Capítulo veinticuatro #5
—No, Daisy. Tengo tu beso. Con eso me basta. De hecho, es demasiado. Juré que nunca volvería a robarlo como hice la primera vez. Perdí el control y te robé el beso, pero no te arrebataré nada más. Por favor, esta noche deja que venere tu cuerpo. Mañana comenzaremos la nueva fase de nuestro viaje.
La besó con pasión e intensidad, y Daisy sintió que se volvía a derretir contra el cuerpo de Tarian.
Sus besos descendieron por el cuello y por todo el pecho, atrapando un pezón erecto y recorriéndolo con la lengua.
Ella gimió mientras los dedos de Tarian descendían hacia el interior de sus muslos y se adentraban en sus bragas.
Sus labios siguieron bajando, dejando un rastro de calor a su paso.
Daisy separó más las rodillas, y él le introdujo dos dedos y los curvó, acariciándola mientras presionaba con el pulgar.
Ella sintió una descarga de placer y entrelazó los dedos en su cabello. La boca de Tarian llegó hasta el borde de las bragas y se las bajó.
—No las vas a necesitar —le susurró, y las dejó caer al suelo.
—Si tenemos que salir huyendo, iré completamente desnuda y tú iras en ropa interior. ¿Crees que es justo?
Tarian se detuvo antes de volver con ella.
Daisy apenas distinguía los rasgos de su rostro en la oscuridad.
Tras asentir, giró sobre sí mismo y se quitó los calzoncillos.
Los dejó caer encima de las bragas. A ella se le hizo la boca agua al verlo, balanceándose con fuerza contra su vientre plano.
La tenía gruesa y larga, la tentaba a que la tocara.
A que la saboreara y explorara. Su mirada recayó en el brillo metálico de la punta de aquel miembro erecto. Hizo una pausa, embelesada. Cautivada.
—Los fae os hacéis piercings en la… —Gimió y luego carraspeó.
Pudo entrever su sonrisa maliciosa.
—¿Te has sonrojado? ¿Qué pasa, doña Superseguradetodo? ¿Es la primera vez que ves un piercing ?
La verdad es que… sí, era la primera vez. O sea, en muchos otros sitios sí, pero nunca ahí . Sabía que existían, pero nunca se los había encontrado. Nunca se le había ocurrido pensar que los fae también se los hicieran.
A Daisy le entraron unas ganas irracionales de probarlo, de recorrerlo con la lengua.
Él gimió, oyendo, evidentemente, sus pensamientos.
—Recuerda ese deseo —le dijo mientras descendía entre sus muslos, con su cálido aliento acariciándole el clítoris—. Tendrás tu oportunidad cuando estés arrodillada delante de mí. Delante de toda la corte.
Esa posibilidad parecía absurda. Ridícula.
Le daba rabia. No obstante, ahora mismo no podía pensar en nada de eso.
Los labios de Tarian descendieron sobre su cuerpo y todos sus pensamientos desaparecieron.
Las preocupaciones de su realidad eran un problema para otro día.
Ahora mismo, estaba ocupada. Había sobrevivido a un monstruo espantoso —otra vez—, había sentido una magia horrorosa y lo único que necesitaba era desahogarse y luego dormir un poco.
En ese preciso instante, necesitaba que su lengua hiciera justamente lo que estaba haciendo.
Le lamió el clítoris y luego lo succionó, pasando la lengua alrededor de su zona más sensible.
Le introdujo los dedos y a Daisy se le pusieron los ojos en blanco.
Ella tiró ligeramente del pelo a Tarian, gimió y arqueó tanto la espalda que seguro que al día siguiente le iba a doler.
La magia le recorrió todo el cuerpo con las sensaciones más complejas que había experimentado jamás, y sintió como si el peso de Tarian la cubriera.
Él en su interior. Él por todos lados. El aire bailoteaba y chisporroteaba con su energía, un crepitar eléctrico que le recorría la piel y se adentraba en su cuerpo.
Su boca ejecutaba una succión maravillosa; sus dedos y su magia colaboraron en un tándem vertiginoso hasta que Daisy perdió cualquier atisbo de autocontrol.
Se convirtió en el animal salvaje que él había pronosticado, gimiendo y rogando y puede que hasta lo llamara dios en una ocasión.
Al borde del límite, cuando se aferraba al precipio y se retorcía de éxtasis, con el control hacía tiempo perdido y su dignidad ya en el pasado, Tarian se apartó y le sopló suavemente en el húmedo y torturado clítoris.
—Serás hijo de… —Se retorció como una posesa, casi llorando del deseo—. Por favor. Por favor. Por favor.
La magia de Tarian se apoderó de ella justo cuando su boca se posaba de nuevo entre sus piernas, y Daisy se deshizo por completo.
El torrente de placer fue tan extremo que hasta le tambalearon los sentidos.
Sus posteriores chupetones le provocaron unas tortuosas réplicas, y entonces él se colocó a su lado, recogiendo su cuerpo tembloroso entre sus brazos y abrazándola con fuerza.
—Déjame al menos usar la mano —murmuró Daisy, sumiéndose en aquella calidez, con los ojos a punto de cerrársele—. Deja que te toque y explore ese cuerpo de escándalo.
—No. Me preocupa que, si lo haces, no sea capaz de controlarme. Que no sea capaz de evitar atarte aún más a mí. Con lo de antes ya basta. Tienes que dormir. Descansa, palomita, porque mañana cambiará todo. No habrá más obstáculos en el camino. Mañana nos adentraremos en el nido de víboras.