Obstinada Capítulo ocho
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Capítulo ocho

Era probable que la verdadera explicación de que Charlotte Smee permaneciera en la ciudad fuera que, aunque no le gustaba, le gustaba aún menos la perspectiva de marcharse.

¿A dónde iba a ir? Razones relacionadas con el «negocio» impedían que los Todd la recibieran en agosto, aunque más adelantada la temporada ella siempre pasaba quince días con ellos, la quincena más feliz del año.

Establecerse en un hotel o en una pensión extraña le parecía alarmante, pues la pobre Charlotte, a pesar de su aspecto feo de mediana edad, había conservado insospechadamente la timidez de cuando era muchacha.

Además, la gente seguramente le preguntaría por su marido (el nombre de Vernon Smee era lo bastante conocido como para que fuera inevitable) y luego tendría que reconocer que él pasaba sus vacaciones en Suiza mientras ella permanecía en Inglaterra.

Podía imaginar el comentario irritante y el silencio posterior aún más vejatorio.

Ante la mera idea, su doloroso orgullo se levantaba en armas.

No, tal vez resultara aburrido hacer un pícnic en las habitaciones traseras de Clarendon Road, porque la parte delantera de la casa estaba cerrada como sus vecinas, mientras que las criadas se habían ido de vacaciones durante un mes, pero, al menos, ahí nadie se daba cuenta de su humillación.

Aunque Ursula Winfield no tenía ningún deseo de ocultarse, ella también, durante agosto, hacía pícnics en la parte trasera.

Pero rara vez utilizaba una habitación, salvo el laboratorio, el dormitorio y, a veces, la biblioteca, y el hecho de que el resto de la casa estuviera cerrada apenas suponía ninguna diferencia, mientras que la ausencia de la mayor parte del personal suponía un alivio positivo.

Porque, aunque el gran Alphonse partía oportunamente el primero de agosto para su mes anual en Dieppe, la cocina de la criada satisfacía ampliamente el sencillo paladar de Ursula.

Y con respecto a los demás sirvientes, prefería con mucho las alegres atenciones de la rústica y pequeña tercera doncella a la altiva aunque más experimentada atención de la primera y la segunda, mientras que el mayordomo y los lacayos siempre le habían parecido lujos incómodos.

No obstante, por supuesto, lo que más atraía a Ursula de la estancia en agosto en la ciudad era la oportunidad que le brindaba de trabajar de manera ininterrumpida.

Todos los años se entregaba a una orgía científica, con el apetito estimulado por el período de abstinencia que se avecinaba.

Porque, cuando la señora Hibbert regresaba de Homburg, esperaba que su hija la acompañara a Dumdrochie, la residencia del coronel en Ayrshire, y se quedara al menos cuatro semanas.

Era una propiedad de buen tamaño, pero la casa en sí era demasiado pequeña para permitir muchas visitas, y la señora Hibbert solía quejarse de que sin Ursula todo era espantoso.

¡Esos estúpidos hombres se pasaban fuera todo el día, disparando y ella no tenía a nadie con quien hablar!

De hecho, la menuda dama siempre planeaba la adición de una gran ala nueva que le permitiera dar fiestas en casa con regularidad, pero el plan nunca se había materializado, porque el coronel demostraba una obstinación sin precedentes.

La casa había sido lo bastante buena para su padre, decía, y también lo era para él.

Había espacio para colocar cuatro fusiles y no le importaba un pimiento si se mezclaban con las enaguas.

De modo que la señora Hibbert había accedido, posiblemente porque en realidad no se oponía a un período de silencio forzado.

—Este lugar puede llevarme al suicidio —le confió en una ocasión a su hija—, pero le da a mi cutis una nueva vida.

Este año, sin embargo, Ursula encontró su libertinaje científico menos satisfactorio que de costumbre.

Como se había quejado al profesor Smee, sus experimentos se estaban comportando de la manera más inexplicable.

De vez en cuando el nitrógeno atmosférico parecía liberarse con mucha mayor rapidez que en otras ocasiones y, sin embargo, por lo que podía ver, las condiciones eran las mismas.

Hasta que pudiera encontrar alguna explicación a esa peculiaridad, no podría continuar con su trabajo de licenciatura.

Se cernía sobre ella como una pesadilla y arruinaba por completo su felicidad en el trabajo experimental.

Por las noches solía soñar que estaba parada en una sala ante una enorme masa de gente sin nada preparado.

«Señoras y señores», empezaba, y luego oía salir de sus propios labios las más absolutas tonterías, hasta que de un sobresalto se despertaba empapada en sudor.

Finalmente, sin embargo, los experimentos se volvieron tan absorbentes que la idea del artículo desapareció.

Supongamos que no lo hiciera, no importaría tanto.

Podría posponerlo hasta el próximo año. Después de decidirlo se sintió más feliz, aunque seguía durmiendo tan mal como siempre.

Toda la noche estuvo buscando la explicación del enigma en sueños.

Y entonces un día llegó. Ursula había trabajado mucho toda la mañana y apenas se había detenido para almorzar.

Hacia las tres de la tarde el laboratorio se calentó tanto y ella estaba tan cansada que decidió parar.

Cortó la corriente y, tras entrar en el dormitorio, se lanzó sobre la cama.

Supuso que se había quedado dormida, pero no estaba segura de ello.

Lo único que sabía era que de repente se encontró despierta con la respuesta al enigma muy clara en su mente.

Regresó corriendo al laboratorio y comenzó de nuevo a experimentar para probar la nueva idea.

Estaba temblando de emoción, aunque era bastante inconsciente de ello, hasta que vio la pieza de carbono que había recogido balanceándose en su mano.

Bueno, era imposible trabajar así. Se sentó y tomó un sorbo de agua con la decidida determinación de mantener la calma.

Al poco tiempo cesó el temblor y Ursula empezó de nuevo.

Ahora trabajaba en silencio, casi de manera mecánica.

Uno tras otro, con hábil familiaridad, llevó a cabo una serie de experimentos.

Todos ellos se explicaban a partir de la nueva hipótesis.

Los caprichos anteriores ocuparon su lugar como excepciones.

Estaba empezando a oscurecer cuando escuchó una voz de reproche a su lado: —Su cena ha estado esperándola abajo durante mucho tiempo, señorita. ¡Oh, señorita, y no ha tocado su té!

Ursula miró fijamente, primero a la doncella y luego a la bandeja del té, con aturdida incomprensión. ¿Cómo había llegado allí? No había oído entrar a nadie. Sin embargo, ahora se lavó las manos y bajó a cenar. Comió como en un estado de ensueño. Luego regresó al laboratorio.

Se puso a trabajar con tanto esfuerzo como antes.

Sí, cada resultado probaba la teoría... su teoría.

En el fondo se había sentido segura desde el primer momento.

Aun así, esta confirmación la estremeció de éxtasis.

El tiempo pasó y ella siguió sin darse mucha cuenta.

Alrededor de la medianoche, mientras terminaba cierto experimento, una ola de vértigo la invadió.

Retrocedió, pero la dejó con una sensación de aturdimiento y de inmensa fatiga.

Apenas pudo arrastrarse hasta la habitación de al lado y acostarse.

Se quedó dormida casi de inmediato, pero no durmió mucho.

Cuando abrió los ojos, el amanecer de verano ya aclaraba los objetos de la habitación.

Al principio yacía en un estado de semiinconsciencia y somnolencia.

De repente, con una oleada de emoción, el acontecimiento supremo de ayer volvió a ella.

Le invadió un deseo salvaje de correr al laboratorio, de gritar, de cantar.

Se contuvo. Vaya, solo eran las cuatro y media.

Era absurdo pensar en levantarse. Se recordó a sí misma que trabajar antes del desayuno siempre la dejaba en condiciones de no poder hacer nada durante el resto del día, y hoy quería hacer mucho.

No, por supuesto, debía volver a dormir.

Se dio la vuelta, cerró los ojos e hizo un esfuerzo decidido pero inútil.

Se sentía demasiado liviana, demasiado inmaterial para dormir.

No le habría sorprendido que su cuerpo flotara por sí solo hasta el laboratorio, aunque su cerebro ya estaba allí llevando a cabo nuevos experimentos, a pesar de todos sus esfuerzos por controlarlo.

Las horas transcurrieron a un ritmo maravilloso.

De algún modo curioso, parecía estar fuera del tiempo y también del espacio.

Pronto fueron las siete, su hora habitual de verano para levantarse.

Se había acostumbrado a caminar un poco antes del desayuno y no veía motivo para abandonar el hábito ese día.

Media hora más tarde cerraba la puerta principal tras ella.