Capítulo dos #3
—Por supuesto que no soy anti —dijo dubitativa—.
Pero la pregunta no me parece importante.
¿En realidad, han sido los votos de mucha utilidad para los hombres?
Pero, aunque estoy indecisa sobre el sufragio —dijo con un tono más duro—, tengo bastante claro lo que pienso sobre las sufragistas.
Las desapruebo total y completamente. ¡Sus peleas callejeras y sus interrupciones en reuniones públicas son escandalosas!
—Es usted bastante severa, señorita Winfield —la desaprobó el profesor Smee—. ¡Ahora mismo siento una simpatía furtiva por las militantes abusadas! ¿No adoptaron los hombres medidas mucho más violentas cuando intentaban conseguir el voto?
—¡Pero las mujeres deberían tener más sentido común!
Además, esas mujeres «militantes» hacen el ridículo.
Vaya, todo el mundo dijo que fue a causa de las sufragistas que la Sociedad Química votó en contra de modificar sus estatutos para admitir mujeres el año pasado cuando usted planteó la cuestión.
—Pero si no hubiera sido por las sufragistas, nunca se me habría ocurrido plantear la cuestión.
Pero olvidé decírselo —el profesor Smee se desvió de repente—, aunque no pude comunicarlo, creo que vamos a tener «suscriptoras mujeres».
No podrán votar, pero tendrán todos los demás privilegios... y por un importe inferior.
—Bueno, eso es justo —se rio Ursula—. ¡Si no podemos cantar la melodía, no deberían cobrarnos tanto por el flautista!
En cualquier caso, será el mayor bien. No puede imaginar lo problemático que ha sido no tener acceso a la biblioteca.
Y no tendré que preocuparme por las presentaciones para las reuniones.
Ese es otro de los vínculos de Andrómeda que habrá cortado. No sé cómo agradecérselo lo suficiente.
Vernon Smee estaba bastante conmovido. La niña era encantadora en su gratitud.
Muy a menudo uno trabajaba como esclavo y no recibía ningún agradecimiento.
Iba a decir algo por el estilo cuando Ursula volvió a hablar.
¿No lo estaba apartando de su camino? Estaban en Hyde Park Corner.
Ella tenía la intención de caminar hasta casa.
Lowndes Square no estaba lejos y era una noche encantadora.
Pero no debía considerar necesario acompañarla: muchas veces volvía sola a casa.
El profesor Smee le aseguró que Lowndes Square le quedaba de camino, lo cual no era del todo falso.
Vivía en Clarendon Road, Notting Hill o Notting Hill Gate, como siempre tenía cuidado de llamarlo su esposa.
Su comentario adicional fue del todo veraz: si la señorita Winfield no se oponía, le gustaría dar un paseo con ella después de haber estado encerrado todo el día en la universidad.
Lejos de objetar, Ursula quedó encantada y así se lo dijo.
Acababa de recordar que deseaba consultarle algo.
Estaba en un gran aprieto, explicó. Hace unos meses había enviado un artículo, un trabajo de licenciatura, para leerlo en septiembre en la Asociación Británica.
Y lo habían aceptado. Pero ahora no estaba satisfecha porque sus últimos trabajos en el laboratorio habían dado resultados muy extraños.
Quería realizar toda una nueva serie de pruebas y luego, reescribir el artículo.
Solo que estos nuevos experimentos necesitaban más potencia de la que ella podía conseguir en casa.
Además, necesitaba un asistente o, preferiblemente, dos.
Tenía intención de ir mañana a ver a las autoridades en el laboratorio Davy-Faraday.
¿Pensaba el profesor Smee que la dejarían trabajar allí durante unas semanas?
¿Y podría empezar de inmediato o debería cumplir con un sinfín de trámites?
Porque el tiempo apremiaba. Tenía menos de dos meses para completar el trabajo.
—¿Por qué no viene como estudiante especial y trabaja en mi universidad?
—Fue una inspiración repentina por parte del profesor Smee—.
¡Podría asignarle una habitación de inmediato y sin formalidades!
Las vacaciones empiezan la semana que viene, entonces tendrá la casa para usted sola.
—Se estaba entusiasmando con el tema—. Uno o dos de los estudiantes se quedarán y les gustaría trabajar con usted.
Además, South Kensington está mucho más cerca para usted que Albemarle Street.
Así que Ursula tuvo que darle las gracias de nuevo, y se mostró tan encantada que su compañero lamentó haber llegado a Lowndes Square. Estaba en el umbral despidiéndose cuando apareció una berlina eléctrica. El hombre que estaba al lado del chófer saltó y abrió la puerta del carruaje.
—Oh, aquí están mi madre y mi padrastro —exclamó Ursula.
El coronel salió, seguido de su esposa, a quien ayudó a salir. La señora Hibbert llevaba un chal con preciosos bordados chinos, un botín de Pekín.
—¿Te lo has pasado bien, mamá? —preguntó Ursula, mientras ella y su acompañante avanzaban—. ¿Conoces al profesor Smee?
—Oh, sí. Nos conocimos en la velada de la Royal Society, ¿no, profesor?
—La señora Hibbert le estrechó la mano y soltó una risita bastante vacía—.
Siempre me alarman mucho esas funciones científicas.
Temo electrocutarme o algo así. ¿Pero no quiere entrar, profesor Smee, al menos durante unos minutos?
—Sí, tómese un whisky con soda —instó con hospitalidad el coronel—. Vienen de una conferencia, ¿no? Una labor que lo deja a uno sediento, ¿verdad?
La invitación fue aceptada. De hecho, Vernon Smee quedó bastante impresionado.
No tenía idea de que la familia de la señorita Winfield viviera con ese estilo.
Nunca se había encontrado con el coronel Hibbert y solo conservaba una vaga impresión de la presentación de la madre.
Recordó haberse fijado en que ella parecía poco maternal.
—Creo que la señorita Winfield es quien debería tomarse el whisky con soda —prosiguió cuando todos estuvieron en el comedor y el mayordomo llevaba una bandeja con bebidas—. El discurso de su hija ha sido el plato fuerte de la velada.
—Espere, ¿qué? ¿Ursula ha hablado? Bien hecho, querida. —El entusiasmo del coronel era divertido pero cordial—. Ojalá hubiéramos estado allí, Vi —le dijo a su esposa—. Aunque es probable que no hubiéramos entendido una palabra.
—Oh, Ursula, ¿de verdad te has subido a la tarima y has hablado para todos? ¿Cómo has podido hacerlo? ¿No es maravillosa e inteligente? —La señora Hibbert se volvió hacia el visitante pidiéndole su aquiescencia.
—No lo hagas, madre. —Ursula estaba bastante avergonzada—. ¿No quieres quitarte la capa? Hace un calor terrible aquí. —La sugerencia fue solo una manera de cambiar de tema—. Vaya, llevas un vestido nuevo, ¿no? ¡Ay, mamá, qué creación!
—¿Te gusta? —La señora Hibbert se puso de pie con complacencia juvenil. El vestido era de gasa teñida en tonos guisante y bordado con flores. Como había dicho el hombre de Worth: «Es réussie , 1 señora».
El coronel contempló a su esposa con fatua admiración.
El señor Smee también la miró, pero de manera más crítica.
En realidad, era bastante absurdo que una mujer de la edad de la señora Hibbert vistiera así.
Debía de ser incluso mayor que Charlotte, aunque parecía muy juvenil.
Volvió los ojos hacia Ursula, que estaba de pie junto a su madre, en curioso contraste debido a su sencillo abrigo y su falda hechos a medida.
Sí, por su parte, admiraba más a la hija, y le gustaría ver a la señorita Winfield con un hermoso vestido de noche como aquel.
¿Qué se había puesto en la velada de hacía unas semanas?
No podría haber sido nada muy llamativo o lo recordaría.
—El profesor Smee está aburrido. Mi pobre vestido no le interesa. Pero sabes que todo es culpa de esta tontita. No deberías haber empezado con eso, Ursula. Por cierto, ¿tendremos el placer de verlo el próximo jueves, profesor Smee?
—Oh, me olvidé por completo de preguntárselo. ¡Dios mío, y ahora estoy empeorando las cosas! ¡Qué grosera parezco! Acompañaré a mi madre a Henley, profesor Smee, y nos preguntamos si usted encontraría tiempo para venir también.
El próximo jueves, dentro de una semana.
¡Y sus vacaciones comenzaban el miércoles!
Tendría que adaptarse. De nuevo, Vernon Smee aceptó.
Siempre había querido ver Henley, aunque por alguna razón nunca se le había presentado la oportunidad.
Se preguntó si debería mencionar que estaba casado.
Por supuesto la señorita Winfield no era consciente de ello.
Pero Charlotte odiaba navegar. Además, ella estaría fuera de su elemento en este conjunto, ya era bastante malo para el grupo científico ordinario.
Aunque, por supuesto, no quería ignorar a Charlotte.
Le contaría a la señorita Winfield lo de su estancia en Henley, o podría haber una oportunidad incluso antes en la universidad.
—¿Cuándo quiere comenzar sus experimentos en mi laboratorio, señorita Winfield? —dijo en voz alta.