Capítulo veinticinco #4
Daisy negó con la cabeza por millonésima vez.
¿Un dios lo salvó, pero solo para atraparlo en el horror, con la esperanza de que salvara al reino?
¿De que se sacrificara él mismo para hacerlo?
¿Qué clase de espectáculo estaban montando allí esos imbéciles?
Si un dios le hubiese hecho eso a ella, habría profanado uno o dos templos.
Si la corte se hubiese burlado de ella, la habría jodido enterita para que ellos también se quedaran igual de atrapados que ella.
Joder, había otras maneras de jugar a este juego, aparte de perseguir reliquias y esperar que una humana sin magia te sacara de un trato que se había torcido…
Tarian esbozó una sonrisa.
— Qué adorable —pensó en voz baja—. Pero sí, esa es la naturaleza de los dioses —añadió—.
Disfrutan atormentando. Te conceden una bendición y esperan que se lo pagues con sangre.
Aunque Faerie bien lo merece. Ya verás. En medio de la brutalidad se esconde lo verdaderamente mágico.
Y, aunque fuera un estercolero, valdría la pena que te sacrificaras por tu familia, ¿no?
A ella se le revolvió el estómago al recordar lo que había sentido al tocar aquella esfera de diamante.
Lo que había sentido al estar cerca de él en la puerta de la cabaña, notando la magia correr por su interior.
Le creyó de corazón. Si la obligaban a coger aquella esfera de diamante, los efectos la destrozarían.
Sin embargo, ¿cuál era la alternativa? A pesar de los problemas de Tarian, la Portalhada estaba dejando pasar a más fae y a su magia.
Si en el Trono del Diamante hubiera disturbios —y con los dioses entrometidos buscando entretenimiento, aquello continuaría—, la cosa iría a peor.
Pondría en peligro su propio hogar. Pondría en peligro a su familia, como ya había hecho anteriormente.
Exhaló un lento suspiro, tratando de aplacar ese miedo y esos nervios que la consumían.
—¿Cómo sé que no me estás mintiendo? —preguntó ella.
—Te lo dije, ahora no te puedo mentir. —Le abrió su mente, dejando que sintiera que eran ciertas sus afirmaciones.
Su determinación y su dolor. Lo mucho que lo mortificaba la vida que se veía obligado a llevar en la Corte de la Obsidiana y cómo esperaba enmendar ese error.
También pudo sentir, enterrado en lo más profundo, el miedo persistente, algo parecido a lo que sentía ella ahora mismo.
Tarian no sabía si podría cumplir su destino, como él lo llamaba.
Le preocupaba que si fallaba los condenara a todos.
«Con la herida adecuada, todos somos mortales».
Incluso para utilizar a Daisy como cáliz, antes tenía que liberarse de la Corte de la Obsidiana.
No estaba seguro de poder hacerlo. Necesitaría la ayuda de Daisy, y estaba muy poco cualificada para algo así.
Ella tampoco se lo iba a negar. El otro asunto era que cualquier fae podía utilizar el cáliz de cristal.
Daisy podría ayudar a cualquiera a potenciar su magia.
En cuanto se enteraran de quién era, intentarían matarlo a él y utilizarla a ella para ellos mismos.
Como no dedicarían ni tiempo ni esfuerzo alguno a aprender cómo hacerlo, acabarían matándola en el intento.
La muerte sería espeluznante, y Daisy deseó no haberse enterado de esa última parte.
—Joder, entonces tenemos un buen marrón encima —resumió con una frivolidad fingida mientras se apartaba de él y se volvía hacia el paisaje. Mirando a la nada. Dejando vagar la mente.
Tarian pensaba que aquello era, de principio a fin, una posibilidad remota.
Y eso era algo gracioso de un modo macabro, una especie de «me cago en mi vida», porque ella tenía experiencia de sobra en posibilidades remotas: dejar su casa de acogida cuando era demasiado joven para valerse por sí misma; ayudarlos a mantener un techo bajo el que vivir; mantener con vida a Mordie y, la mayor…
, ayudar a un semidiós a derrocar a su padre chiflado con la mitad de los efectivos y una fracción de su experiencia.
Ella ya había pasado antes por eso. Se había enfrentado, y ayudado a superar, dificultades insalvables.
Todas las veces lo había hecho para ayudar a su familia.
Esta vez no sería distinta. Joder, esta vez ella sería su salvadora.
«Chúpate esa, Mordie. Tu hermana no mágica va a salvar el culo a la gente mágica. Y ve a decirle a Lexi también que digo tacos, anda. Ahora mismo no me importaría que me pegara un puñetazo en la cara. Sería mejor que pensar en lo que me espera».
Suspiró. Él la odiaría con todas sus fuerzas por eso. Lo destrozaría. Sin embargo, también sabía que, si estuviera aquí, la apoyaría. Caminaría a su lado hacia el ocaso sin mirar atrás. Cualquiera de su familia lo haría. En la misma situación, todos y cada uno de ellos darían un paso al frente.
—Si te ayudo —dijo Daisy—, quiero que me asegures que eso fortalecerá la Portalhada. Que mantendrá a salvo a mi familia. Quiero hacer un trato.
Se quedaron allí una hora más, concretando los detalles. Pero, una vez hecho eso, Daisy fue consciente de la gravedad de la situación. Notó la incertidumbre de los juegos que estaban por llegar.
Solo faltaba una cosa.
—Entonces, este sentimiento entre los dos… —dijo—. Es magia, ¿no? ¿Es por los cálices y tal?
Tarian recorrió su rostro con la mirada y acabó en sus labios.
—Eso pensé yo al principio, como ya te dije.
Pensé que servía para ayudarme a encontrarte.
Y quizá fuera cierto. A los dioses les encantan estos jueguecitos.
Hicieron a los fae, a la mayoría de nosotros, a su imagen y semejanza: astutos, violentos y despiadados.
¿Qué mejor broma que seducirme con algo que luego tendré que acabar destruyendo y observar cómo lucho por hacerlo?
En cualquier caso, este sentimiento…, este deseo es entre tú y yo.
Es nuestro. Quizá sea nuestra tortura. El precio que he de pagar por hacerte daño.
El precio que tú pagarás por desear a tu torturador.
Me los imagino riéndose ya. —Le puso una mano en la mejilla—.
Puede que sea mágico, pero es solo nuestro.
Ningún otro fae lo siente como yo, ni aunque tuviera la misma conexión con el cáliz que yo.
Así que, si fue cosa de los dioses, estaba inequívocamente destinado para nosotros dos.
Solo para ti y para mí. Es nuestro regalo…
hasta que se convierta en nuestro sufrimiento.
Daisy no sabía si eso era mejor o peor.
Tarian sonrió levemente.
— Yo tampoco. Quizá seamos felices sabiendo que existe.
—Y luego añadió en voz alta—: Sin embargo, lo que sin duda es mágica es la…
conexión que tienes con las tierras salvajes.
Mi intención es restaurar el equilibrio contigo, y las tierras salvajes seguro que lo notan, del mismo modo que el darkrend lo temió.
Te habrás dado cuenta de que al darkrend solo le interesabas tú.
El resto de mis Caídos estaban asomados a la ventana, observando, y, aunque los vio, no fue a por ellos.
Solo te buscaba a ti. Este reino nota tu presencia.
Ahora eres más que una simple chéster, palomita.
Más que una humana mágica. En este reino, ostentarás el poder de un dios.
Sí, pero… un poder que no podía utilizar. ¿De qué le servía? Un poder que la destruiría. El antiguo proverbio de «cuidado con lo que deseas» no podía ser más acertado. ¿Podría volver a empezar y pedirse la magia de la nigromancia, tal vez?
Se estremeció, pero alzó la barbilla. El tablero estaba preparado. Él tenía que liberarse de la Corte de la Obsidiana y necesitaba su ayuda para conseguirlo. De acuerdo.
Le tendió una mano a Tarian y este la tomó, algo confundido.
—Parece que volvemos a ser compañeros de equipo —dijo Daisy.
Él dejó de fruncir el ceño. En sus viajes no había llegado a conocer la costumbre humana de estrecharse la mano.
—Sí. Trabajaremos juntos. Confiaremos en el otro. Sobreviviremos. Al menos, durante un tiempo.
—Aún pienso ser yo la que te mate al final, y no al revés. Que lo sepas. Debo vengarme. Te la tengo jurada.
—No esperaba menos —murmuró él, recorriendo su piel con el pulgar—.
Los hados acertaron de lleno contigo. La vida te lo ha puesto difícil, pero no ha podido contigo.
Tu pasado habría destruido a la mayoría, pero, en ti, de la presión surgió un diamante brillante y reluciente.
Quién sabe, puede que después de todo seas capaz de dominar este poder.
Si hay alguien capaz de no derrumbarse, esa eres tú, palomita.
—Y, si existe alguien capaz de engañar a los dioses, ese vas a tener que ser tú.
Sí. Y ahora…, que empiecen los juegos. El destino de Faerie está en nuestras manos.