Obstinada Capítulo dos
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Capítulo dos

El jueves por la tarde, pocos minutos antes de las ocho, Ursula Winfield pasó bajo el arco de Burlington House, giró a la derecha y atravesó la conocida puerta de la Sociedad Química.

El inadecuado vestíbulo de entrada y la escalera de piedra (cuyas paredes aún no habían pasado del todo de la sucia terracota a sus pretendidos tonos verdes actuales) estaban más poblados que de costumbre por una multitud masculina vestida de negro, pues sir William Leveridge, el conferenciante de la velada era, en efecto, el químico y físico inglés vivo más importante.

Cuando Ursula llegó a la sala de reuniones de la primera planta, vio, para su consternación, que ya estaba llena, a excepción del banco delantero reservado por tradición para los expresidentes.

Allí ya estaba sentado su amigo, el profesor Smee.

De hecho, era el expresidente más reciente, ya que sus dos años de mandato habían terminado el marzo anterior.

Hablaba con otro hombre, pero vio a Ursula y le hizo un gesto con la cabeza y le mostro una amplia sonrisa que iluminó su rostro moreno y de buenos rasgos e hizo aún más sorprendentes los cuarenta y tres años que «Quién es Quién» le había atribuido.

Luego, cuando se dio cuenta de que la muchacha todavía estaba de pie junto a la puerta y buscaba un lugar vacío, le señaló uno, no en el banco sagrado, por cierto, sino al lado de él.

Ursula negó con la cabeza. Ese asiento no era para ella: una simple visitante.

Por suerte, en ese momento se dio cuenta de que en uno de los bancos transversales traseros parecía haber espacio o, mejor dicho, dos jóvenes se apretaron para dejarle un sitio a ella.

Mientras Ursula les daba las gracias, reflexionó con cierta amargura que aquellos jóvenes (porque apenas entraban en la veintena) podían ser miembros de la Sociedad, mientras que ella, como mujer, nunca podría alcanzar ese cargo.

Solo gracias a la amabilidad del profesor Smee, que hizo las presentaciones necesarias, podía asistir a las reuniones.

Sin embargo, su trabajo era tan bueno como el de cualquier hombre, estaba segura de ello.

Y la conferencia de esta noche, «Un estudio comparativo del nitrógeno y los gases raros», trataba sobre su tema en particular.

Desde hacía dos años trabajaba en la extracción de nitrógeno del aire.

De hecho, la Royal Society había publicado hacía poco un artículo sobre sus experimentos.

El hecho de su posición anómala esa noche lo hacía todo aún más irritante.

De los privilegios que poseían los jóvenes sentados a su lado, la mente de Ursula pasó a los propios jóvenes, una línea de pensamiento personal que era inusual en ella.

Pero, antes de que tuviera que presentar a sus actuales compañeros en el círculo de Hibbert, le llegó a la cabeza una repentina imagen de la reacción de horror de su madre.

Sí, a su madre aquellos jóvenes químicos de aspecto anémico y con trajes de segunda mano no le parecerían humanos, sobre todo si no vestían de etiqueta y se estrechaban la mano con los guantes puestos.

De hecho, físicamente, Ursula no podía dejar de admitir que sus dos vecinos no alcanzaban el estándar de Lowndes Square, eran bajos, ya que ninguno de ellos llegaba al metro setenta.

Sin embargo, y de eso estaba segura, mentalmente, estaban muy por encima de la media.

Además, a diferencia de las amigas de su madre, habían alcanzado la dignidad de poder mantenerse a sí mismos.

Sí, y si había algo de justicia en la naturaleza, eran estos hombres los que deberían haber poseído los hermosos cuerpos y no los guardias dorados que, por otro lado, hacían un uso nefasto de los mismos.

¡Cualquier físico sería suficiente para la existencia ociosa del capitán Talbot, en la que incluso la posibilidad de una guerra parecía insignificante!

Hubo un ligero revuelo. Había entrado el presidente, el profesor Lyall Fleming, un personaje muy corpulento y afable.

Él era el presidente, por lo que sin duda le seguía sir William Leveridge.

Ursula estiró el cuello con impaciencia; la lámpara que estaba al final del banco bloqueaba su vista y, de hecho, había sido la causa de la falta de congestión en ese banco.

Nunca había visto al gran científico, y como la química no era una profesión de postal, ni siquiera su fotografía le resultaba familiar.

Un anciano pequeño y encogido, poco impresionante, con una rala barba blanca y una actitud despectiva, entró en la sala.

La dignidad de su entrada quedó aún más disminuida por un tropiezo en el escalón de la tarima.

Por suerte, el presidente, con su habitual pretenciosa pero anodina capacidad, le tendió una mano salvadora y comenzó de inmediato su discurso introductorio, que resultó ser un modelo de discreción sonora.

Enseguida quedó claro que entre los grandes talentos de sir William Leveridge no se incluía el de dictar conferencias.

Porque el artículo, que comenzó a leer en un murmullo tembloroso, resultó incoherente, pura palabrería, mientras que sus experimentos fracasaron por completo en lograr todo lo que se esperaba de ellos.

La familiaridad de Ursula con el tema le permitió seguir los comentarios incoherentes y extraer su importancia, pero la atención de la mayor parte del público no estuvo a la altura de la tensión.

De pronto, su propio nombre sobresaltó su oído atento.

No, era un hombre... «los valiosos experimentos recientes del señor...

». El nombre se parecía a Winfield. ¿Quién podría ser?

Era extraño que nunca hubiera oído hablar de su trabajo.

El viejo Leveridge rebuscaba sobre la mesa entre su confusión de papeles.

Ahora parecía haber encontrado lo que buscaba y, poniéndose las gafas, empezó a leer, con su manera vaga y amable, una hoja escrita a máquina.

El color inundó el rostro de Ursula. Porque era su trabajo de licenciatura, su artículo para la Royal Society.

¡Ella era el señor Winfield! Qué honor ser mencionada en público por Leveridge, aunque le negara su sexo.

A Ursula le hizo gracia el esfuerzo inconsciente del anciano por preservar la ciencia como un monopolio masculino.

Después del pequeño interludio, la conferencia continuó como antes.

Hubo varios finales en falso que provocaron un aplauso esperanzado, pero cada vez las expectativas del fatigado público resultaron decepcionantes.

Sir William sonreía y seguía como antes, interrumpía su imperturbable y casi inaudible discurso solo de vez en cuando con un experimento ineficaz.

Desde donde estaba sentada Ursula, los apuntes del conferenciante podían verse a pesar de los aparatos que había delante, por lo que no tuvo más vanas esperanzas de un final en breve.

Sin embargo, la gruesa pila de manuscritos iba disminuyendo poco a poco.

Pasaba página tras página con una lentitud increíble, pero aun así las pasaba.

En ese momento parecía que ya había leído casi la mitad de la pila, luego, las tres cuartas partes, solo unas pocas páginas más, tal vez solo tres, dos, esa era la última.

Un claro brillo cubrió los rostros. Los dos jóvenes que estaban junto a Ursula se mostraron audiblemente jubilosos.

«Y ahora pasaremos a otro aspecto, quizá no menos importante, de la cuestión: la producción comercial de nitrógeno».

Sir William se sacó del bolsillo con cuidado un nuevo pliego de páginas garabateadas.

A pesar del propio interés de Ursula, no pudo menos que sentir lástima por el público.

«Socorro», oyó decir al joven químico sentado a su lado mientras su compañero se volvía hacia él con la mandíbula caída, en una huraña expresión de desesperación.

De nuevo comenzó el monólogo confuso. Podría haber resultado más soportable si el ambiente de la sala hubiera sido menos sofocante y el espacio hubiera estado menos congestionado, pero todavía nadie se había ocupado de la ventilación del lugar y, a causa del ruido, las ventanas dobles de Piccadilly siempre tenían que estar cerradas.

Los vecinos de Ursula habían comenzado a debatir en susurros si era posible escapare de allí, pero la salida estaba, de un modo por completo inconveniente, al lado de la tarima.

Aun así, uno de ellos observó que la resistencia humana tenía un límite.

Sin embargo, como todo llega a su fin, la conferencia también llegó a una conclusión.

Leveridge empezó a reordenar su montón de papeles dispersos en medio de una pausa sin aliento.

—No aplaudas, tonto, o harás que arranque de nuevo —murmuró ansioso uno de los jóvenes.

Hubo un claro suspiro de alivio, precedido de un cortés aplauso, cuando el gran científico se sentó.

El presidente anunció entonces que la conferencia estaba abierta a debate.

Nadie parecía ansioso por aprovechar la invitación.

En cambio, muchos asistentes consultaron sus relojes.

Después de unos instantes, el profesor Smee se levantó.

Hubo aplausos y se olvidaron de los relojes.

Cuando Vernon Smee hablaba, la gente tenía la costumbre de quedarse a escucharlo.

De hecho, los enemigos del profesor decían que su ciencia consistía en una hábil presentación verbal y literaria de las ideas de otros hombres.

Eso no era del todo justo, Smee había realizado algunos trabajos buenos y originales sobre radiografía.

Era un hecho, sin embargo, que, debido al atractivo popular de su tema, había recibido un reconocimiento mucho más general que otros hombres más importantes cuyo trabajo se basaba en líneas más recónditas.

En esta ocasión, se hizo evidente que el profesor Smee no tenía intención de pronunciar un discurso habitual.