Capítulo uno #2
—¡Qué tontería! —El orgullo maternal se había levantado en armas—.
Por supuesto, eres morena, pero tendrías una tez muy hermosa si la cuidaras lo más mínimo.
Vivir en esta atmósfera horrible con una luz tan espantosa es suficiente para arruinar la piel de cualquiera.
No es de extrañar que estés un poco cetrina.
Cuando he entrado, he pensado que era como las regiones infernales, con la desventaja añadida de tener que subir hasta ellas.
Pero cuando adquieres un poco de color, como en la noche de la Colonial, estás muy hermosa, todos lo dijeron.
¿No le dijo el viejo lord Spencer a tu padrastro que eras la chica más guapa de todas las presentes?
Te llamó «perla negra», y ya sabes lo bien que juzga lord Spencer a las mujeres.
—Bueno, creo que fue una insolencia terrible.
De todos modos, ¡la perla no se presentará ante lord Spencer!
¡Y, además, creo que el coronel se lo inventó todo!
Tu augusto esposo juraría que el negro es blanco para complacerte, así que está claro que no se atrevería a comparar mi tez sucia y deslucida con una perla.
—La joven se volvió hacia su aparato y trasteó con uno de los carbones—.
No, la belleza de esta familia eres tú, mammykin —continuó parloteando sin prestarle mucha atención—, así que no intentes cambiar las cosas.
Ahora bien, si te mancharas esas manitas de azucena, sería un asunto diferente.
La señora Hibbert lanzó una mirada complaciente a sus diminutos dedos repletos de anillos y con sus uñas rosadas.
—¿Cómo puedes ser tan ridícula, Ursula? —protestó con cariño.
La madre y la hija parecían buenas amigas, aunque eran muy diferentes.
De hecho, la relación entre ellas se asemejaba más a la de un marido indulgente y ocupado con una esposa bonita y estúpida—.
Sin embargo, es un consuelo que aún puedas ser tan tontita cuando eres tan inteligente.
—Ahora, madre, madre, ¿a qué conduce todo esto?
—Ursula adoptó un aire de fingida severidad—.
¡Oh, conozco tus artimañas, mujer malvada!
—Al parecer había llegado a la conclusión de que su pequeña pieza de carbono estaba lo bastante frío como para manipularla, porque la sacó de la abrazadera de metal, la sostuvo en alto y la estudió con semblante serio.
Mientras lo hacía, la luz del sol que caía sobre su rostro reveló el hecho de que sus ojos eran azul oscuro y no avellana como la mayoría de la gente imaginaba—. Estos carbonos son horribles —murmuró.
—Ursula, después de haber subido todas estas escaleras para hablar contigo, me gustaría que me hicieras caso, en lugar de que te estropees las manos y se te pongan peor que nunca al tocar esas cosas tan sucias.
—La voz de la señora Hibbert sonó ofendida—.
Sabes, te he dicho muchas veces que no está bien que te encierres aquí, lejos de todos.
¡Puede que te salga joroba o un labio leporino!
Obediente, la muchacha dejó la pieza de carbono y se sentó en el otro taburete con una actitud de exagerada atención.
—Madre, madre, ¿es esta la conducta de una mujer honorable?
—preguntó en broma, aunque con un trasfondo de irritación—.
¿No me prometiste que si iba a esa Función Colonial me dejarías en paz durante el resto de la temporada?
Te dije que debo reescribir el trabajo de licenciatura que voy a leer en la conferencia de la Asociación Británica de Plymouth a principios de septiembre.
Eso me deja apenas dos meses. Si salgo, al día siguiente no sirvo para nada. Y no puedo perder el tiempo.
—Bueno, creo que eres muy desagradable y dura conmigo.
—La pobre señora Hibbert parecía al borde de las lágrimas—.
Las demás chicas están encantadas de que las saquen, y tú ya casi tienes veintitrés años y nunca has estado en ningún lado, ¡y ni siquiera te han presentado en sociedad!
Piensa en cómo me afecta eso. Tengo que andar sola año tras año sin un alma con quien hablar.
¡Sería mejor que no hubiera tenido una hija!
—¡Pobre mamá, es una pena! —Ursula no pudo evitar sonreír ante la imagen de su popular madre deambulando por la sociedad sumida un silencio desolado, pero de todos modos le dio un apretón comprensivo a su mano de «azucena»—.
Pero, madre, si alguna vez iniciase mi vida social, tendría que ir a todas partes o la gente se ofendería.
¿Cómo podría hacer mi trabajo? Y ya tienes al coronel. No nos necesitas a los dos.
La señora Hibbert no se dejó apaciguar.
—Tu padrastro es bastante diferente. Además, no es solo que te quiero conmigo, sino que la gente habla de que nunca apareces.
¡Por supuesto que ni se imaginan que una chica pueda encerrarse en un ático caluroso y maloliente durante toda la temporada por elección propia!
Sé que la odiosa señora d’Arcy Jenkins les está diciendo a todos que te mantengo en segundo plano para no revelar mi edad.
«Es tan difícil creer que tenga una hija mayor, querida señora Hibbert, en especial cuando nunca la hemos visto», dijo el otro día con su risa odiosa.
—¡Menuda arpía! No importa, mammykin , solo tiene celos de tu figura.
Era la señora d’Arcy Jenkins, ¿no es así?
, la que se sentó cerca de nosotras en la cena de la Soirée Colonial: una mujer enérgica con un abdomen incontenible.
Vaya, si saliera contigo, solo diría que me arrastraste para comparar el contraste.
¡Y así debería ser! ¿Sabes, mamá? —Ursula pasó su brazo por los hombros de su madre de forma afectuosa—, a medida que yo me hago mayor, tú pareces volverte cada vez más joven.
Vivo con la esperanza de que algún día me pregunten por mi encantadora hija.
—No seas absurda. —A pesar de la reprimenda, la risa de la madre sonó satisfecha.
La sugerencia de Ursula era, por supuesto, ridícula, pero la delgada figura y el rostro claro y sin arrugas de la señora Hibbert le daban la apariencia de una joven.
Y aunque se notara cierta fatiga en la piel del cuello y de las manos y cierta expresión algo descolorida en sus ojos azul porcelana, nadie habría creído que era la madre de la alta Ursula de cejas oscuras—.
¡Oh, querida, mira! —exclamó la diminuta dama mientras saltaba del taburete y extendía un brazo con un gesto trágico—.
Me he manchado la manga: ¡está negra de suciedad!
¿Por qué no barres y quitas el polvo de esta habitación todas las mañanas?
—Lo siento mucho, madre —se disculpó Ursula, y acudió al rescate. Fue mientras estaba de rodillas sacudiendo con delicadeza con su pañuelo la manga mugrienta cuando escuchó por fin el verdadero motivo de la inusual visita de su madre.
—Ya sabes, Ursula, que nunca te pido que hagas nada que interfiera en tu trabajo —observó la señora Hibbert con agraviado recuerdo—.
Bueno, siempre quiero que todos hagan lo que más les agrada y que no me consideren en absoluto.
¡No puedes decir que soy egoísta! Pero creo que un día en el río sería lo mejor del mundo para tu trabajo de licenciatura. Te refrescaría la mente.
—¡Un día entero! —Ursula reprimió un gemido—. ¿Deseas que vaya yo en particular, madre? ¿No va el coronel?