Obsidian (Los fae de las sombras 1) Capítulo veinticinco #3
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Capítulo veinticinco #3

»Con mi nacimiento, provoqué a los dioses.

Digamos que fui un experimento que salió mal.

Sin tener culpa alguna, solo por nacer, creé una fisura dentro del Gran Reino.

Provoqué desavenencias en la familia real.

Y, cuando hay desavenencias e inestabilidad, los dioses presienten un juego.

Buscaban mejores opciones de entretenimiento.

Con ese fin, se entrometieron… a lo grande.

Crearon favoritos y los enfrentaron con los favoritos de los demás dioses.

La verdad es que no somos más que mascotas.

Peones. Mi existencia generó un deseo de traición dentro de la casa real…

y los dioses lo explotaron. Esa traición, esa deslealtad, me acompañó a la tumba.

En mi lecho de muerte, mientras contemplaba cómo me envolvían los bellos colores del atardecer, Equilas vino a mí…

—¿Equilas? —Recordó haberle oído pronunciar ese nombre, pero nunca le había preguntado por él.

—Equilas, la diosa del Equilibrio. Una de las tres hermanas de la Trinidad, las diosas más poderosas de Faerie. Ocupa el Asiento Superior en el Colectivo Divino. Me sacó del abismo y reinició mi camino. Aunque antes, mientras yo deliraba, desesperado por respirar una vez más, hicimos un trato.

Un escalofrío la paralizó. Parecía que el fae había aprendido a hacer tratos con los humanos directamente de los dioses. Y, por el tono de voz, parecía que los dioses no eran menos astutos ni despiadados, ni siquiera con sus propios hijos.

—Estoy atado a este destino —asintió—. Me encargaron encontrar el cáliz de cristal y devolver el equilibrio a Faerie, sin tener en cuenta los obstáculos.

Sin tener en cuenta la degradación y los horrores en los que me vi sumido.

Soy una mascota de la realeza de la Obsidiana…

y un peón de Equilas. Hay quien piensa que soy una marioneta en deuda con los dioses mientras me aplasta la bota de la Corte de la Obsidiana.

Exiliado de mi hogar y de mi tierra, y mis amigos conmigo, hasta que pueda restablecer el equilibrio que alteró mi nacimiento.

Me culpan de los pecados de mis padres, pero, aun así, debo expiarlos yo.

Esta es mi vida, Daisy. Este es mi destino, a lo que me enfrento.

Por eso te necesito. Porque, si puedo escapar de mi prisión en este reino inmundo y utilizarte para restaurar el equilibrio, acabaré teniendo que sacrificarme por el bien del reino.

Ahora mismo soy el entretenimiento de los dioses, pero, al final, soy la esperanza del reino.

Los dos lo somos. Tenemos que ser el alba que ponga fin a esta noche interminable.

El frío invadió el cuerpo de Daisy cuando vio la resignación en su mirada.

Deseó poder leer su mente para saber más.

¿Su nacimiento había afectado a la familia real?

¿Un nacimiento fruto de una relación extramatrimonial, quizá?

Al fin y al cabo, esa sería una razón humana en los viejos tiempos, aunque eso difícilmente era un experimento.

Quizá se trataba de algo parecido a lo que ocurría a menudo entre los semidioses: un hijo destinado a sublevarse contra el padre y arrebatarle el poder…

—Ese era el temor, sí —reconoció en voz baja Tarian—. No era un deseo que yo albergara, pero tenía el poder para hacerlo, y entonces se dio por hecho que lo acabaría haciendo.

El frío dejó de piedra a Daisy y le paralizó todo el cuerpo. Él le dirigía una mirada profunda y suplicante.

—Pero eso significaría… —Dejó las palabras en el aire mientras volvía a repasarlo todo en su mente. Todo lo que le había contado, lo que tenía que significar—. No eres…

—En la Corte de la Obsidiana me concedieron este título como burla del lugar que me correspondía por derecho.

Me confinaron en esa corte con los cinco sellos de obsidiana.

Mitigaron mi magia para que no me pudiera rebelar, me obligaron a cumplir las normas —la maldición—, borraron mi nombre y mi existencia de la memoria de todo el mundo menos de la realeza de la Obsidiana e infundieron su magia en la mía para despojarla de su brillo.

—¿Infundieron su magia en la tuya?

Recordó el brillo espectral que tenía su hechizo, con tonos anaranjados, ámbar, lavanda, cerúleos y dorados.

Luego su magia, que había bailado y jugado a su alrededor, chisporroteante y hermosa, como el cielo al amanecer.

Fue solo en los momentos en que utilizó un mayor nivel de poder cuando pudo ver que la oscuridad se abría paso o tomaba el control.

Incluso entonces, a veces relucía con brillos dorados.

Le vino a la mente otro recuerdo, esta vez de alas. Delicadas alas de libélula lo bastante grandes para elevar a un hombre. A un fae, de hecho. Los colores eran los mismos, como de amanecer… o de anochecer, lo mismo daba. Como su hechizo. Como su magia juguetona.

No, un fae no. Un hermoso Celestial.

—Qué rápido trabaja tu mente —susurró él, acercándose a Daisy. Hablaba con voz cálida y muy dulce. Agradecida—. Siempre me impresionas tanto…

Daisy no podía dejar de parpadear rápidamente.

—No. No puedes serlo. No tienes alas.

—Me las prohibieron. Las alas representan la libertad, y yo no la tengo.

—Pero ¿cómo? ¿Cómo te hicieron todo eso?

La miró, sarcástico.

—Pues con la ayuda de Equilas, claro está.

Me utilizará para el bien del reino, pero, a la vez, disfrutará con mi sufrimiento.

Todos lo harán. Algunos se inventarán maneras de hacer mayor mi sufrimiento para su propia diversión.

Como se aburren siempre tanto, los dioses ansían un entretenimiento tanto como necesitan nuestra adoración y devoción.

A veces… se vuelven codiciosos con lo primero.

Como te decía, soy un simple peón. Los títulos ya no significan nada para mí.

No son más que fanfarronadas vacías ligadas al nacimiento.

—Entonces ¿eres… eres un…?

—Mi nombre de nacimiento es Tarianthiel Drystan Windryker, príncipe del Trono del Diamante, Soberano Supremo y defensor juramentado de Faerie, Guardián de los Márgenes, Custodio del Equilibrio, Nacido con el Amanecer, Comandante del Anochecer y bendecido con la magia ancestral de los Siete.

Añadí más títulos a medida que completé cada etapa de mi formación, pero ya te haces una idea.

Me enorgullecía tanto de todos ellos…, y ahora…

no sirven de nada. Soy un fantasma. Arrancaron mi recuerdo de las mentes de la gente que amaba.

No morí…, dejé de existir para siempre. Mi rey, mi padre, y mi corte no me conocen.

Mi hermano, que casi consigue expulsarme de la línea de sucesión real, no tiene ni idea de su traición.

Mis hermanos, los Celestiales, con quienes me formé, con quienes me emborraché…

, ahora intentan matarme cada vez que cruzo los márgenes.

Nadie, aparte de diez de mis amigos, que permitieron que Equilas les arrebatara las alas y la posición social para poder ayudarme, sabe quién soy.

—Detuvo un segundo su narración—. Quién era.

Quedó claro que nadie me ayudaría. Tú eres mi única salida, Daisy.

Eres mi único medio de salvación. Una humana, que tiene que jugar a los juegos de la corte contra los fae mágicos, es mi única esperanza.

Por mi parte, no salí precisamente ganando con el trato…

Ella se quedó sin habla. Todavía no había sido capaz de procesar lo del cáliz de cristal, ¿y ahora eso?

Aquello la superaba. Necesitaba una taza de café y una habitación tranquila durante unas horas para encontrarle sentido a todo aquello.

Era demasiado inmenso para asimilarlo. ¿Un Celestial? ¿Esa era solo una parte de su magia?

¡¿Un Celestial?! Ellos mismos eran prácticamente dioses, feroces, hermosos y aterradores. Aunque, pensándolo bien…, ¿no era así como había visto siempre a Tarian?

—No temas —murmuró él, acariciándole con el pulgar la línea del mentón—.

Dentro de unos instantes olvidarás todo lo que te he contado, como los demás.

Te lo arrancará de la mente la magia que me tiene atrapado.

Pronto volveré a ser un asesino y un ladrón hueco y principesco, el hazmerreír de una corte inmunda y desequilibrada donde el mal sigue aflorando y corrompiendo y retorciendo las mentes y la magia de sus ciudadanos.

Daisy evocó todos los recuerdos que él tenía del entrenamiento de los Celestiales, lo mucho que sabía de los suyos.

Cuánto admiraba esa posición y el valor que otorgaba a su obligación de proteger el reino.

Esos eran sus valores. Esa era su manera de pensar.

Ahora tenía mucha más lógica que hubiera hecho cualquier tipo de trato.

Por qué luchaba, se esforzaba y se mantenía por encima de los demás para conseguir lo que necesitaba para poder salvar a su querida Faerie.

Con trato o sin él, Tarian habría hecho lo mismo. No lo conocía bien, pero de eso estaba segura. Ella haría lo que hiciera falta por salvar a su familia, y él era igual, solo que su familia era todo el reino.

Daisy dejó escapar un lento suspiro.

—Es mucho que asimilar.

—Como he dicho, lo olvidarás. Vivo exiliado de mi hogar y atrapado, pero cuento con mis Caídos . No estoy solo, puede que me vuelva loco, como la realeza de la Obsidiana intenta desesperadamente que ocurra. Pero tengo un deber con estas tierras. Ayudaré a esta gente. Es mi derecho de nacimiento.

Maldito derecho de nacimiento.