Capítulo ocho #2
El parque era precioso. Una lluvia nocturna había refrescado el aire y la cansada vegetación de agosto.
Ursula caminaba junto al Serpentine. Tenía todo el lugar para ella sola.
Los jinetes de la mañana, que en la temporada de verano recorrían a esa hora Rotten Row, estaban ya lejos, y aún era demasiado temprano para las multitudes de excursionistas rurales y niños de los barrios bajos de Londres, que, más tarde ese mismo día, respectivamente, paseaban por las escaleras del Albert Memorial o salpicaban el césped en pequeños grupos familiares.
Aunque Ursula estaba mentalmente animada, sintió las piernas curiosamente pesadas, cansadas.
Pronto se alegró de poder sentarse en un banco.
Llevaba en la mano una bolsita de papel que había cogido con un gesto automático de la mesa del vestíbulo al salir de casa.
La abrió y empezó a dar de comer a los patos.
Los pobres estaban hambrientos. Un pato enorme se puso casi de pie, se contoneó y graznó ruidosamente.
La joven se dio cuenta de que pasaba una figura masculina, pero no se preocupó de levantar la vista.
—¡Señorita Winfield! —escuchó de repente en un tono asombrado.
El señor Balestier estaba de pie frente a ella.
Llevaba pantalones de franela grises y un sombrero de paja (por supuesto parecía considerar que Londres en agosto era un lugar propicio para correr por el parque) y parecía muy fresco, robusto y muy agradable a la vista.
Y Ursula sí se sintió complacida, aunque bastante sorprendida de sí misma por hacerlo.
Tal vez, como hacía quince días que no tenía con quién hablar, incluso su asociabilidad quedó saciada—.
¡Qué asombroso! —exclamó alegremente el señor Balestier mientras se estrechaban la mano—. ¡Pensé que estaba solo en Londres!
—También yo me sentía una especie de Robinson Crusoe. Qué alegría encontrarme con otro náufrago... Al menos así lo siento.
Al joven le pareció que este temprano e improbable encuentro tenía un toque de aventura, un tipo de intimidad atractivo y extraño.
—Supongo que no debo pedirle que comparta su último mendrugo —sugirió con un brillo en los ojos—, pero también me encantaría dar de comer a los patos.
—Mire, le doy lo que ha sobrado. —Ursula puso en sus manos la bolsa de papel con las migajas—.
No doy de comer a los pato, bichos horribles y golosos, por placer, pero creo que los tratan mal.
El resto del año están tan hartos que consideran una condescendencia positiva comer algo.
Y luego, en agosto, el maná se seca de repente. ¡Imagínese qué desconcertante!
Tony Balestier se había sentado a su lado y arrojaba migas de pan en todo tipo de direcciones inesperadas para ver a los patos correr torpemente hacia ellas.
—Supongo que los niños que suelen darles de comer están fuera.
—Sí, todos esos niños gordos, vestidos con volantitos y de mofletes sonrosados en cochecitos inmaculados se han ido de vacaciones.
Por supuesto, hay multitud de niños pobres.
Los veo cuando vengo a pasear por la tarde.
También se lo pasan muy bien aquí, creo que mejor que los niños ricos.
Debe de ser mucho más agradable tener como cuidadora a una hermana mayor que a una de esas niñeras malhumoradas y uniformadas de gris.
Esos críos de los barrios bajos a veces traen pedazos de pan para los patos, pero por lo general dan la impresión de que apenas han tenido suficiente para ellos, pobres criaturas.
El compañero de Ursula la miró con interés.
¡Qué equivocado había estado con respecto a la señorita Winfield!
La había considerado demasiado inteligente y fría para cualquier debilidad humana, y acababa de encontrársela dándoles de comer a los patos y simpatizando con los chiquillos pobres.
De hecho, la miró con detenimiento y vio que ese llamativo rostro suyo no era nada frío.
De hecho, tenía una expresión de suavidad casi trémula que seguramente no tenía cuando la había visto en otras ocasiones. ¡Pero qué terriblemente pálida parecía!
—¿Y qué hace usted en la ciudad en esta época del año, señorita Winfield? —preguntó—. No parece que esté en su salsa.
—Oh, sí lo estoy. —La inesperada nota personal hizo que el color ardiera en las mejillas de Ursula. La cambió más que nunca. Balestier apenas podía quitarle los ojos de encima—. Estoy muy bien, en realidad —continuó—, y muy... oh, ridículamente feliz, debo decirle.
Así que era eso. Balestier sonrió. Solo tenía veinticuatro años, pero todavía tenía suficiente experiencia para saber lo que significaba que una chica hablara así.
Se preguntó quién sería ese hombre. Quizá fuera el profesor de rayos X que había estado en Henley.
Ella pareció mostrarse muy amigable con él.
Si fuera ese tipo, no le daría mucha importancia a la elección de la señorita Winfield, pero claro, las chicas siempre se comprometían con el tipo de hombre más improbable.
De alguna manera deseaba que la señorita Winfield no estuviera comprometida, sobre todo con el profesor Smee...
Sí, Smee, por supuesto, Vernon Smee, ese era su nombre.
—Creo que puedo adivinar sus novedades, señorita Winfield —dijo en voz alta.
—Estoy bastante segura de que no —Ursula soltó una risita temblorosa—, porque no lo supe hasta ayer. Pero quizá lo haya adivinado, quién sabe. ¿Sabe que me dedico a la química?
—¿A la química? —El joven se la quedó mirando. Pero claro, Smee era químico. Sin duda iba a decir que ese había sido el primer eslabón.
—Llevo trabajando más de un año en la extracción de nitrógeno atmosférico y ayer, de repente… —Ursula se interrumpió. Le temblaba la voz.
Bueno, ¡de todas las formas extraordinarias de anunciar un compromiso esta se llevaba la palma!
—¿Supongo que han estado trabajando juntos en ello? —Sugirió Balestier, mientras ella todavía estaba en silencio.
—¿Juntos? —Ursula recuperó de repente la voz. Su tono era de sorpresa, incluso de indignación—. ¿Qué quiere decir, señor Balestier? No he trabajado con nadie. Es una investigación independiente.
¡Qué suerte que no hubiera dicho más! El joven se preguntó si podría estar equivocado. Tartamudeó una disculpa.
Ursula se la aceptó con amabilidad.