Obstinada Capítulo cuatro #3
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Capítulo cuatro #3

—Tú, querida y vieja Susie. —Charlotte apretó la mano de su hermana—.

Sentémonos, pongámonos cómodas —dijo, y comentó que con la lámpara apagada aumentaría el sosiego, cuando en realidad el verdadero motivo era su deseo de ocultar las lágrimas que le humedecían las mejillas.

Solícita, le preguntó a su hermana cuánto tiempo llevaba esperando y por qué no le había dicho que estaba allí.

La señora Todd fue tranquilizadora. No llevaba allí más allá de «media horita».

—No te preocupes. Mi labor de punto. Querida —dijo con su peculiar manera de hablar un poco desordenada, respondiendo a las disculpas de Charlotte—.

En casa tiempo no tengo. Mucho trabajo da un negocio.

Más que un bebé. Pero ¿qué importa en vacaciones?

Sin culpa tu hija. Le he dicho que no te molestara.

Al hombre le gusta el silencio frente a sus viandas.

—Pero deberías haberle dicho a Carter que me avisara —instó Charlotte con reproche. Susie iba a Londres muy en muy contadas ocasiones, así que cuando venía le gustaba mucho verla.

—Nadie puede evitarlo —dijo la señora Todd y dio rienda suelta a su temblorosa risa.

Después de eso, la conversación de las hermanas giró sobre asuntos familiares, y Charlotte preguntó ansiosamente por los cuatro jóvenes Todd.

El mayor se dedicaba al negocio paterno (Todd père era comerciante de barcos en Southampton) y la manera en que el muchacho se había integrado era algo maravilloso.

—Frank, una inteligencia rara —observó su madre con orgullo.

A la siguiente hermana, Florence, profesora, también le iba notablemente bien.

La lista de materias en las que había aprobado exámenes parecía agotar el conocimiento humano—.

No es que esté del todo de acuerdo con la educación de hoy en día —comentó la señora Todd—, son demasiadas nociones de francés, y ciencias naturales, y dos M y tres D y ¡quién sabe qué más!

Sencilla y minuciosa es mi idea. Es lo mismo que con los víveres.

Todo el mundo sabe que la carne y el pudin, una vez más, son más saludables para el estómago que esas grandes cenas con docenas de platos con apenas un bocado en cualquiera de ellos.

Charlotte se sintió repentinamente afectada por una sensación de culpa hospitalaria.

—Oh, pero eso me recuerda… ¿Ya has comido, Susie?

—¿A las nueve de la noche? ¿Comer? Suena gracioso. —La señora Todd volvió a reírse—. Yo como a las doce y media, querida, y esa hora ya ha pasado. Mucho. Vaya, he comido antes de salir de Southampton y también he comido en el hotel. Y ahora ya empiezo a pensar en acostarme.

—Oh, no, no, no te vayas todavía. —La vehemencia de Charlotte fue bastante sincera.

Por primera vez en días se sentía casi feliz.

Además de sentir mucho cariño por su hermana, en compañía de Susie experimentaba una insólita y refrescante sensación de luminosidad y elegancia.

La ingenua admiración de su hermana era un bálsamo para su alma ofendida.

Como siempre decía humildemente la propia señora Todd, ella no había recibido las ventajas de Charlotte.

Había una diferencia de catorce años entre las hermanas, y su padre, el tendero, durante el intervalo había pasado de ser un dependiente con delantal blanco que servía detrás de un mostrador a un gerente con traje negro que soñaba con el día en que caminaría con orgullo por su propio emporio.

La transformación se había reflejado en la educación de las dos hijas, ya que Susie, en su juventud, había asistido a un internado, aunque este hecho fue posteriormente escondido, mientras que Charlotte fue a uno de los más refinados seminarios para señoritas con lecciones de baile y piano por una guinea extra.

Más tarde Susie tampoco había podido complementar su escaso conocimiento literario.

El cuidado de una madre delicada y de muchos hermanitos y hermanitas que tuvieron una corta vida habían colmado su niñez.

Luego, cuando con el crecimiento de Charlotte podría haber conseguido más tiempo libre, decidió casarse con Samuel Todd.

Desde entonces, sus cuatro exitosos hijos y el creciente negocio la habían absorbido por completo.

De los jóvenes Todd, la conversación giró hacia la expedición de la tarde a por salmón, y el interés de su hermana compensó a la pobre Charlotte la falta de participación de su marido.

Explicó que, de todos modos, habría desestimado ir a por el salmón y habría ido a Waterloo, si hubiera sabido a qué hora llegaba el tren de Susie.

Pero, al día siguiente, ¿a qué hora se verían?

—¿Podéis Sam y tú venir a cenar mañana por la noche? —sugirió impulsivamente.

Charlotte se arrepintió en cuanto aquellas palabras salieron de su boca.

¿Qué diría Vernon? Nunca había mencionado las únicas relaciones que tenía su esposa, pero ella era consciente del desprecio con el que las miraba.

Dos o tres veces Susie les había hecho una breve visita, y en cada ocasión Vernon había estado al borde de la mala educación.

De hecho, en presencia de su marido, Charlotte se sonrojaba indirectamente por los deslices de la querida Susie, aunque cuando estaban solas casi los disfrutaba, porque de esa manera recuperaban la atmósfera inicial de hogareña paz.

En cuanto a su cuñado, Vernon no lo veía desde el día de su boda, pero incluso en aquel remoto momento no le agradó.

—No creo que me importen los proveedores de barcos —recordaba ella que el juvenil marido le había susurrado.

Los veintiún años transcurridos no habrían hecho que le importaran más. Y luego estaba Carter. «Dios mío, ¿cómo pude ser tan tonta?», se dijo Charlotte. El único consuelo era que Susie nunca había notado ninguna tensión en la situación, por lo que tal vez Sam se mostrara igualmente indiferente.

Es posible que la señora Todd fuera más consciente de lo que Charlotte imaginaba. Rechazó la indiscreta invitación de su hermana con buen humor, pero con absoluta decisión. En su lugar, «llegaría corriendo por la mañana». Después del té, Sam podría querer llevarla a algún lugar.

—Querida. Verás. Primeras vacaciones juntos —explicó—.

No podíamos dejar el negocio hasta que Frank tuviera edad para hacerse cargo.

Ahora no me preocupa. Frank estará bien, pero, de la casa, ¿cuidará?

Florence y Liz están fuera todo el día y por las noches se ocupan de ese sufragio...

No las culpo. Si los hombres no son demasiado tontos para tener derecho a voto, entonces es ridículo que nosotras las mujeres no podamos votar.

Pero eso solo deja a la chacha en casa para ocuparse de las cosas.

Es demasiado joven. Será un buen desastre.

Estoy segura. No sé si una sirvienta es más valiosa que preocupante cuando todo está dicho y hecho.

—A veces yo también lo creo —coincidió la señora Smee con una leve y reminiscente sonrisa.

—Fueron las imágenes en movimiento lo que me atrajo. —El alegre fluir de la señora Todd continuó con el acompañamiento de sus agujas de tejer—. Esas coloreadas que tenéis aquí en Londres... Loca por verlas. Las imágenes en movimiento son algo muy propio de él, ¿no?

Charlotte no creía que ese fuera el caso. Pero no tuvo dificultades para entender la referencia, porque en casa de los Todd siempre se designaba al profesor Smee con la respetuosa vaguedad de la tercera persona.

—Es la única de esas maravillas nuevas en la que involucrados no estamos —reanudó la señora Todd—.

¿Viste ese artículo largo en el Pearson sobre él?

«Un mago moderno», lo llamaron, y «si todo lo que dicen es cierto, el calificativo es merecido».

Pensar en ver los propios huesos… No parece «difícilmente decente».

Vaya, cada año aparece más en los periódicos.

Anoche mismo. Al respecto. Intercambiamos comentarios.

—Por supuesto, Vernon es uno de los principales científicos ingleses.

—El tono de Charlotte era aburrido. Durante el monólogo de la señora Todd, todas sus quejas, que por el momento había olvidado, habían regresado con rapidez.

Nunca se las había confiado a su hermana.

El ingenuo temor con el que los Todd contemplaban la casa de Londres era demasiado gratificante para dejarlo de lado a la ligera.

Pero qué consuelo sería contárselo a Susie, la querida y vieja Susie en cuyo pecho maternal había llorado todas sus penas infantiles—.

Pero estar casada con un hombre distinguido tiene desventajas —estalló ahora con amargura—.

La gente inteligente quiere conocerlo a él, pero no a mí.

—Una lástima. —La señora Todd parecía preocupada—.

Sé que algunas personas no ven nada malo en que las parejas casadas tengan diferentes grupos de amigos.

Según mi experiencia, no obstante, eso no funciona.

Mira a los Jones —prosiguió pensativa—, esos que tienen un gran negocio de cortinas.

El señor Jones se casa con una joven de buena cuna cuyo padre se dedica al comercio mayorista, todo un caballero con un guardián para su finca y experto cazador.

No sé qué esperaba la joven señora, pero cuando llega, desprecia a todos los viejos amigos de su marido, parece que no soporta sus maneras vulgares.

Bueno, Sam y yo no estamos dispuestos a meternos en cosas sobre las que otros piensan lo mismo, así que todos dejamos de ir y la señora forma lo que ella llama «un grupo social propio».

Y menudo grupo: ni carne, ni aves, ni arenque ahumado, sino solo un montón de advenedizos, y un día esa joven tonta se va con el peor de ellos, un agente de vinos que nunca podrá hacerse cargo de sus gastos.

A pesar de su congoja, Charlotte sonrió.

—Pero no crees que yo vaya a escaparme con un agente de vinos, ¿no?