Capítulo nueve #2
—Pensé que si la encontraba aquí podría decirme algo sobre el desayuno. —Ursula había rechazado varias veces su invitación a desayunar juntos, alegando que la esperaban en casa—. ¿Vendrá hoy al quiosco? ¡Por favor!
Mientras estaban sentados uno frente al otro en una de las pequeñas mesas al aire libre que bordeaban el quiosco, él le dijo que había temido que ella se hubiera ido de la ciudad.
—Supongo que los fines de semana se va a alguna parte, ¿no? —preguntó.
—No, nunca lo hago. Interfiere demasiado con mi trabajo. Además, ¡no conozco a mucha gente!
Su acompañante sugirió, un poco distraídamente, que las tardes del miércoles en Lowndes Square no confirmaban la última afirmación. Mentalmente consideró si debía mandarle a su anfitriona del fin de semana un telegrama en el que decirle que estaba enfermo o que no podía ir por asuntos de trabajo.
—Oh, esos son los amigos de mamá de los miércoles por la noche —explicó Ursula—. Claro que ella conoce a mucha gente. Limpiar su agenda de contactos es su única ocupación campestre.
Balestier sonrió.
—Pero ¿qué va a hacer este fin de semana si no se va? —persistió.
—Trabajar —contestó ella—. Lo mismo que entre semana.
—¡Qué inmoral! No se puede trabajar un sábado por la tarde con un clima como este. No es «factible», como decía uno de nuestros viejos jardineros. Venga conmigo al río.
Ursula vaciló. El río sonaba muy atractivo.
Durante las últimas tres semanas había estado trabajando en exceso.
Y ahora sus experimentos estaban prácticamente terminados, y demostraban su teoría.
Solo quedaba la redacción del artículo y, ¡oh!
cómo lo odiaba. Se merecía primero unas pequeñas vacaciones.
Pero supongamos que se toparan con alguno de los amigos de su madre río arriba.
Allí se podía tener una casa incluso en agosto.
¡Y la gente era tan idiota! Si ella y el señor Balestier fueran vistos juntos solos, eso podría dar lugar a algún chisme ridículo.
No, ella solo estaba a salvo dentro de un radio de cuatro millas.
En voz alta dijo que el río estaba demasiado lejos. Y se sonrojó mientras hablaba.
Tony Balestier, que la estaba mirando, sintió un repentino escalofrío.
Adivinó astutamente lo que pasaba por su mente.
La idea de que estuvieran así unidos, y aún más, la idea de que ella hubiera pensado en ello, le despertaba mucha curiosidad.
Porque denotaba un cambio en ella. De hecho, lo había sentido desde el primer momento de su encuentro esa misma mañana.
Se mostraba menos científica, más humana, más personal.
Había pensado que se preocupaba por ella tanto como era humanamente posible antes de descubrir que se preocupaba mucho más.
Y empezó a parecerle no tan imposible que algún día ella pudiera cuidar de él.
—Si no puede ser el río, ¿por qué no el Serpentine? —sugirió.
—¡No puede hablar en serio! —Parecía imposible imaginar a un joven del grupo Hibbert paseando en bote por el lago de Hyde Park! Ursula se rio ante la idea.
Tony Balestier no estaba muy seguro de si había hablado en serio o no. Navegar por el Serpentine parecía un procedimiento bastante extraordinario. Aun así, él también sentía la seguridad de agosto. Y para estar con Ursula tendría que enfrentarse a muchas cosas.
—Me gustaría muchísimo, si le parece bien —dijo, y se fue a reservar un barco.
Como esperaban, aquella tarde estuvieron a salvo de ser reconocidos por nadie, aunque eso no significaba en absoluto que encontraran soledad.
Aun así, el Serpentine estaba menos lleno que el Henley, como observó Ursula.
De hecho, declaró con audacia que le gustaba más, era más «real».
En efecto, cuando llegó la noche, presenciaron unas vistas más sorprendentes que cualquiera que el río más elegante pudiera ofrecer.
En un momento dado, Ursula notó que se estaba reuniendo una multitud de pilluelos cerca de la orilla.
Formaban una fea y aburrida mancha en el paisaje.
Pensó que era una lástima que los pobres de Londres fueran tan poco pintorescos.
El señor Balestier empezó a alejarse con bastante precipitación, por lo que ella quedó de espaldas a la orilla.
De pronto, un silbido la hizo volverse. Sobre la hierba verde, con su fondo de arbustos y árboles oscuros, fluía una oleada de humanidad maravillosa y reluciente, que se fragmentaba en la orilla del agua en cuerpos separados, delgados y que miraban.
—Qué hermoso —murmuró Ursula, casi asombrada.
A la tarde del sábado en el Serpentine le siguió al día siguiente otra expedición cockney : a Hampstead Heath.
Ursula había objetado que no sabía cómo podían llegar hasta allí, ya que ambos coches ya habían partido hacia el norte.
Ella rechazó rotundamente la propuesta del señor Balestier de alquilar un carruaje o un taxi para ese día.
No sabía mucho sobre precios, pero estaba segura de que ese procedimiento no era para un hijo menor con escasos recursos.
No, ella solo iría si viajaban en ómnibus.
Así que el domingo por la mañana los vieron esperando en St. Mary Abbot’s el ómnibus azul y, cuando llegó, esperando aún más a que el tercer caballo, que postergaba las cosas, los arrastrara colina arriba de Church Street.
De hecho, todo el trayecto necesitó de varias horas, y, sin embargo, a ambos se les pasó el tiempo volando.
Era la primera vez que Ursula visitaba ese parque de Londres.
—Dios mío, qué hermoso —exclamó sorprendida, ya que esperaba una mezcla de excursionistas, asnos y glorietas.
Deambularon hasta llegar a un valle de helechos, levemente cubierto de hollín, pero por lo demás bastante salvaje.
Allí Ursula se sentó sobre el tronco de un árbol caído, mientras su acompañante descansaba despreocupadamente cerca.
Parecía un lugar ideal para el romanticismo y, sin embargo, no hubo nada de eso.
Francamente tenía miedo. Era cierto que hoy tenía más esperanzas que nunca, pero supongamos que se equivocara.
Si ella lo rechazaba... bueno, simplemente no podría afrontarlo, se sentía como un adolescente.
De todos modos, tenían otra semana antes de que él zarpara, y ella había prometido volver a Hampstead con él el domingo siguiente.
Si Ursula le hubiera dado el menor estímulo, lo más seguro, habría desestimado su resolución de mantener silencio.
Pero ella también tenía miedo, miedo de esa cosa nueva y extraña que había llegado a su vida.
Ella siempre había sido tan independiente, tan emocionalmente autosuficiente…
Además, la situación era muy agradable. Varias veces sus ojos se posaron con aprobación en su acompañante, que yacía medio tendido en el césped a su lado.
¡Qué grande parecía, así acostado! Se había quitado el sombrero de paja y, aunque su cabello rubio tenía el corte reglamentario, casi de presidiario, un pequeño rizo luchaba irresistiblemente.
Al mismo tiempo, cada vez que la conversación rozaba lo sentimental, la chica enseguida cambiaba de tema.
Era muy fácil hablar con el señor Balestier, como había descubierto hacía mucho tiempo, tal vez porque él estaba sorprendentemente interesado en todo lo que ella decía.
Incluso hoy le habló de su propia vida, y, a diferencia de la mayoría de las mujeres, Ursula solía sentir que ese era un tema casi imposible.
Le preguntó que por qué conocía a tan poca gente, refiriéndose a lo que ella había dicho el día anterior.
¿Nunca había hecho amigos en la escuela?
Entonces ella le explicó que no había ido a la escuela.
Cuando era niña había viajado mucho y la había educado una institutriz.
Cuando tenía doce años, su madre se casó con el coronel Hibbert y luego, en efecto, fue a la escuela, pero solo durante un trimestre.
—La llamaban escuela de buenas maneras, y conmigo no las tuvieron —observó con una sonrisa—. Le dije a mi madre que, a menos que sacara de allí, me suicidaría.
—¡¿Qué?! —Tony Balestier pareció sorprendido, incluso consternado—. ¿Tan mal la trataron?
—No, pero me mataban de aburrimiento. —Ursula le explicó que había sido un lugar bastante espantoso. Las chicas no tenían nada en qué pensar excepto en los chicos del colegio de enfrente.
Después de que ella se fuese, hubo un escándalo que hizo que su madre se alegrara de habérsela llevado de allí.
¿Y después de eso? Ah, después de eso, otra vez institutrices, y luego el Bedford College. Allí fue donde descubrió la ciencia por primera vez.
—Fue una revelación. —Por supuesto, en la universidad había conocido a otras chicas, pero cuando las invitaba a casa, su madre las declaraba «imposibles»—.
No eran «imposibles», eran chicas muy agradables —explicó Ursula—, pero pude ver que no encajaban muy bien en Lowndes Square, por lo que nunca tuvimos intimidad.
No obstante, por supuesto, no quise decir que no tenga amistades, está el profesor Smee.
Era la primera vez que lo mencionaba. El hombre tampoco había pasado por la mente de Balestier desde la reunión inicial.
Ahora presintió un desastre repentino y horrible.
Supuso que, después de todo, había algo entre ese tipo y la señorita Winfield.
Sus pensamientos volvieron ansiosamente al día en Henley.
—¿Ve mucho al profesor Smee? —Esperaba que su voz sonara tan descuidada como intentó que pareciera.
—Sí, lo he visto bastante este verano porque estuve trabajando durante algunas semanas en su universidad. Y un día fui a visitar a la señora Smee.
—¿A la señora Smee?
—Su esposa... una mujer imposible. —Pero Balestier estaba tan abrumado por la gratitud hacia la existencia de una señora Smee, fuera esta como fuera, que apenas escuchó su comentario. De hecho, ahora mismo concebía a la pobre Charlotte como un ángel, ¡aunque disfrazado!