.

En esto no había motivo de queja, algunas de las mejores ponencias habían tenido menos asistencia.

De hecho, en fraseología científica, el tamaño de la audiencia de una ponencia de final de carrera tiende a variar de manera inversamente proporcional a la profundidad del discurso.

Porque el elemento numeroso, principalmente femenino, que encuentra en la Asociación Británica una semana de placer disfrazada de educación, prefiere por supuesto las ponencias más populares.

Algunos de estos seguidores de la ciencia se encontraban entre el público de Ursula, atraídos, lo más seguro, por el rumor acerca de su juventud y de su belleza o posiblemente por su posición social.

La mayoría de los presentes eran, sin embargo, auténticos químicos, y entre ellos la muchacha se sintió satisfecha al ver a tres o cuatro muy distinguidos.

Por supuesto, era casi seguro que el profesor Lyall Fleming, como presidente del evento de este año, estaría presente.

¡Cómo debía de odiar el acto, él y sus opiniones antifeministas!

¡No es de extrañar que pareciera severo mientras estaba sentado allí, tan gordo e impactante!

Por supuesto, la ocasión no requería oratoria, pero la lectura de Ursula fue buena y clara.

Mientras se esforzaba por brindar una atención científica desapasionada, Vernon Smee decidió que Ursula tenía una voz excelente para hablar en público.

¡Se preguntó una o dos veces si algún hombre se había sometido alguna vez a una prueba como la suya!

De hecho, casi se alegró cuando una vena de crítica despectiva comenzó a tejerse entre su admiración.

No, el artículo no estaba bien escrito, el discurso era cada vez más dificultoso, enmarañado, tal vez debido al esfuerzo excesivo de la joven por aclararse.

Smee se sorprendió, el discurso improvisado de Ursula en la Sociedad Química había sido perfectamente lúcido.

Recordó lo que le había dicho ella sobre mordisquear sus plumas en la angustia de la composición literaria.

La idea le provocó una oleada de ternura.

Maldita sea, esto no iba nada bien. Debía mantener la mente en el trabajo de ella.

La primera parte del artículo estaba dedicado a una descripción de los experimentos y del desconcertante fallo que había aparecido una y otra vez a pesar de todas las precauciones.

De repente, después de haber hablado durante un tiempo considerable, se le ocurrió una sugerencia sorprendente.

El fallo no era un fallo. Era un factor esencial.

Ursula dio su explicación, su nueva teoría.

Aquello despertó un gran interés. Los tres o cuatro distinguidos químicos cuchichearon entre sí.

Algunos de los jóvenes comenzaron a aplaudir, y los seguidores del evento, aunque demasiado ignorantes para comprender la nueva teoría, o incluso para reconocerla como tal, se unieron a la aclamación.

Ursula pasó a detallar su prueba. Quizá se prolongó demasiado.

Cuando finalmente se sentó, los aplausos fueron inesperadamente escasos.

El profesor Lyall Fleming, en calidad de presidente, abrió brevemente el debate.

Habían escuchado con el mayor interés, dijo, el hábil artículo de la señorita Winfield.

Su sugerencia era ingeniosa en exceso, aunque temía no poder considerarla probada.

Sin embargo, se reservaría sus comentarios para más adelante.

Siguieron tres o cuatro réplicas. No solo todos eran escépticos, sino que había una clara corriente de hostilidad subyacente.

Era posible que esos químicos varones, sin darse cuenta se sintieran molestos por el hecho de que una mujer afirmara haber realizado un descubrimiento.

Vernon Smee permaneció en silencio, desgarrado por emociones opuestas.

No creía en la teoría de Ursula y, sin embargo, anhelaba defenderla.

Sentía que las críticas que ella recibía eran injustas y, sin embargo, también él sentía ciertos celos, cierta irritación.

Su artículo había sido tan arrogante, pobrecita.

¿Cuándo aprenderían las mujeres inteligentes un poco de tacto?

Quizá su actitud se debía a que formaban parte intelectual de los nouveaux riches .

Por fin el profesor Fleming se levantó de nuevo y, con cierta majestuosidad, le hizo un repaso a la nueva teoría.

Su juicio, basado en el fundamento de las matemáticas puras, fue más demoledor que cualquiera de los anteriores.

No solo fue adverso en sustancia, sino que el tono de su discurso fue de inconfundible, aunque cortés, desprecio.

Concluyó con una suave referencia a la costumbre bien conocida y nada desagradable de la juventud y, si se me permite decirlo, en especial de la encantadora y femenina juventud, de sacar conclusiones sobre bases insuficientes.

Vernon Smee se puso de pie. El repentino rubor en las mejillas de Ursula lo llevó a hacerlo.

Con habilidad propia de un abogado retomó sus argumentos y los mejoró enormemente.

Pero, aun con todo su talento, no logró convencer.

¿Cómo podría convencer a nadie de una teoría científica en la que él mismo no creía?

Aun así, Ursula lo miró con gratitud. Quizá fuera mejor, por su propia seguridad, que si quería subirse al expreso de la tarde abandonara la reunión antes de que terminara.

La principal razón de la gratitud de Ursula había sido que el discurso del profesor Smee le había dado tiempo para ordenar sus sentimientos.

Estaba amargamente decepcionada, pero estaba más asombrada que decepcionada y más enfadada que ambas cosas.

Su ira se dirigía sobre todo contra ella misma.

Su fe en su teoría permanecía inquebrantable.

Pero se dio cuenta de que sus experimentos no eran concluyentes, como había imaginado.

Bueno, debería haberlos hecho así. Debería haber trabajado en el aspecto matemático y así poder refutar al profesor Fleming en su propio terreno.

Se recriminó a sí misma con dureza, aunque de manera injusta, por haber sido tan terriblemente negligente.

No debería haber presentado su teoría hasta que fuera inexpugnable.

La ira pudo haberla estimulado, ya que el breve discurso de clausura fue tan bien pronunciado como mal presentado el documento. No intentó responder a sus críticos, más allá de aclarar uno o dos puntos que por supuesto habían sido mal entendidos.

—Con respecto a la observación final del profesor Fleming —dijo con una sonrisa—, debe recordar que la juventud reprensible tiene, al menos, tiempo para fortalecer bases insatisfactorias.

Confío en que en la próxima reunión de la Asociación la mía sea capaz de sostener incluso tan importantes...

—hubo una pausa apenas perceptible, en la que, sin embargo, se escuchó una risita y la ponente se sonrojó al añadir—: críticas.

El único deseo de Ursula, al salir de la sala, era regresar de inmediato a Londres y comenzar su trabajo de reconstrucción.

Pero era imposible debido a su promesa de reunirse con su madre.

Y cuando llegó a Dumdrochie se sintió, después de todo, contenta porque estaba de vacaciones.

Los descubrimientos simultáneos en el amor y en la ciencia habían sido más agotadores de lo que pensaba.

Necesitaba ese período de quietud mental y emocional, una quietud que se veía muy perturbada por la carta semanal de Tony y que habría sido aún más perturbada sin ella.

Sin embargo, al cabo de un mes, la elasticidad de la juventud la había ayudado a superar el cansancio y jadeaba por volver a su laboratorio.

Una vez allí, se lanzó a la tarea, trabajando, como le escribió a Tony, «como diez mil Furias».

Durante el invierno, Ursula tenía la casa de Lowndes Square casi tanto para ella como en agosto.

Porque su madre y su padrastro permanecían en el norte hasta que la nieve ponía fin a los disparos, y luego, durante unos días en casa, realizaban una serie de visitas a amigos capaces de proporcionarle buenas partidas de caza.

Es cierto que durante su ausencia se designaba una carabina para Ursula, pero varios inviernos previos de entrenamiento habían permitido a la muchacha reducir a aquella apacible funcionaria de vigilancia a una condición de insignificancia.