Capítulo siete #4
—Puede que sea un gesto de astucia por parte de la señorita Winfield, pero el hecho de que no juegue al bridge simplemente denota, como dijo el doctor Johnson, «¡Ignorancia, señora, pura ignorancia!
». —Los ojos de Vernon habían vagado furtivos por la habitación.
Ahora, de repente, vislumbró la familiar figura joven, erguida.
Ursula estaba de espaldas a él y medio escondida por los demás invitados, pero él habría reconocido en cualquier lugar la disposición de la cabeza sobre el cuello blanco y el gran mechón de cabello castaño rizado—.
Temo que mi juego lleve a mi pareja a beber o a suicidarse —balbuceó a su anfitriona no sin intención—.
La única regla que conozco es siempre cortar la mejor carta de tu compañero.
—En ese caso, tal vez sea mejor que usted y mi hija se entretengan como espectadores. —La señora Hibbert soltó otra risita superficial mientras se alejaba.
Vernon Smee no se acercó a la chica de inmediato, aunque cambió de posición para tenerla a la vista.
Al parecer, Ursula estaba en violento desacuerdo con el hombre con quien hablaba.
Tenía las mejillas sonrojadas por el calor de la discusión.
Puede que fuera su inusual color, o el vestido escotado de terciopelo de color vino, o el collar de turquesa áspera que resaltaba el azul profundo de sus ojos, pero estaba muy hermosa.
¡Vernon estaba sorprendido, estupefacto!
Con la respiración entrecortada, se dio cuenta de que era la primera vez que la veía vestida de noche, a excepción de aquella vez en la velada de la Royal Society en la que había sido tan tonto como para reparar en ella.
¡Pero ahora su aspecto era del todo extraordinario!
Al cabo de uno o dos minutos, Ursula se fijó en él. Su rostro se iluminó y se despidió sin contemplaciones de su interlocutor.
—¡Oh, profesor Smee! ¡Qué alentador verlo!
—Ella se adelantó para estrecharle la mano.
Luego, bajando la voz, asintió en dirección a la forma masculina que se alejaba—.
Ese idiota ha estado hablando de una manera imbécil sobre la ciencia.
La trata con una especie de desprecio condescendiente.
Me habría gustado destrozarle el cerebro...
¡pero eso sería imposible! —añadió riendo—.
De todos modos, verlo a usted me ha sentado como agua de mayo.
Vernon sintió que perdía el autocontrol. A pesar de sus cuarenta y tres años, todavía era muy joven emocionalmente. Había venido esperando ser recibido con frío disgusto... y ella lo había saludado así. Bajó los ojos, asustado de lo que pudiera leerse en ellos.
—He venido porque sentí que debía decirle cuánto lamentaba que hubiera estado expuesta a tal...
tal cosa desagradable esta tarde —dijo, sumergiéndose de inmediato en su disculpa—.
Mi esposa no lo ha entendido del todo. A veces es un poco...
un poco difícil. Tal vez se encontraba indispuesta.
¿Puede perdonarla... De hecho, ¿puede perdonarnos a ambos? —tartamudeó.
—No hay nada que perdonar. Solo lo lamenté. —Había una nueva dulzura en la expresión de Ursula—. ¿No juega al bridge ? Entonces sentémonos y hablemos —dijo ella mientras abría el camino hacia un pequeño rincón al final de la habitación—. Aquí se está más fresco.
La conversación que siguió fue más personal que cualquiera que hubieran tenido antes.
El incidente de la tarde parecía haber creado un nuevo vínculo entre ellos.
Y aunque no se pronunció ninguna palabra que una esposa, incluso una esposa celosa, pudiera haber objetado, los pensamientos de Smee se descontrolaron salvajemente.
Una o dos veces, a pesar de todos sus cuidados, se manifestaron en una mirada o entonación que hizo que Ursula se sintiera un poco cohibida.
No es que no le gustara esta nueva intimidad, tal vez más bien le gustaba, pero le inyectó un repentino temor de que pudiera estar «al borde de lo fascinante».
Pero, por supuesto, eso era absurdo, se aseguró.
Solo mamá era así. Por lo tanto, no aplicó a sí misma el sabio consejo que le había dado a su volátil padre de no permitir al profesor Smee oportunidades de comparación.
Este hombre era su amigo, y ese era su único pensamiento.
El hecho de estar casado con una persona tan atroz hacía que necesitara aún más su amistad.
De hecho, la joven sonrió más por él que nunca por nadie en su vida.
No se le ocurrió que aquella «persona espantosa» también podría necesitar compasión.
Solo habían pasado unos minutos de la medianoche cuando Vernon llegó a casa de nuevo.
Su temprano regreso no fue pura virtud, porque Ursula le había dicho que cuando el reloj marcara las doce, ella, como Cenicienta, desaparecería.
Caminó de puntillas hasta su vestidor y se movió por allí con inusual cuidado.
¿Charlotte dormía? Se preguntó con inquietud.
Si era así, no quería molestarla. ¡Y menos aún quería molestarla si estaba despierta!
La idea de otra escena le provocó una clara sensación de náuseas.
Estaba cansado por el largo día de trabajo y sus muchas y variadas emociones.
Ojalá a Charlotte no le hubiera molestado su sugerencia de instalar una cama plegable en su vestidor que pudiera utilizar cuando se sintiera inquieto o tuviera que quedarse despierto hasta tarde.
El hecho era (se dio cuenta de repente) que no quería ver a su esposa esa noche.
Sobre la almohada blanca, su gordo rostro rojo, medio rodeado por pequeños moños grisáceos de cabello rizado y sujeto con horquillas, le repugnaba.
Quería estar solo, solo con sus hermosos e imposibles sueños.
Ya estaba en pijama mirando de mal humor la puerta cerrada que conectaba con el dormitorio, por lo que una decisión de algún tipo era inevitable.
De repente sacó un cuaderno de su abrigo, arrancó una página y garabateó algo con rapidez.
Ya estaba hecho. Si Charlotte se despertaba y lo echaba en falta, la nota evitaría que se alarmara.
Si Smee hubiera entrado en la habitación de su esposa, la vista le habría resultado menos desagradable de lo que esperaba.
Charlotte estaba sentada en la cama y su rostro, aunque gordo y rojo, irradiaba una mirada que casi le daba belleza.
Después de subir histéricamente las escaleras, permaneció un rato sentada sin dejar de sollozar con furia.
Luego, a medida que se tranquilizó y pudo repasar mejor la conversación que había tenido lugar, la invadió la creciente certeza de su error.
A Vernon no le importaba la señora Hibbert.
Su tono, incluso más que sus propias palabras, lo había demostrado.
¿Por qué lloraba entonces? Vaya, todos sus temores y celos de las últimas semanas eran infundados.
El alivio fue tan grande que al principio apenas pudo darse cuenta.
Era como el sentimiento celestial, vacío e incierto que acompaña al cese del dolor físico agudo.
Por supuesto, Vernon no debería haberle hablado de la forma en que lo había hecho.
Pero él se había irritado. Cuando subiera, él también estaría más tranquilo.
El portazo de la puerta principal no había significado nada para ella, ya que su marido solía salir a caminar a altas horas de la noche en un esfuerzo por conciliar el sueño.
No, por primera vez en semanas, Charlotte se sintió en paz, incluso feliz.
Excepto por la presencia de Vernon, parecía estar más sola que otras mujeres.
Sus pensamientos volvieron a aquellos pequeños seres de corta vida por los que había sufrido tanto y de forma tan inútil.
Había pasado los primeros diez años de vida matrimonial en Leeds, pero uno de los bebés, el último, había nacido allí, en esta misma habitación.
Había vivido más que cualquiera de los demás.
Durante tres semanas enteras había yacido junto a él en la cuna, con el cuerpo destrozado, pero el alma sumida en el éxtasis de la maternidad.
Y luego... pero no pensaría en eso esa noche.
Esa noche quería ser feliz. Cuando Vernon apareciera, le diría que lo había perdonado por sus desagradables palabras y seguramente, a cambio, él la perdonaría por su estúpido error.
Entonces entendería que a ella solo le había afectado porque él le importaba mucho.
Una sonrisa trémula apareció en sus labios cuando escuchó un sonido débil, muy débil en la puerta que conectaba el dormitorio con el vestidor.
No se abrió. ¿Qué podría estar haciendo Vernon?
Con qué sigilo debió de llegar para que ella no lo hubiera oído antes.
Lo más seguro es que hubiera pensado que estaba dormida.
Era un detalle por su parte tratar de no molestarla.
Pero ahora su oído excitado captó sus pasos.
Parecía salir de su vestidor y alejarse por el pasillo.
Quizá se le había olvidado algo y bajaba a buscarlo.
Pasó un minuto, dos, cinco. No oyó ningún sonido más. Encendió la luz.
Una pequeña hoja de papel yacía justo al otro lado de la puerta, visible sobre la alfombra oscura.
Por supuesto la había empujado por debajo de la puerta.
Desconcertada, Charlotte se levantó de la cama y la recogió.
«Tengo intención de dormir en una de las habitaciones vacías», leyó en la letra de su marido.
7 Por tête à tête (Fr.). (N. del T.).