Obsidian (Los fae de las sombras 1) Capítulo veinticinco
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Capítulo veinticinco

A l alba volvieron a despertar, entrelazados, envueltos en el abrazo del otro. La luz resplandecía en estallidos de color contra las persianas bajadas.

Tarian se incorporó tan de repente que la sobresaltó.

Desenredó las piernas de las de ella y las dejó caer por un lado de la cama.

Al cabo de un instante, se dirigía, desnudo y majestuoso, hacia la ventana.

Subió la persiana y miró hacia fuera, girando la cabeza hacia la derecha y flexionando todo el cuerpo.

—Parece que los Celestiales se están encargando del problema del darkrend —murmuró ante el estruendo del exterior.

Daisy se quitó las sábanas de encima y fue a su encuentro. Él se volvió, con el hombro apoyado en la pared al lado de la ventana. Con la otra mano, la acercó para que pudiera ver bien, con la espalda de Daisy pegada a su pecho y su mano extendida sobre la piel desnuda de su vientre.

Al otro lado del claro, entre los escasos árboles de la zona, el darkrend apuntaba al cielo con sus enormes garras. Incluso sin sonido, Daisy pudo reconocer el rugido con el que intentaba paralizar a su presa. O, en este caso, a sus atacantes.

Contra los destellos y los colores cambiantes del cielo, con el rosa matizando el azul claro, unas hermosas figuras aladas bajaban en picado y sobrevolaban la enorme bestia.

Explosiones de luz golpeaban su abultada cabeza o los hombros descomunales, haciéndola retroceder u obligándola a agacharse.

Descendían hacia ella en espiral, en parejas o en grupos, y le provocaban cortes con sus armas y su magia.

Daisy se quedó allí, como embobada. Cautivada. La belleza de sus movimientos, de sus alas, la fascinaron por completo. Eran eficaces en su ferocidad y letales con sus golpes.

La criatura rugía enfurecida contra ellos, lanzando zarpazos al aire.

Los Celestiales descendían con rapidez para evitar sus garras, sin dejar de asestarle golpes.

El amanecer terminó de desplegarse del todo cuando la bestia cayó por fin, incapaz de hacer frente a los protectores de las tierras salvajes.

Después, se hizo un silencio opresivo. Como si el sonido se hubiera amortiguado no solo fuera de la estancia, sino también dentro de ella.

Daisy se volvió y vio que Tarian miraba a la nada, con la mirada fija pero vacía. Parecía frustrado, pero también… desolado. Lo observó con más detenimiento, intentando entender aquellas emociones contradictorias.

Él la miró, y su expresión se despejó al instante.

—Y así es como hay que encargarse del darkrend .

Somos libres de… —Volvió a mirar apresuradamente hacia la ventana.

Se le tensó todo el cuerpo y se movió con rapidez, gesticulando con la mano en el aire.

El sonido del exterior volvió de repente, el viento meciendo las hojas, las alas batiendo contra el cielo. Había desactivado la protección.

Confundida, volvió a mirar hacia fuera y se sobresaltó.

Tres Celestiales se encaminaban hacia ellos, con su cabello largo y liso al viento, azotándoles el rostro, y la piel tan lisa que parecía como si los viera a través de una lente de desenfoque.

Su vestimenta era elegante y refinada, e indicaba sensibilidad y nobleza, pese a que dos de los tres tenían abundantes manchas de una sustancia viscosa y verdosa.

La sangre de la criatura, quizá, o algún tipo de defensa que no había visto nunca.

—¡Apártate de la ventana! —gritó Tarian, y la magia la empujó hacia atrás.

Daisy extendió el brazo para apoyarse en la pared.

Él se había puesto los pantalones y ahora vestía la túnica que había llevado la noche anterior.

—Ven aquí. Rápido. —Le hizo una seña y ella obedeció—. Toma. —Le pasó el camisón por la cabeza y la ayudó a ponérselo bien, y después se agachó con ella y la llevó debajo de la cama—. Escóndete. Rápido. No salgas, pase lo que pase. Te cubriré con la magia para ocultar el sello del cáliz de cristal.

—Pensaba que, en cuanto cruzáramos la Portalhada, estaríamos a salvo.

—Yo estoy a salvo en este lugar, como fae que soy. Tú eres una humana que no pinta nada aquí y que hirió unas cuantas alas y perforó unos cuantos cuerpos de Celestiales. No estarán muy predispuestos a concederte la impunidad.

Se escabulló bajo la cama y de camino consiguió hacerse con las bragas. Él se dirigió hacia la puerta, aunque Daisy solo pudo ver sus botas primero y sus tobillos después. Apenas llegó, llamaron a la puerta.

Se abrió de par en par y entró una ráfaga helada de aire fresco matinal que trajo consigo el perfume de flores en plena floración y de la vegetación de un verde intenso.

—¿Qué ocurre? —preguntó Tarian con un tono de voz frío, impregnado de autoridad.

—Os ruego que me perdonéis, eh… —La voz femenina se quedó sin palabras, el tono de voz pasó de disculpas a uno de absoluta confusión. Entonces la voz se volvió más firme, casi autoritaria—. ¿Cuál es la naturaleza de este puesto avanzado?

—Es una estación de paso legalmente establecida que pertenece a la Corte de la Obsidiana, gestionada por mí, Tarianthiel Drystan Windryker, príncipe destinado del Trono de la Obsidiana, tenedor de los cinco sellos y portador de magia feérica oscura real.

Si hubierais cumplido con vuestra obligación y hubieseis explorado el terreno como es debido, hace siglos que conoceríais este lugar.

Aunque, por lo menos, al fin habéis derrotado al darkrend , ¿eh?

Por lo visto, lo único que hacía falta era paciencia.

Evidentemente, esa criatura llevaba un tiempo fuera de sí.

Desequilibrada. Destruyó uno de mis edificios.

Solicitaré una indemnización a vuestro Guardián del Crepúsculo.

Y, ahora, no me perturbéis más. Tengo que tratar asuntos importantes.

El mundo de Daisy se desvaneció cuando Tarian obtuvo un silencio por toda respuesta.

Uno de los Celestiales soltó una respuesta mordaz, pero a Daisy le habían empezado a zumbar los oídos.

¿Un príncipe? ¿La había capturado un puto príncipe?

Con razón poseía aquella magia para leer las mentes.

Estaba en lo más alto de la jerarquía del reino.

Y de repente su condición de juguete, de pieza dentro de sus juegos políticos, adquirió un matiz mucho más peligroso. No era un simple jugador. Podía amañar la partida.

—Un príncipe, sí —reconoció Tarian en voz baja, en cuclillas junto a la cama.

Se tumbó bocabajo en el suelo para poder mirarla a los ojos.

La puerta estaba cerrada; por lo visto, había apaciguado a los Celestiales y se habían marchado.

Ni se había dado cuenta—. Un título elevado para alguien que es poco más que un ladronzuelo al servicio de esa corte.

—Yo también lo soy, pero no tengo una corona que ponerme cuando voy a trabajar.

Tarian no sonrió. Estaba muy serio. Sombrío.

—Pues deberías tenerla.

Daisy negó con la cabeza y apoyó la frente en los antebrazos. Su situación parecía mucho más desoladora.

—Dijiste que el Trono de la Obsidiana estaba destinado a ser heredado por niños mimados y calculadores. La lacra del reino.

—Sí. Y sigue siendo cierto.

—Entonces, si ostentas ese título, ¿no eres tú unos de esos niños?

—Yo no nací con ese título. Me lo impusieron.

Me tiene atrapado. Me atormenta. Mi poder, entre otras cosas, facilitó que me lo concedieran.

No estoy en la línea de sucesión al trono.

No soportarían verme sentado en su trono.

Soy exactamente lo que has pensado, Daisy.

Un poderoso ladrón con un título que le abre puertas.

Un chico de los recados para la realeza.

Un delincuente. Un asesino. Un bufón que no cuenta chistes, pero que en sí mismo es uno.

Soy su herramienta más brutal, y me concedieron el título por el simple placer de menospreciarme.

—¿Y el rey y la reina?

—No son mis padres. —La crueldad de su tono le recorrió la espalda como un escalofrío—. Vamos —dijo—. Es hora de marcharnos.

Se le hizo un nudo pesado en el estómago mientras se incorporaba y se ponía las bragas.

La expresión de Tarian era fría como el hielo.

Severa. Su mirada de acero no mostraba el menor signo de diversión y en su voz monocorde no había rastro de risa burlona.

Ahora mismo, parecía el noble de la realeza que decía ser.

Ella se puso las botas y lo siguió sin rechistar.

En realidad, sin pensar en nada, si eso fuera posible.

Los demás se les unieron junto a la cabaña central en ruinas, con escombros diseminados por todos lados.

Miró hacia donde habían derribado al darkrend , pero en el cielo no quedaba ninguno de los bellos y alados fae.

Habían hecho su trabajo y se habían marchado.

Nadie habló ni se dirigió a ella. Tarian la cogió de la mano; su suave contacto era lo único que le quedaba del hombre que había conocido durante los últimos días.

El que nunca la había herido físicamente; el que tenía un lado tierno y que era dado a bromear y tenía facilidad para dar respuestas rápidas e ingeniosas.

El que había querido sentir muy dentro de ella la noche anterior, un contraste cruel con este príncipe que se dirigía de vuelta a su corte.

Quizá había tenido razón al rechazarla. Había tenido con ella una muestra de piedad. Quizá le había hecho un favor.

Es el último favor que te haré , le aseguró Tarian en su mente, con ese tono seco resquebrajándose levemente.

El último que puedo hacerte, Daisy. Olvida al hombre que has conocido estos dos últimos días.

Ese hombre está a punto de desaparecer. Así ha de ser si quiero sobrevivir.

En su lugar, seré un monstruo. Un maestro de la manipulación.

Tu torturador. Haré que parezca divertido.

Que parezca que lo disfruto. Lo haré delante de un público. Y seré convincente.