Capítulo dos #4
—Mañana. ¿Estaría bien si bajara mi aparato alrededor de las once? El profesor Smee me va a dejar trabajar en su universidad un tiempo —explicó—. ¡Aquí no tenemos suficiente energía!
—¿Qué quieres decir con que no hay suficiente energía? —preguntó el coronel algo irritado. Consideró que de alguna manera la observación reflejaba su posición de autoridad interna. Tampoco se tranquilizó mucho cuando el profesor Smee entró en una elaborada explicación técnica.
—¿No puedes decirle a la gente de la luz eléctrica que envíen a un operario?
—preguntó—. Considerando que fueron ellos los me liaron, por George, no debería haber ningún problema.
Ursula, haz que te arreglen los watts o como los llames.
Qué nombre tan raro... ¿no? —la ocurrencia devolvió el buen humor al coronel.
—Me temo que eso no será posible. —El profesor Smee se rio con cierto desdén.
Pensó en lo viejo y tonto que era el padrastro de la señorita Winfield.
De hecho, el profesor tendía a ser un poco severo en su juicio sobre los hombres, a diferencia del de las mujeres, lo que tal vez fuera la verdadera razón por la que no se llevaba tan bien con los de su propio sexo—.
Bueno, debo irme. Muchas gracias por su hospitalidad.
—Charlotte se estaría preguntando qué le había pasado, y se sentía incómodo.
Cuando la puerta se cerró, el coronel Hibbert soltó un resoplido.
—Un poco patán —observó.
Ursula se sonrojó. En casa siempre estaba un poco a la defensiva. No solo le molestaba esa condena de su amiga, sino que también le parecía un ataque a la ciencia.
—Por supuesto, en tu opinión, nadie puede ser un caballero si no está en el ejército —dijo con amargura—. Es una suerte que el resto de las personas no tengan la misma definición de la palabra.
El coronel también se sonrojó. Él y Ursula solían tener esas batallitas, aunque en general se llevaban bien.
Su hijastra no era en absoluto el tipo de mujer que admiraba, ni siquiera el que aprobaba, pero aun así la consideraba una «buena persona».
En sus discusiones siempre era derrotado, porque el vocabulario del valiente coronel no era mucho más amplio que el de un salvaje africano.
—Dices tonterías —tartamudeó ahora.
—¡George, querido! —La señora Hibbert acudió al rescate—.
George, eres muy travieso y cruel, porque sabes que el profesor Smee es un gran amigo de Ursula.
Pero, Ursula, querida, él no está del todo...
del todo... ¿verdad? Aunque creo que es muy agradable, y su aspecto no es tanto el de un profesor.
Tiene las pestañas más hermosas que he visto.
—¡Pestañas! —El coronel se rio con indulgencia—. Eso es en todo lo que piensan las mujeres.
—¿Por qué has invitado a ese tipo a Henley, Vi?
—Sí, yo también creo que Henley será una gran pérdida de tiempo para el profesor Smee —interrumpió Ursula enojada—.
El profesor Smee tiene cosas más importantes que hacer.
Su trabajo ha sido reconocido en todo el mundo, y ¡eso no se puede decir de la mayoría de tus oficiales y caballeros!
Porque sin hombres como el profesor Smee, el ejército no existiría.
¡Lucharíais con arcos y flechas! Es un acto de condescendencia por su parte ir a esa miserable regata.
—Bueno, parecía bastante contento de mostrarse condescendiente —gruñó el coronel, no sin razón—. Pero me atrevo a decir que Henley no es la atracción, ¿verdad? —La ocurrencia le devolvió el buen humor.
—No iré a Henley.
—Ursula, querida, no permitas que volvamos de nuevo a eso.
Estoy tan cansada… y además me lo prometiste.
—La señora Hibbert se volvió hacia su marido—.
No entiendo por qué montas tanto escándalo por el profesor Smee, sobre todo cuando sabes lo sensible que es Ursula.
Te aseguro que me sentí agradecida cuando me enteré de que la segunda hija de la pobre lady Fletcher se había fugado con el cochero…
Ursula, que estaba un poco más allá, en silencio e indignada, se echó a reír de repente.
—Sí, mamá, tiene sus compensaciones tener una hija encerrada todo el día en el desván. ¡Al menos no me fugaré con el cochero! Qué anticuada, por cierto. La pobre muchacha podría haber encontrado a algún chauffeur .
—¡Qué absurda eres! ¿Qué hora es? Tengo mucho sueño.
—La señora Hibbert se tapó la boca con el abanico cerrado para reprimir un bostezo—.
Oh, Ursula, olvidé decirte que he invitado a otro hombre a Henley: ¡un verdadero Adonis, querida!
Lo conocimos el año pasado en casa de los Mountjoy y me ha invitado a cenar esta noche.
Su madre era hermana de lord Mountjoy. Se llama Balestier, Anthony Balestier.
Ah, sí, y dijeron que era un estudioso de Balliol y todo ese tipo de cosas, así que seguro que lo apruebas.
Pero nunca pensarías que es inteligente: ¡es demasiado guapo!
—Otro galán para tu colección. ¡Madre! ¡Madre! Buenas noches, persona incalificable. Buenas noches, coronel. Ursula subió corriendo los numerosos tramos hasta su dormitorio en la última planta.
1 «Exitoso», (fran.). (N. del T.).