Capítulo tres #4
«Rufián», opinó Jack Cartwright para sus adentros.
«¡Qué desfachatez!», pensó como único exceso de vocabulario.
De todos modos, ese tal Smee estaba haciendo el ridículo frente a Balestier, que era un peso pesado de la intelectualidad.
¿No había sido Balestier director de la escuela y becario de Balliol y todo ese tipo de cosas?
¡Pero él no andaba fanfarroneando de su escuela como un niñato mal educado!
Se escuchó el disparo que iniciaba la carrera.
Todos volvieron las miradas. Después de lo que pareció mucho tiempo, pero que en realidad fueron muy pocos minutos, se vio una canoa doblando la curva.
El timonel no vestía el azul de Eton. Pero allí estaba la proa de la segunda canoa.
Apenas un largo por detrás. Sí, y parecía acortar distancia.
Avanzaba. Balestier y Cartwright comenzaron a gritar, de hecho, hubo un rugido de vítores.
Las dos canoas estaban casi al mismo nivel cuando pasaron.
—Bien remado, en efecto —se escuchó por todos lados. Antes de que las canoas desaparecieran por la curva, Eton iba a la cabeza.
El final era inevitable. ¿Pero por cuánto ganarían? En ese momento llegó el remolcador oficial.
—Eton dos cuerpos y tres cuartos. —Hubo un grito ahogado de asombro. Nadie esperaba más que un largo.
—¡Florece Eton! 4 —gritó Cartwright. Tanto él como Tony Balestier parecían haber recibido una fortuna.
Ursula se había dejado llevar por el entusiasmo general, pero ahora se sentía un poco desdeñosa. ¡Qué absurdo era todo! ¿Por qué los ingleses se tomaban tan en serio su deporte (y nada más)? Recordó a un científico ruso que conoció y que fue invitado a una reunión.
—¡Qué gran organización! —le había dicho después, riéndose a carcajadas de puro divertimento—. ¡Y todo por capturar un animal tan pequeño al que mi hijo de doce años podría dispararle fácilmente!
Ursula lo miró unos instantes con genuino horror. Luego ella también se rio.
—En Inglaterra, a eso lo llamamos vulpicidio, 5 —explicó—. ¡Es mucho más reprensible que matar a todos tus parientes! —Y ahora volvió a reflexionar—: ¿No era Henley «una organización tan grande» para un fin «tan pequeño»? ¿Qué importaba cuál de las dos canoas llegara unos metros por adelante?
Mientras tanto, Jack Cartwright había desatado el amarre y se movían de nuevo.
Hallar a su madre distrajo los pensamientos de Ursula, pero no vio señales de ella hasta que llegaron al lugar designado para almorzar.
Allí estaba la pequeña canoa ya instalada en el mejor rincón, bajo los árboles que sobresalían.
—¡Oh, ahí estáis por fin, traviesos! —gritó la señora Hibbert—. ¡Estoy muerta de hambre! ¿No ha sido maravilloso que esos queridos muchachos ganaran después de todo? No puedo entender que haya padres que no envíen a sus hijos a Eton… Ese azul es demasiado hermoso.
Cuando iban por la mitad del almuerzo pasó una pequeña embarcación diferente a todas las que habían visto antes.
Llevaba un gran cartel blanco que se extendía de proa a popa con letras moradas y verdes.
La leyenda estaba en aquella época demasiado arraigada en la conciencia pública como para que fuera siquiera necesario leerla.
—Las omnipresentes sufragistas —murmuró Balestier con un ligero aire de disgusto.
—¿Qué sentido tiene que vengan a Henley? —observó la señora Hibbert—. ¿Canoas para mujeres?
—¡Oh, cielos, hay una chica tremendamente bonita! —La interrupción provino de Jack Cartwright, quien había separado las ramas de sauce que sobresalían para poder ver más de cerca el bote de la sufragista—. ¡No me importaría ser el policía que la detenga!
—Oh, esa gente de Pankhurst es lo bastante inteligente como para elegir a una chica guapa para enviarla aquí.
—El tono de la señora Hibbert era un tanto ácido.
Miró a través de los binoculares, pero como la canoa estaba en el lado interior del remero doble, su visión quedó bastante bloqueada—.
Bueno, no puedo ver bien a tu sirena, pero no me parece tan maravillosa.
—Sí, madre, lo es. Es extraordinariamente bonita...
Mira, la de los lazos. —También Ursula miraba por entre las ramas.
Su elogio, aunque decidido, sonó sorprendido.
Hasta donde ella sabía, ese era su primer contacto con las temibles «militantes».
No estaba muy segura de cómo esperaba que fueran, ¡pero no como veían sus ojos!
La «sirena» podría ser una excepción, porque tal belleza no podía dejar de serlo, pero las otras cuatro ocupantes del barco del sufragio parecían todas refinadas y muy femeninas.
De hecho, no se distinguían de las chicas que iban a bordo de otros barcos.
¿Era posible que estas fueran las furiosas viragos de las que se abundaba en los periódicos?
Además, la «sirena» no solo era encantadora, sino que impresionó a Ursula como la criatura de aspecto más etéreo que jamás hubiera visto.
Sí, había algo de flor en su delgada figura, en el rostro puro y pálido con su expresión tranquila...
¿o era la descripción más verdadera de la de una santa?
Una leve sonrisa apareció en los labios de la joven mientras se sentaba y metía una mano de piel nívea en el agua fresca y verde.
Por supuesto, no era consciente del escrutinio al que estaba siendo sometida.
Ursula Winfield se sentó de golpe. El barco de la sufragista se alejaba y de pronto ella sintió que había sido grosera: no debería haberla mirado fijamente.
Aun así, si alguien llegaba a Henley en una embarcación cubierta de grandes carteles, presumiblemente esperaba miradas fijas.
Se dio cuenta con sorpresa de que el capitán Talbot pronunciaba una frase bastante larga: —¡Esta es la multitud más grande entre la que he estado, por Dios!
Habrían venido, aunque solo fuera para chismorrear.
Hombres empujándose y cantando alrededor de las chicas de Pankhurst. Pensé que todo el tinglado terminaría enseguida, pero ni se han inmutado. Menuda osadía, ¿verdad?
—Todo este asunto es detestable: degrada a las mujeres — dijo el señor Balestier. Tal vez pensó que tanta seriedad rayaba en la mala educación, o tal vez simplemente estaba aburrido del tema porque cambió la conversación de manera abrupta.
La tarde transcurrió muy parecida a la mañana.
Ursula empezó a cansarse de todo aquello.
Un día en Henley era excesivamente largo y no hacer nada resultaba agotador.
No se sentiría tan cansada si hubiera estado trabajando en su laboratorio durante el mismo tiempo.
Habían quedado en marcharse en el tren de las siete, pero Ursula no estaba del todo segura de si su madre tenía intención de hacerlo.
La señora Hibbert había convertido en un arte el hecho de perder trenes de manera plausible, aunque nada le molestaba más que la inoportuna impuntualidad de otras personas.
El señor Balestier había ocupado ahora el lugar del capitán Talbot en la canoa, y el corazón de Ursula se hundió al ver la evidencia de que su madre apreciaba su conversación, sobre todo después de los pesados, aunque admirativos silencios de su anterior acompañante.
La muchacha encontró, sin embargo, un aliado inesperado en el señor Smee, quien también estaba ansioso por llegar a casa a tiempo e incluso preguntó sobre la posibilidad de tomar un tren más temprano.
Entre ambos consiguieron empujar a la señora Hibbert hasta el andén justo cuando el guardavía se disponía a hacer sonar su silbato.
Sin aliento, Ursula se hundió en su asiento.
Fue una suerte que el señor Smee se apresurase y encontrara plazas libres.
Tal como estaban las cosas, solo había podido asegurar tres, cada una en un compartimento diferente, y ella supuso que los demás hombres del grupo habrían logrado agruparse en algún lugar.
¡Qué calor hacía en aquel vagón repleto de gente!
Al parecer, la mujer que se sentaba a su lado también lo sentía así, pues se levantó a medias para quitarse el chal.
Ursula miró a su alrededor con indiferencia.
Un pañuelo sufragista tricolor brilló ante su visión.
Sí, y allí estaba la «sirena», sentada en un rincón. ¡Qué extraña coincidencia!