Capítulo cuatro #4
—No, querida, no. En todo caso, me refería a lo contrario, más bien.
Sé que no sirve de nada aconsejar, incluso cuando la gente te pide tu opinión, es más que nada para ir y hacer lo contrario.
Aun así, querida, si yo fuera tú, les diría a los amigos de mi marido que deben incluirme junto con él, ¡ambos o ninguno!
No es que quiera decir que debas estar siempre molestando y entrometiéndote.
Los hombres son como bebés: no soportan estar preocupados.
No, una decide lo que va a soportar y lo soporta sonriendo.
Pero si se vuelven demasiado arrogantes y se olvidan de los modales, entonces debe caerles un buen bofetón, por así decirlo, corto y seco.
Eso aclara de maravilla el ambiente. Pues, la mayor parte del tiempo es solo la ignorancia de los hombres lo que los hace tan tercos.
Solo debes decir que tienes intención de ir adónde vaya tu marido, Lottie.
La señora Smee no parecía muy convencida.
—No puedo imponerme a los amigos de Vernon —murmuró con el doloroso orgullo del advenedizo.
Se levantó mientras hablaba, tal vez para aliviar su vergüenza, y recolocó los tapetes de ganchillo de los respaldos de las sillas en una simetría aún más rígida—.
Es Vernon quien debería hacer que me lo pidan.
Susan Todd se arrellanó plácidamente. De hecho, su hermana la había empujado con hospitalidad hacia el sofá bajo, y ahora pensar en levantarse de él se le antojaba como una hazaña atlética.
—Querida, eres un poquito ingenua, ¿no? —objetó en tono de indulgente protesta—.
El orgullo es un lujo como cualquier otro.
Tenemos que limitarlo según nuestras posibilidades.
Además, si tienes carencias en un sentido, ¿no obtienes una parte extragrande en otro?
¡Mira el honor y la gloria! Vaya, cuando oigo a la gente hablar de ello yo también me siento bastante preparada.
Un día de estos él saldrá en las tarjetas de los paquetes de cigarrillos, 6 ¡recuerda mis palabras!
Es justo tener que soportar algunas cosas desagradables por un marido como ese.
El consuelo no fue muy efectivo. Charlotte la había escuchado de pie a poca distancia del sofá, junto a la repisa de la chimenea, con la cara vuelta. Ahora se volvió casi con fiereza.
—No lo entiendes —estalló—. No importa que los amigos de Vernon hagan como si no vieran o me menosprecien. Es Vernon quien me importa. Prefiere que sus amigos no me vean. Él también me menosprecia. —De repente, se echó a llorar.
—Oh, querida, queridísima. —El tono de la señora Todd era profundamente comprensivo. Incluso dejó de tejer.
Luego extendió su mano grande y regordeta y, con suavidad, atrajo a su hermana hacia el sofá.
Lo más seguro es que la anterior indulgencia de Charlotte con las lágrimas hubiera debilitado su capacidad de resistencia, porque dejó que Susie acercara su cabeza a su pecho y en él lloró sin control.
La imagen que presentaban las hermanas no era nada romántica: una mujer corpulenta, sencilla y de mediana edad llorando en brazos de otra mujer, aún más corpulenta, más sencilla y también de mediana edad.
Sin embargo, la expresión del rostro de Susan Todd, la ternura melancólica y maternal, elevaron la escena casi al romance.
—No cargues con eso, querida, no lo hagas. Cuéntaselo todo a tu hermana —murmuró como si Charlotte volviera a ser una niña pequeña.
Pero el llanto continuó. Los sentimientos de la pobre Charlotte habían escapado a su control.
Ese colapso representaba el agravio reprimido durante años.
Y su hermana era la única persona en el mundo con quien podía desahogarse, la única persona con quien tenía intimidad.
Porque, como el ataúd de Mahoma, Charlotte Smee colgaba suspendida entre dos mundos, el suyo, del que había sido arrastrada, y el de su marido, al que no había ascendido.
—Vernon no me quiere —lloró—. Nadie me quiere. Ojalá estuviera muerta.
—Ahí está, querida. Supongo que te desea mucho más de lo que él cree.
—Hizo una pausa durante la cual continuó acariciando suavemente el hombro de su hermana—.
¿Crees que tal vez cometes un error al dejarle ver demasiado claramente cuánto lo deseas?
—continuó—. Verás, querida mía, los maridos saben muy bien que no son tan maravillosos, entonces, ¿cómo pueden permitirse despreciar a una esposa adorable?
Sin embargo, si pudieras hacer algo por ti misma, estaría segura de que él pensaría más en ti.
Tómame como ejemplo. —El tono de alegre reminiscencia de la señora Todd hizo que el llanto de Charlotte amainara de manera involuntaria—.
Te diré qué ha tenido más que ver con que mi Sam me aprecie que todo mi cariño y todo lo que he hecho por él, y eso es mi talento para los negocios.
No quiero presumir, pero no se puede negar que tengo un don para eso.
«La Reina de la Grasa» me llama Sam. ¡Esa siempre fue una de sus bromas!
Pero, en fin, en todas las líneas de productos, soy mucho mejor jueza que Sam.
De hecho, ahora ni siquiera piensa en aceptar un gran pedido sin antes traerme muestras.
¿No hay nada que tú puedas hacer, Lottie, para que él te admire de la misma manera?
Charlotte negó con la cabeza, y aunque Susan Todd se estrujó los sesos, tampoco ella pudo sugerir nada.
Mientras estaban sentadas allí, la hermana mayor pasó revista a la vida matrimonial de Lottie.
De la primera mitad, el período de Leeds, sabía muy poco.
Las hermanas no se habían visto durante esos once años.
Ambas habían estado muy atadas. Tampoco en ninguno de los hogares había suficiente dinero para permitirse largos viajes en tren.
Incluso las cartas habían sido poco frecuentes entre ellas, porque Charlotte era extrañamente tonta sobre el papel, mientras que la caligrafía suponía un verdadero esfuerzo para la señora Todd.
Por supuesto, las hermanas se habían comunicado entre sí los hechos importantes de su existencia.
Susan conocía, por ejemplo, las cinco vidas breves y diminutas que habían llegado a Charlotte durante ese tiempo, vidas tan breves y diminutas que no se podía decir que hubieran existido.
Pero no sabía nada más. La última vez que se vieron, como Charlotte no se refirió al tema, Susan Todd se había mostrado tímida a la hora de hacerlo. Ahora se rompió el silencio de años.
—Qué lástima —murmuró—, que ninguno de tus retoños sobreviviera.
El resultado de sus palabras fue inesperado. Charlotte estalló en un llanto acongojado que eclipsó por completo su anterior dolor. Su hermana estaba muy alarmada.
—Pobrecita, pobrecita —murmuró con arrepentida sorpresa—. No sabía que todavía sentías eso. No debería haber hablado de ellos.
—Hablar de ellos no importa cuando el pensamiento está siempre conmigo.
—El rostro que levantó Charlotte, aunque enrojecido y deformado, tenía cierta dignidad de mujer.
Su trágica intensidad incluso aportó un tinte de poesía a su discurso común—.
Todos estos años los he añorado, y siento un profundo dolor.
Sueño con ellos por la noche, y luego llega la mañana vacía.
Si hubieran vivido, Vernon podría haber sido más cariñoso, aunque yo no debería haberlo necesitado tanto.
¡No es justo, oh, no es justo! Pagué el precio.
Sufro lo indecible. Que me dieran cinco y que se los llevaran a todos… No es justo cuando los quiero tanto.
6 Entre 1875 y la década de 1940, las compañías tabacaleras solían incluir tarjetas coleccionables con sus paquetes de cigarrillos.
Las imágenes documentaban la cultura popular: estrellas del cine y de los deportes, vestidos de la época, además de ofrecer información sobre descubrimientos científicos y eventos culturales. (N. del T.).