Capítulo veinticuatro #4
Supervivencia , pensó ella, porque ¿qué otra cosa iba a ser?
¿De qué otra cosa iba todo ese viaje? Vivir lo suficiente para lograr la libertad.
Para salvarse. Tenía una familia con la que volver, gente que la quería y que se preguntaría dónde estaba.
Que se preguntaría si estaba bien. Detestaba la sola idea de hacerles daño con su muerte. De abandonarlos.
Con eso en mente, miró al techo. A la puerta. Notó un estremecimiento de incertidumbre.
Él negó con la cabeza y se quitó la túnica, dejando a la vista su delicioso pecho, con ese único tatuaje que parecía un collar metálico.
—No hay pisadas —dijo él en voz baja, quitándose los zapatos de una patada y bajándose los pantalones, de modo que dejó a la vista unos calzoncillos humanos.
Daisy enarcó una ceja.
Él los miró y se encogió de hombros con una sonrisa de medio lado.
—Los fae no llevamos mucha ropa interior. Estos bóxeres me parecieron más… cómodos para trabajar.
—No estás trabajando.
Tarian miró a la ventana.
—Y un cuerno que no.
Cierto.
Se acercó a ella, y con la mirada recorrió su cuerpo de arriba abajo, devorando cada centímetro.
Dejó una estela que partió de los dedos de los pies, pasó por el camisón que él le había dado hasta llegarle a los pezones enhiestos de sus pechos.
Él le dedicó una sonrisa sensual y provocadora al notar el fervor latente en sus ojos.
Con solo mirarla la deslumbraba. Le provocaba mariposas en el estómago. En los ojos de Tarian relucía lo mucho que le gustaba su cuerpo y quién era ella.
Sin dejar de sonreír, se inclinó para retirar la colcha de la cama. Luego se irguió, observándola, retándola a ser la siguiente. Retándola a seguir su ejemplo y dar un paso más.
Con la respiración agitada, extrañamente nerviosa, se levantó el camisón sin decir nada y se lo sacó por la cabeza. Aún llevaba puestas unas bragas, pero solo eso, lo que dejaba a la vista de Tarian el resto de su cuerpo.
El fae bajó la mirada poco a poco, recorriéndola entera. Alargó las manos como si no pudiera evitarlo y deslizó las palmas por los costados de su vientre, que luego subió despacio. Con los pulgares acarició el borde de sus senos, sin aventurarse más allá.
—Daisy —dijo, como si le rezara a uno de sus dioses—. Un nombre muy delicado, que encaja tan bien con esta criatura tan pequeña, como una muñeca, que tengo ante mí. Y que oculta de un modo tan perfecto la bestia monstruosa que se agita en su interior. Es un verdadero placer.
Tras echar un vistazo a la persiana, sabiendo que si la protección fallaba iban a morir de todos modos, Daisy apartó de su mente el mundo exterior.
Como la noche anterior, se centró solo en el momento.
En ese momento. No existía una ocasión mejor para hacer cosas de las que pudiera arrepentirse.
Cosas que quizá no fueran muy sensatas. Cosas que había querido hacer desde el momento en que lo conoció en aquella cornisa.
Desde la primera vez que lo vio en aquella playa.
Recorrió con las manos los brazos de Tarian, notando los músculos, hasta los hombros y hundió los dedos en los surcos, deslizándolos por las protuberancias.
Se acercó más a él, ladeando el rostro. Más cerca aún, notando el calor y la química eléctrica que iba y venía entre los dos.
Las manos de él seguían en el mismo lugar, temblando, pero no por la amenaza del exterior.
No por lo que había ocurrido hacía un momento, sino por ese momento. Por ella.
Daisy lo cogió por detrás del cuello e hizo fuerza para atraer los labios de Tarian hacia los suyos. Su otra mano descendió desde el brazo hasta la muñeca y también se la apretó. Le levantó la mano para que le cubriera su pecho y notó el fuego en lo más hondo cuando él ahogó un suspiro.
Sus labios se encontraron, y los dos cayeron sobre el colchón, esforzándose por acercarse aún más.
Ella enganchó el talón en su muslo mientras él la cubría con su peso.
Mientras sus labios devoraban los de ella.
Él la sujetó con más fuerza sobre la cama y se acomodó entre sus muslos, alineando su cuerpo exactamente como ella ansiaba.
Ella pasó la otra pierna por encima de su cadera y los brazos sobre sus hombros mientras sus lenguas bailaban juntas.
Él la embistió con las caderas y Daisy vio las estrellas.
Era mejor que cualquier sensación que pudiera haber imaginado.
Se arqueó contra él, notando que su control flaqueaba.
Que quería dejarse ir, como había dicho él.
Ahora estaban todo lo a salvo que podían estar, con una protección que los separaba de ser despedazados y confiando en una magia de la que no sabía ni entendía nada.
Se tomaría las cosas tal y como vinieran. No había otra forma. Ahora mismo, no.
Tarian movía sus caderas eróticamente contra ella, y a Daisy se le tensaron las piernas.
Se le entornaron los ojos. Tenía que parar y quitarse la ropa que se interponía entre ambos.
Necesitaba saciar por fin esa ansia por él, sentirlo más adentro.
Dejar que la devorara. Pero aquello se sentía tan jodidamente bien… Joder, era perfecto.
El beso se intensificó. El deseo de Daisy floreció hasta hacerse demasiado grande para contenerlo.
Demasiado para entenderlo. Se aferró a él mientras se retorcía, mientras él la presionaba con fuerza, con embestidas implacables que daban en el blanco.
Daisy alcanzó el clímax y se deshizo, temblando contra él.
Él gimió y tembló con ella, agarrándola más fuerte y hundiendo la cara en su cuello.
Ella se estremeció mientras Tarian respiraba hondo, besándole la piel e incorporándola de nuevo para depositar un suave beso en los labios.
Daisy alargó la mano entre los dos, sabiendo que podía dejarlo listo para el segundo asalto, para el de verdad. Mientras enganchaba los pulgares en el interior de sus bóxeres, él bajó las manos y detuvo las de Daisy.
—No —murmuró en sus labios—. No te arrebataré esto. Me odiarás antes de llegar al final. Lo lamentarás.
—No lamento lo de tu beso. —Y se lo demostró besándolo—. Disfrutemos de esta sensación mientras podamos. Quién sabe si la volveremos a sentir. Lo nuestro, tú y yo, nunca será eterno, puesto que uno de los dos está destinado a matar al otro, pero hagamos que este momento sea increíble.
Él le succionó el labio inferior y se echó hacia atrás.