Capítulo veintitrés #3
—Si no lo quieren oír, que no escuchen lo que no les incumbe. Mi cabeza es un lugar privado. Dejad de fisgonear y nos llevaremos estupendamente.
—Es que prácticamente gritas tus pensamientos. Es difícil no oír esas puñeteras cosas —se quejó Darryn, el de la trencita a cada lado de la frente—. Yo las oigo, ¿sabes? —Echó la vista atrás para mirarla con rostro adusto—. Y sí, tengo una gran personalidad.
Alguien más atrás soltó una carcajada.
—Interesante sitio para guardar el cuchillo. —Niall, el otro que iba delante, comentó aquello sin siquiera girarse a mirar—. ¿Fue idea tuya o de Tarian?
Tarian no contestó, pero, al cabo de un instante, un par de ellos soltaron una risita. Era evidente que les había contestado sin palabras.
—Como ya habrás comprobado, es más fácil transmitir información mentalmente —le dijo—.
Eres nueva en esto, así que no lo haremos tan a menudo, pero es la principal manera de comunicación de los Caídos .
Puedes recibir nuestros pensamientos y así, cuando sea relevante, los compartiremos contigo.
Evidentemente, puedes enviar tus pensamientos y los oiremos.
Cuando alguno de nosotros quiere guardárselos para sí, nos protegemos la mente. Te enseñaremos a hacerlo.
—¿Por qué? —preguntó Daisy.
—Porque distraes muchísimo —masculló Lennox—. Además, ¿qué es un vikingo?
Un cretino sarnoso y sucio que violaba y saqueaba a su paso por toda Europa , pensó gruñona.
—Sus pullas son peores cuando las piensa —gruñó Lennox—. Mucho más soeces.
—Yo que tú me quedaría con sarnoso y sucio, sin más —intervino Niall—. Por lo menos piensa que eres guapo, aunque seas esas otras cosas.
—Cuidadito, Niall —dijo Ryoden con un tono de voz agradable—. Si sigues así, perderás puntos de personalidad. Y entonces ¿qué te quedará?
—Un hermano feo —contestó Niall, y todos se echaron a reír entre dientes…, menos Darryl, que fingía no estar escuchando.
—Esta chica es como una narración en directo de todo lo que pensamos pero somos demasiado educados para decir —comentó Niall entre risas—. Aún no sé si me gusta o no.
—Cuando no habla de ti, diría que sí que te gusta, ¿eh? —señaló Lennox con voz grave y profunda.
—Sí. A eso me refiero.
Siguieron con las pullas y las bromas durante el resto del trayecto, que, por suerte, no fue largo.
Pero sí caluroso, y mucho. Sufrieron un implacable sol de justicia sin el menor soplo de brisa.
A Daisy el sudor le caía a chorros por la cara y se le acumulaba en zonas donde habría preferido que no lo hiciera.
Se terminó el agua de su odre y rechazó la que le ofreció Tarian para no mostrarse tan frágil como la habían retratado.
Además, el que sangraba era él, no ella.
La noche anterior él lo había pasado peor. La necesitaba más que ella.
De vez en cuando, los tipos de delante echaban una miradita hacia atrás, y ella apartaba la vista para evitar cruzarla con ellos.
Era evidente que Tarian les estaba relatando el viaje mediante la comunicación mental, pero nadie reaccionaba; ni un resoplido, ni una risa, ni una burla…
, nada. Lo agradeció. Prefería no saber nada de lo que pensaban sobre su viaje y sus varios traspiés e infortunios.
La única ventaja era que aquella charla mental funcionaba casi como una conversación normal.
Dos personas hablando a la vez resultaba confuso, así que, mientras ellos se comunicaban entre sí, no parecían ser conscientes de los pensamientos de Daisy.
Ella dejó que su mente vagara libremente, pensando en distintos momentos del viaje mientras observaba las plantas y la vegetación que encontraban a su paso.
En cierto momento, se le coló una melodía en la cabeza y pensó en su familia mientras la cantaba mentalmente.
Debían de estar cabreados por no poder encontrarla.
Muertos de miedo por que le hubiera pasado algo.
Ojalá no se culparan por ello. Ojalá no la hubieran seguido.
Aquello le provocó una oleada de miedo que le oprimió el corazón, así que cambió de tema, pensando en la escaramuza con aquellos fae y en cómo lo podría haber hecho mejor.
Había ignorado por completo a Tarian, y eso había sido un error.
Debería haberle lanzado al menos un arma para obligarlo a reaccionar.
Quizá así habría ganado esos segundos extra necesarios para alejarse de él.
Aunque, claro está, él la habría vuelto a localizar. Huir había sido una estupidez y un desperdicio de energía, pero en aquel momento no había tenido tiempo de pensar y, según recordaba, era mejor huir que entregarte en bandeja para que alguien te entierre cuando le apetezca.