Capítulo veinticinco #2
Un escalofrío le recorrió el cuerpo, pero no por las palabras.
Le había dicho muchas cosas desde que se encontró con él en aquella cornisa.
Algunas ciertas, otras no. En ese instante, era por su tono de voz apagado, seco y hueco.
Por su falta de humor. Por su desesperanza.
Ocultaba su personalidad para poder desempeñar el papel que se esperaba de él; un papel que odiaba, con fae a los que despreciaba.
Se detuvieron junto a una de las cabañas, la más grande de todas, que era casi como un descomunal granero negro.
Lennox y una mujer a la que no había visto antes abrieron las puertas.
Dentro los esperaban unas enormes bestias aladas muy peludas, de espaldas anchas y cuatro patas.
Una de ellas sacudió su considerable cabeza como si fuera un caballo que sacude la crin.
Los demás entraron en el granero y empezaron a preparar a los animales de inmediato. Por lo visto, iban a ir volando al reino.
—¿Por qué yo? —saltó Daisy; era una pregunta que había estado siempre rondando por su mente, alterando sus pensamientos…
, aunque, con todo lo que había pasado y su lucha por sobrevivir, no había tenido espacio para salir a la luz ni para analizarla—.
Seguro que podrías encontrar otro juguetito.
Hay un millón de seres mágicos más adecuados que yo para los juegos reales y los tejemanejes políticos.
De hecho, tengo una lista en casa. Te entregaré a los que te complacerá matar.
Hay unos cuantos gilipollas de manual en el mundo mágico.
Yo no soy nadie. Ni siquiera tengo magia.
No seré una digna rival para ningún fae en la corte real.
Cualquiera te valdría. ¿Por qué yo, la más débil del mundo mágico?
Él se volvió, dando la espalda al granero y a los animales. Sus ojos desprendían arrepentimiento.
—Eres muchísimo más que cualquier cosa que el mundo mágico humano pueda ofrecer.
—¿Es por el cáliz de cristal?
—Sí —susurró—. Siempre ha sido por el cáliz de cristal. Por culpa de él estás atada a esto. No hay salida para ninguno de los dos.
—Pero… —Frustrada, negó con la cabeza—. Sigo sin entender por qué tenía que ser yo.
Cualquiera podía haber encontrado la cosa esa.
De hecho, la encontró otra persona. Tú la mataste, pero su amigo la escondió.
¿Por qué no llevártelo a él? Yo, básicamente, me topé con ella… por tu culpa, debería añadir.
Sus manos, callosas y cálidas, la cogieron de los brazos. Su mirada, de un verde intenso, se perdió en la suya.
—Lo encontré yo. No es un objeto, Daisy. Es un humano. Eres tú.
—¿Q-qué…? —Tragó saliva—. No lo entiendo.
—El cáliz de cristal siempre estuvo destinado a ser una persona.
Un prisma del pensamiento y la palabra ante el que reaccionarían los demás cálices.
En cada generación humana, hay millones de personas que pueden ascender, pero solo cuando se cumplen todos los criterios se convierte en un cáliz de cristal: un humano no mágico, mejorado por el hombre, con la bendición de los dioses.
En tu caso, con un entrenador comprometido que mejoró tus habilidades naturales y un don divino de magia de sangre, concedido generosamente.
Cuando ese humano muere, nacen muchas más posibilidades, y una de ellas acaba tomando forma.
Y así una y otra vez, muerte y renacimiento, por los siglos de los siglos.
Solo los dioses pueden detener el ciclo infinito.
—Pero ¿qué pasa si se materializa más de uno? ¿No podríais usar a alguno de los otros?
—Por decreto divino, solo puede ascender el primero. Solo hay un cáliz de cristal a la vez. Un prisma.
Se le hizo un nudo en el estómago. Sintió que se mareaba. Ni siquiera se atrevió a pensar en cómo había llegado allí, aunque se le pasó por la cabeza. Como antes, él dijo la verdad que ella no deseaba que saliera a la luz.
—Tu figura materna intentó salvarte, pero en realidad te condenó. No es culpa suya. Esto es obra de los dioses. La mayoría de los cálices de cristal no acaban en esta situación. Me he dejado el pellejo para encontrar información al respecto.
—Entonces, tuve muy mala suerte con el momento.
—Es la historia de tu vida, ¿no? —Sonrió levemente.
Sus ojos perdieron casi de inmediato ese destello—.
Al principio, cuando te encontré, me sorprendió saber que no tenías magia divina.
Pensé que quizá el magnetismo que emanabas significaba que eras lo que buscaba.
Pero después, la siguiente vez que te vi…
, las profecías se habían cumplido. Se había formado el cáliz de cristal.
Habías completado tu transformación. Sin embargo, te encontré antes a ti que al cáliz de diamante: el objeto que intentabas destruir.
El objeto final que necesitaba. Así que te seguí los pasos.
Jugué contigo para ponerte a prueba. Cuando pusiste la mano sobre el cáliz de diamante…
—No, yo… —Siguió negando con la cabeza. Eso no tenía ningún sentido. Era completamente absurdo.
Tarian suavizó el tono de voz. Se volvió amable.
—Los cálices no se iluminan para mí, Daisy, ni para nadie.
Los objetos no emiten zumbidos. A no ser que tú estés presente.
Los reconozco solo con verlos. Tú despiertas su potencial.
Para ti sí emiten zumbidos. Emiten murmullos y brillan.
Cobran vida. La primera vez que noté el zumbido estaba en aquella cornisa, cuando lo tenías metido dentro del sujetador.
Daisy frunció el ceño.
—También pasa con otras personas. Cuando otros los cogen, sucede. Lo he visto y lo he oído.
—Porque tú estabas presente, porque el cáliz de cristal estaba presente. Los demás cálices no sirven de nada sin su prisma.
Daisy intentó alejarse de él; la cabeza le daba vueltas.
—Pero si yo no soy mágica. Me hicieron pruebas para asegurarse de ello. Seguramente estás pensando en la cosa esa con el diamante en el agujero del centro. Eso es el cáliz.
—Eso es tu amplificador —afirmó sin dudar—.
Cada tipo de magia tiene el cáliz correspondiente que mejor funciona con ella.
Las criaturas de agua cuentan con cálices que se corresponden con una gema de zafiro.
Las criaturas de fuego son más del rubí.
Los espíritus, de la amatista. Y así sucesivamente.
Así es como se configuran nuestros reinos.
Los cálices son un reflejo de Faerie. Tu amplificador es el diamante.
—Pero el diamante… —Era el trono del Soberano Supremo. Los Celestiales.
—Sí —susurró—. Con tu cáliz de diamante, y los demás cálices dispuestos a tu alrededor representando a Faerie, puedes aumentar la potencia de un fae, la mía, en este caso, a niveles imposibles.
Puedes hacerme tan poderoso como un dios.
Puedes ayudarme a liberar a todo este reino de la influencia real del Soberano Supremo.
Hizo una pausa, y Daisy frunció el ceño.
«Liberar» el reino… ¿y luego dominar a los humanos?
Y una mierda le iba a ayudar a hacer eso.
Si le estaba diciendo la verdad, al fin y al cabo sí que tenía el poder de destruir el cáliz de cristal.
Tenía el poder de destruirse a sí misma, y lo haría si fuera ella la razón por la que su familia estaba en peligro.
Tarian asintió levemente y esbozó una sonrisa torcida.
—Sí, pienso lo mismo. Ahora te conozco mejor, y, por tanto, sé que no solo puedo confiarte esto, sino que además me ayudarás.
—Tenía una expresión decidida—. Nunca quise ayudar al rey y a la reina del Reino de la Obsidiana más allá de los márgenes.
Fue una excusa para darme libertad en mi búsqueda de los cálices.
De su prisma. Yo nunca puse en peligro a tu reino.
No obstante, aún está en peligro. Tengo intenciones de fortalecer los márgenes, de reconstruirlos.
Tengo que liberarme primero de la Corte de la Obsidiana y luego utilizar la magia reforzada para restablecer el equilibrio de Faerie.
Cuando llegue el momento, cumplirás tu destino y me ayudarás.
Voy a limpiar toda la inmundicia y reconstruirla de nuevo con mi cáliz de cristal.
El diamante es tu amplificador… y tú eres el mío.
—¿Y eso de que ibas a acabar conmigo?
Una vez más, sus ojos mostraron arrepentimiento.
—Por desgracia, la cantidad de poder que discurre por tu interior es la de un dios.
Ningún mortal puede dominarla, o eso dicen los archivos.
Si me ayudas, protegerás a tu familia y a Faerie…
a costa de tu vida. Es la única manera. Tengo que sacrificar a dos seres para salvar a muchos otros.
No es solo mi obligación. Es mi destino.
Nuestro destino. Como te decía…, ni tú ni yo tenemos escapatoria.
Daisy frunció el ceño sin dejar de mover la cabeza a uno y otro lado.
Aquello era demasiado abrumador para comprenderlo; le resultaba demasiado ajeno.
No era capaz de entender cómo la magia podía devolverle el equilibrio a un reino entero.
El equilibrio, como si fuera algo tangible.
No se podía comparar con las tierras humanas. O, por lo menos, que ella supiera.
En cambio, se aferró a lo único que entendía.
—¿Sacrificar a dos seres?
Tarian la miró serio. El oro bruñido de alrededor de sus pupilas relumbró en una tonalidad dorada y se volvió a apagar.
—Sí. A ti… y a mí.
Daisy se llevó la mano al pecho. A pesar de la situación y de todo lo que había dicho, le dolió en el alma.
—¿A ti?
Él se quedó en silencio durante un largo rato.
—Los acontecimientos que nos han traído hasta aquí son muchos y complejos. Se resumen en lo siguiente: