Obsidian (Los fae de las sombras 1) Capítulo veinticuatro
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Capítulo veinticuatro

M ás almas aparecieron en su radar y oyó jadeos, pasos que crujían sobre el suelo y, en general, demasiado silencio para tratarse de un grupo tan grande. Tarian no le había mentido. Seis de ellos aparecieron para darle la bienvenida. Sumados a los otros cuatro, eran diez en total.

Daisy colgaba como una muñeca de trapo de la espalda de Tarian; decidió que, ya puestos, podría seguir su ejemplo y entregarse al dramatismo.

Tenía los brazos colgando y también la cabeza, con lo que su pelo caía por la espalda de él.

Empezó a ver unas manchas de color y cerró los ojos.

Percibía las almas. Sabía que se estaban congregando alrededor para echar un ojo a ver qué traía el fae.

Su juguete, señoras y señores; nada más y nada menos que su juguete. Su entretenido objeto de diversión. Qué alegría.

Sois unos miserables desgraciados. Ojalá cojáis todos hongos en los pies y os muráis a consecuencia de las complicaciones.

Alguien soltó una carcajada y se rio por lo bajo. Ella no le veía la gracia a aquella situación.

El suelo bajo los pies de Tarian pasó de tierra a algo parecido a arena.

Algo blando que lo hizo cojear aún más. Después llegó un crujido, como grava o piedra.

Era evidente que habían arreglado aquella finca.

Luego sus pasos resonaron sobre algo parecido a madera, hueco como el porche de una casa.

Unos goznes metálicos chirriaron y los recibió el aire fresco.

Se estremeció por el cambio, pero suspiró aliviada.

Su cuerpo no advirtió que estaban en un refugio seguro, pero su mente sí.

—Vamos allá. —La bajó, poniendo la rodilla en tierra y sujetándola por la espalda. Se apartó y ella abrió los ojos, pero era bastante raro mirar a alguien sin poder discernir los detalles—. Mira, aquí hay una cama. Échate. Te traeré un poco de agua.

La imagen de la estancia inundó su mente.

Listones de madera en vez de paredes, algo parecido a una cómoda en un lateral y dos ventanitas.

La cama que tenía delante ocupaba casi todo el espacio restante; era del tamaño de la que había en la cabaña en la que habían dormido la noche anterior.

Al parecer, iban a compartir espacio otra vez.

—No nos sobran las camas —explicó Tarian mientras le servía agua—. Puedes dormir en el suelo si quieres, pero sin alfombra no te resultará muy cómodo.

—Qué caballeroso… —soltó ella, sarcástica, y se sentó en el borde de la cama. El cuerpo entero se le aflojó del cansancio.

—Nunca he dicho que lo fuera. Además, no era yo el que se arrimaba anoche.

—Sí que eras tú, sí. Yo estaba en mi lado de la cama —aseguró Daisy con tono arrogante.

—Mmm.

Notó que su alma se aproximaba y abrió los ojos cuando se le acercó. Entre el borrón de luz palpitante que ocupaba la mayor parte de su visión, distinguió su mano y cogió el vaso de agua. Le palpitaba la cabeza.

—Gracias.

—Bebe. Te traeré más. Niall está cocinando y Kalia está preparándote algo con lo que te puedas lavar. Buscaremos algunas prendas adecuadas de las mujeres. Seguro que alguna cosa te queda bien.

Daisy se bebió el agua y esperó pacientemente a que le siguiera rellenando el vaso hasta que pensó que ya no era prudente beber más.

Tarian le puso un paño húmedo en la frente y lo dejó un momento, deslizando sus dedos por un lado de la cara de Daisy hasta posarlos sobre su hombro.

Pese a las continuas ganas de pegarle un puñetazo tras su numerito, la suave sensación de su contacto era más maravillosa y reconfortante que el paño. Notó que se le relajaban los músculos.

—Volveré pronto con comida. Descansa. Aquí estamos a salvo. Cada una de estas cabañas tiene su propia protección mágica. Una vez activada, no dejará entrar a nada ni a nadie. Lo haré cuando vuelva. Tú lo único que tienes que hacer es descansar hasta que amanezca.

—¿Y luego?

Él hizo una pausa.

—Ya nos preocuparemos de eso en el momento oportuno.

Cerró la puerta con suavidad al salir, y Daisy se deslizó el paño húmedo hasta los ojos y respiró hondo, dejando que el dolor de cabeza siguiera palpitando.

Luego se dirigirían al Reino de la Obsidiana, claro está, donde comenzaría la siguiente fase de su viaje de supervivencia.

La fuerza bruta y la espada no le bastarían allí.

También necesitaría astucia y alevosía. Harían falta engaños e intrigas.

El semidiós Kieran había empezado a entrenarla para aquello cuando tenía quince años.

Había demostrado tener madera en la primera cumbre de semidioses, en la que había conocido a Tarian.

Desde entonces no había dejado de estudiarlos, ayudando donde podía, acudiendo a reuniones cuando la dejaban.

Le resultaba fascinante. Intrigante. Hasta divertido.

Aunque, estos últimos años, habían sido siempre Kieran y Lexi quienes jugaban a ganar. Ahora le tocaría a ella, y no contaba con un equipo que la aconsejara. Jugaría en solitario y descubriría hasta qué punto podía medirse con los fae.

Se despertó sobresaltada. La habitación permanecía oscura y silenciosa. Una extraña sensación le reptaba por la piel.

Miró a su lado y Tarian no estaba. Hacía ya rato que había vuelto de buscar comida, cuando el sol aún iluminaba las cortinas que él había levantado, pero que volvió a bajar para darle un poco de privacidad a Daisy para asearse.

Dijo que volvería después de tratar unos asuntos con los Caídos .

No había manera de saber cuánto tiempo hacía de eso.

Se sentía muchísimo mejor. El dolor de cabeza ya solo era una leve palpitación. Seguía cansada y necesitaba dormir más y, pronto, volver a comer, pero en conjunto se encontraba bien.

Se incorporó, con esa extraña sensación de inquietud, como si algo no fuera bien. Aunque, a decir verdad, ¿qué iba bien? Era rehén en una tierra extraña con un futuro incierto. Aun así…

Entornó los ojos en la penumbra; la densa oscuridad insinuaba horrores inimaginables. La magia se arremolinaba y retorcía a su alrededor, agitándose en el silencio de aquel espacio.

Notó el suelo frío en los pies mientras cruzaba la estancia y volvía a levantar la persiana.

El suave resplandor de la luz de la luna bañó su piel y el camisón que le había dado Tarian para que se lo pusiera.

La negrura se movía entre los árboles y arbustos cercanos.

Cubría por completo la llanura de hierba.

Ahí fuera, en la noche, no se movía nada.

A diferencia de antes, cuando se había aseado y vestido y había comido, no se oían aullidos extraños ni extravagantes cantos de pájaros.

Ni una sola criatura se escabullía entre la maleza.

En ese instante no se oía nada. Era como la ausencia de sonido.

Como si todo en esa zona hubiera desaparecido.

Como si se hubiera instalado allí un gran depredador.

Esta vez sintió escalofríos por todo el cuerpo. La inquietud empezó a oprimirle el pecho. Lo supo antes de que la voz sonara en su mente.

Está aquí.

Joder si estaba allí. El darkrend . Casi podía sentir su esencia antinatural mientras se desplazaba por el tejido y los pliegues mágicos de las tierras salvajes.

Mientras vertía su maldad en aquellos paisajes exuberantes y extraños.

Era como una enfermedad para aquel lugar, que alteraba el orden natural y arrugaba lo que debería ser liso.

Ahora sientes el peligro , dijo la voz. Préstale atención.

Al parecer podía sentirlo. Así que le hizo caso.

Cruzó la estancia a toda prisa y abrió la puerta de golpe.

El porche de madera daba paso a unas piedras pequeñas, algo parecido a la gravilla.

No se molestó en volver a por sus zapatos.

No tendría tiempo. Ignoró el dolor mientras corría sobre las piedras, evaluando rápidamente el conjunto de cabañas dispuestas en un gran círculo, al parecer, con un núcleo central.

Si Tarian no dormía en ese núcleo, ese debía de ser el lugar de reunión.

Se golpeó con fuerza el talón con el pico de una roca.

Ahogó un grito de dolor, pero no se permitió perder velocidad.

Quería golpear la pared o gritar para avisarlo, pero no tenía forma de saber dónde se encontraba exactamente la criatura.

La pared de la cabaña central terminó y dio paso a un amplio porche.

Rodó por debajo de la barandilla y se subió.

El rugido hizo que el miedo se le instalara directamente en el corazón.

Las ramas crujían y se quebraban. La presión de unos pies gigantescos al caminar hacía vibrar las rocas.

Se apresuró a cruzar el porche e ir hacia la puerta justo cuando esta se abrió.

Una suave luz la bañó y Lennox, ojiplático, frenó en seco.

El terror se reflejaba en cada centímetro de su cuerpo.

—¡Ponte a resguardo, idiota! —le chilló Daisy, empujándolo de nuevo hacia dentro.

Arrastraron el cuerpo de Lennox hacia un lado y en su lugar apareció Tarian, que la cogió de los hombros, giró apresuradamente y la empujó hacia el interior. La soltó y cerró la puerta de golpe mientras otro rugido sacudía las paredes. Le empezó a temblar el cuerpo.

—¡Id abajo y activad la protección! —chilló Tarian mientras corría como un rayo hacia el rincón para apagar la luz.

Daisy se volvió hacia Lennox, que estaba paralizado. Nunca antes había estado tan cerca de un darkrend . La curva de aprendizaje estaba siendo dura.

En un rincón había una mujer guapa, con el mismo tipo de peinado que los demás y los ojos abiertos como platos de la impresión. A su lado estaba Niall, con aspecto perplejo, lo que suponía una respuesta muy extraña a aquella situación.

—¡Vamos, vamos, vamos! —les chilló, haciendo aspavientos con el brazo.

Lennox fue el primero en reaccionar cuando un temblor retumbó en aquella estancia. La criatura los estaba buscando. O no había visto a Daisy un momento antes o, cuando dejó de verla, le había perdido la pista. Esperaba que fuera lo segundo, porque eso indicaría que no era una bestia muy lista.