Capítulo nueve #3
Regresaron por la misma ruta pesada e idílica y, en una de esas coincidencias ilusorias de la vida, la señora Smee subió al ómnibus en Kilburn.
A Charlotte siempre le había parecido que tal proceder era una hazaña más bien acrobática, pero como no le gustaba caminar, era su única manera de salir al aire fresco.
Justo cuando avanzaba con paso vacilante por la parte superior del ómnibus hacia un asiento delantero vacío, los caballos se sobresaltaron y casi la precipitaron sobre el señor Balestier.
Ursula, que estaba sentada junto a él, por supuesto miró hacia arriba y sus ojos y los de Charlotte se encontraron.
Durante el primer segundo la muchacha no reconoció a la esposa del profesor.
Luego, mientras la mujer acalorada y de aspecto enfadado continuaba su paso tambaleándose sin dar ninguna señal, pensó que por fortuna la señora Smee no la había reconocido, le correspondía a la mujer mayor inclinarse primero.
Tal vez todavía le esperaba una dura prueba, pero por el momento la buena señora solo presentaba una espalda inquebrantable y además poco atractiva.
En Notting Hill Gate, la señora Smee se bajó, pero miró fijamente al frente cuando pasó de nuevo junto a Ursula.
—¿No es extraño? Esa era la esposa del profesor Smee, de quien te he hablado hace un rato —le susurró Ursula a su acompañante. Con un cierto fervor, ella se hizo eco de su «Pobre muchacho» en referencia al profesor.
El miércoles, de nuevo, el señor Balestier tuvo que a ver a su jefe.
Regresó el viernes como en la anterior ocasión, pero esta vez no esperó hasta la mañana siguiente.
El señor Balestier había llamado a la puerta principal y preguntaba si podía ir a ver los experimentos de la señorita Winfield.
Ese fue el mensaje que llevó la criada al laboratorio esa tarde.
Ursula le dijo a la criada que hiciera subir al caballero.
La invadió tal oleada de felicidad que se sintió bastante débil.
Era demasiado absurdo, se reprendió a sí misma.
Por supuesto, solo estaba contenta porque estaba escribiendo el artículo y era un trabajo que siempre había odiado.
Si hubiera estado haciendo experimentos, le habría molestado su interrupción.
Se había levantado de un salto del taburete y ahora miraba la campana extractora cuyo cristal, desde cierto ángulo, le devolvía el reflejo.
Sí, su cabello parecía estar bien. Era un consuelo tener el cabello rizado, que no se veía desaliñado ni siquiera cuando estaba despeinado.
Llevaba su mono largo azul. ¿Debería quitárselo?
Se desabrochó el botón superior y luego se lo volvió a abrochar.
No, ¡sería una tontería! El traje adecuado en un laboratorio era un mono.
Si el señor Balestier pensaba que era espantoso, tendría que pensarlo.
El joven no dio la impresión de desaprobar aquella indumentaria cuando su mirada se posó en el cuerpo de la joven.
De hecho, las largas líneas del mono se adaptaban admirablemente a la joven y erguida figura de la muchacha, mientras que el azul era el color que mejor le sentaba.
Ella no lo miró a los ojos mientras se estrechaban la mano.
—¿Quiere que le muestre el último experimento, el de alta frecuencia? —dijo de manera informal, y luego comenzó a sujetar una pieza de carbono en uno de los soportes.
Tony Balestier estaba bastante pálido.
—Bueno, en realidad he venido a decirle que mi jefe de repente ha decidido hacer todo el viaje por mar. ¡Viejo estúpido!
Ursula pareció sorprendida, no había captado todo el significado del cambio de ruta.
—Pero ¿por qué le importa tanto? Pensaba que le gustaba el mar —sugirió.
—Sí, pero significa salir una semana antes. Hoy tengo que ir a Southampton. Zarparemos mañana.
La pieza de carbono que Ursula estaba sujetando se rompió. Sacó otra de su caja de madera. Entonces esta era su última reunión. No estaría en el parque mañana por la mañana... ni ninguna otra mañana. No habría otro domingo juntos. Una sensación de desolación se apoderó de ella.
—Supongo que entonces no tiene tiempo para ver mi experimento —fue lo único que se le ocurrió decir.
El joven palideció más que nunca. La forma en que la señorita Winfield había recibido la noticia era desesperadamente desalentadora. Había tenido la intención de proponerle matrimonio, pero ¿de qué serviría ahora? Sin embargo, el experimento permitiría, al menos, posponer el momento de dejarla.
—Sí, tengo tiempo. Me gustaría verlo —le dijo.
—Bueno, entonces debo preparar el aparato.
Comenzó a conectar un acumulador con inusual torpeza. Su creciente desánimo parecía obstruir sus movimientos. De repente, sin darse cuenta, tocó uno de los polos. Lo inesperado del fuerte impacto la hizo gritar. Apartó la mano.
—¿Qué le pasa? —Tony Balestier le había cogido la mano y la miraba con ansiedad—. ¿Qué le pasa? —repitió.
—Nada. Olvidé que la corriente está conectada. Son solo unos calambres. Casi ha desaparecido. —Al menos eso le sirvió de excusa para detenerse—. Me temo que tendrá que esperar para ver este experimento hasta que regrese de la India.
Balestier todavía le sostenía la mano.
—Eso no es todo lo que tendré que esperar —comenzó con repentina audacia. Ursula levantó la vista. Quizá leyó en su rostro lo que con tanto esfuerzo había intentado ocultar. Quizá era solo que ambos eran jóvenes y estaban cogidos de la mano. Parecieron innecesarias más explicaciones.
—Estamos sucios como barrenderos. Creo que te has sentado sobre una de las piezas de carbono —observó Ursula un poco más tarde, con una risa trémula y ya tuteándolo, mientras descendían de nuevo a la tierra desde su posición en el alto banco del laboratorio.