Capítulo veinticuatro #2
Silencio , pensó lo más alto posible. Le habían dicho que podía transmitir, así que supuso que dependía de la fuerza del pensamiento. No perdía nada. Activad la protección. Tenemos que activar la protección.
Lennox levantó una trampilla que había en un extremo de la cabaña y le hizo un gesto para que se acercara. Los dos de la mesa se levantaron y corrieron hacia allá mientras Tarian chocaba con su espalda. La agarró de los hombros y la dirigió hacia donde los demás empezaban a bajar.
Tenemos que cerrar todos los accesos al edificio para activar la protección , le explicó Tarian. No hay manera de saber cuánto tiempo estará por aquí la criatura. Iremos a nuestros dormitorios y esperaremos allí. De todas maneras, es hora de ir a dormir.
Una oleada de escalofríos le recorrió todo el cuerpo. Se giró lentamente, paralizada por el temor que sentía.
—Baja —susurró Daisy, sabiendo lo que se avecinaba. Percibiéndolo—. Date prisa, Tarian. Baja. —Le costaba mucho respirar.
Él la agarró de la mano mientras ella se giraba del todo. Mientras echaba un vistazo por la ventana. Mientras cruzaba la mirada con una enorme criatura solo imaginable en las pesadillas.
El cuerpo de la criatura apenas quedaba oculto entre los árboles.
Unos enormes colmillos amarillentos sobresalían de unas encías negras y rojizas.
La cabeza le recordó a una versión más achatada de un hombre lobo: el hocico alzado como el de un can, pero la frente extrañamente humana.
De la cabeza le salían unas orejas como de murciélago y el cuerpo parecía el dibujo de un gorila hecho por un niño de cinco años sin ningún sentido de la proporción.
En las manos tenía garras tan grandes como la propia Daisy, y en un par de segundos destrozaría aquella cabaña central.
¡Vamos! , le gritó Tarian en la mente, tirando de ella hacia la trampilla.
La presión de las pisadas hizo retumbar el suelo. Su rugido intentó paralizarla, pero resistió y arrastró a Tarian con ella. Lennox esperaba al final de una escalera.
Cógeme , gritó Daisy, dejándose caer hacia abajo. Él la sujetó por los costados y la apartó rápidamente de la abertura.
Un estruendo de destrucción sacudió el suelo sobre sus cabezas y ahogó cualquier otro sonido. La madera se astilló y el metal chirrió de forma agónica. La criatura acababa de embestir la estructura. De nada serviría activar la protección.
Tarian entró de un salto, agarrándose al borde de la trampilla.
Se soltó en el último momento. El golpe seco de la madera al cerrarse quedó ahogado por el resto del caos.
Se apagaron todas las luces. Notó el contacto de las manos de Tarian, apretándola contra él, y luego vio imágenes que se filtraban en su mente: un túnel iluminado con una especie de luz ultravioleta.
Cerró los ojos mientras él la guiaba. Un gruñido estructural inundó el túnel. Se desprendieron polvo y rocas de las paredes. El suelo entero tembló.
Otro rugido, esta vez uno frustrado, como la primera vez que perdió de vista a Daisy. Luego, un temblor.
Lennox aminoró el paso, dispuesto a detenerse. Dispuesto a sucumbir al botón de la parálisis mágica. Al miedo. Los que iban delante de él también lo hicieron. Daisy los obligó a seguir avanzando, y Tarian con ella.
El túnel desembocaba en una zona circular con cuatro caminos distintos.
Dos de los hombres se detuvieron frente al primero de la derecha y miraron hacia Tarian.
Él apretó la mano sobre el hombro de Daisy.
Ella vio que asentía desde su punto de vista, pero no le contó lo que se habían dicho.
La mujer se desvió a la izquierda y también se detuvo.
Un nuevo rugido y más paredes que se derrumbaban.
Sonó como si atravesara los escombros a pisotones.
Vamos, palomita , dijo Tarian, poniéndose delante de ella y cogiéndola de la mano. Había vuelto a convertirse en un héroe de acción.
A pesar de lo terrorífico de la situación, notó que el fae volvía a tener buen humor.
El túnel se curvó, y Tarian lo siguió hasta que llegaron a una bifurcación. No dudó en ir por la izquierda. Allí ralentizó el paso, sigiloso, sin hacer ruido. Ella lo siguió, agarrada a su mano, con los párpados apretados, viendo a través de los ojos de él e intentando no tropezar con sus pies.
El túnel llegó a un callejón sin salida con una escalera, distinta a la de la cabaña central destruida. Tarian se detuvo con una mano apoyada en un peldaño y la otra sujetando la de ella mientras miraba hacia el túnel por el que habían llegado. La tierra volvió a temblar.
Daisy se vio a sí misma en la mirada de Tarian y no se pudo creer lo segura e impresionante que parecía, con una expresión decidida y cara de pocos amigos.
Parecía dispuesta a salir y enfrentarse a aquella bestia con una sola mano.
Era memoria muscular, evidentemente. No mostrar temor para que el enemigo, acosador o criatura mágica que odiaba a los chésteres no creyera que era débil y una presa fácil.
Sin embargo, por dentro, estaba muerta de miedo.
¿Has dejado la puerta abierta o cerrada? , le preguntó Tarian.
Daisy se devanó los sesos, intentando recordar.
Él le acarició el rostro con delicadeza, recorriéndole la mejilla con el pulgar.
No pasa nada , le dijo. Puedo buscar en tus recuerdos…
Abierta, creo , reconoció.
Las cosas están así: tenemos que ir los dos arriba y cerrar la trampilla y la puerta principal para poder activar la protección.
En cuanto lo haga, la protección convertirá en indestructible esta cabaña central, como la llamas tú.
Podrá pisotearla todo lo que quiera y lo único que conseguirá será hacerse daño en los pies, ¿de acuerdo? Entonces podremos descansar.
Debería ser yo quien suba , dijo Daisy a regañadientes, agarrándole la túnica suave. Él también se había aseado. Sé cómo es su versión del peligro. Deja que vaya…
Él le puso el pulgar en los labios.
Irás justo por detrás de mí, palomita…
Sin embargo, ella ya se había escabullido y había pasado por delante de él, hacia la escalera, con la sensación en las tripas de que era algo que tenía que hacer.
Que estaba conectada con aquella criatura y que era la más indicada para garantizar la supervivencia de todos.
Al menos en aquella primera parte del plan.
Percibió que él movía la cabeza de un lado a otro, confundido pero intrigado de que fuera capaz de ignorarlo y salirse con la suya con tanta facilidad.
Daisy sintió su absoluta negativa a dejarla ir por delante, pero habían hecho un pacto de confianza mutua en las cuevas, cuando sus vidas dependían de ello.
Así que, sencillamente, suspiró. Cambió de postura y, al final, accedió:
De acuerdo, Daisy, pero ve con cuidado. Si no lo logramos, dormiremos en este túnel.
¿No podemos pedir que nos dejen entrar en una de las otras cabañas?
No si ya han activado las protecciones. No nos oirán llamar a la puerta y tampoco podremos comunicarnos con la mente.
Pero no pasa nada. Esa criatura no se quedará ahí fuera eternamente, y no puede escupir fuego ni cabe por estos túneles.
Si no pudiéramos cerrar esa puerta, pasaremos una noche incómoda juntos y ya está. No ocurrirá nada. Tenemos opciones.
Siempre y cuando no la viera en el peor momento posible y la matara antes de que pudiera volver al túnel.
Sí, siempre y cuando no pase eso… , dijo él.
Ella negó con la cabeza y percibió un relámpago de incertidumbre en su propio rostro antes de volver a adoptar una expresión impasible. Se preguntó con qué frecuencia dejaba que se trasluciera esa expresión, aquel vistazo físico a lo que realmente ocurría dentro de su cabeza.
Cada vez que haces algo que requiere mucha valentía, le susurró Tarian en su mente, como una caricia. Con la herida adecuada, todos somos mortales.
Debía de ser un dicho feérico: inmortal, hasta que te matan.
Asintió y tanteó los peldaños, llegó arriba y echó a Tarian de su mente. Él se alejó de inmediato al percibir su necesidad de espacio. O quizá Daisy empezaba a cogerle el tranquillo.
Puso la mano en el cerrojo y se fijó en su entorno.
Las tierras salvajes la esperaban, astutas, traviesas y juguetonas y listas para jugar a juegos violentos, divertidos o ambos, a saber.
Pero, en medio de todo eso, estaba el darkrend .
Retorciendo, revolviendo y reduciendo a cenizas la naturaleza exuberante a su alrededor.
Una lacra. Un desequilibrio. Estaba más claro que el agua, como poder distinguir si alguien era mágico o no solo con observar cómo se movía, observar cómo interactuaba.
En el fondo, no era más que otra sensación. Como esta.
Tenía un gran instinto; Zorn siempre lo había dicho. Se había guiado por él, como aseguró siempre que haría.
El darkrend buscaba, observaba, destruía. Su atención estaba en otro sitio, pero el enorme agujero que suponía la puerta de entrada a la cabaña seguía abierto. La luz de la luna que entraba por la ventana bailaba por el espacio oscuro.
Entreabrió lentamente la trampilla. Tarian se acercó a sus pies, con el pecho tocando sus tobillos desnudos. Estaba listo para salir detrás de ella.
Ojos que no ven… , pensó Daisy para sí misma.
La trampilla se abrió en dirección opuesta a la pared, protegiéndola.
Echó un vistazo, y solo pudo ver una rendija de la puerta principal.
A través de ella, la luz de la luna mostraba al darkrend en todo su apogeo, abriéndose paso entre los estragos que había provocado e intentando llegar abajo.
Sabía que Daisy y los demás habían desaparecido por allí dentro.