Capítulo veintitrés #2
—¿No te importa que valoren tan poco tus habilidades, pero sí la suciedad que has acumulado mientras intentabas sobrevivir? —preguntó Tarian, divertido.
—Mi mayor fortaleza es que me subestimen —respondió ella—. Prefiero que sea así mientras mi aspecto sea bueno. Tengo unas pintas lamentables.
—Eres muy vanidosa.
—Mira quién fue a hablar.
—Pues sí que puedo hablar. Yo también soy muy vanidoso. Como se suele decir, para serlo hay que reconocerlo.
Daisy le agarró la mano y dejó que la levantara mientras iban pasando el resto de los recuerdos.
¿Puede utilizar el cuchillo de verdad o solo para comunicarse? , preguntó don Patético.
¿Todos los humanos tienen este aspecto tan frágil?, inquirió don Débil. Podría partirla por la mitad. ¿Cómo has conseguido mantenerla con vida?
El plan de Tarian había sido sencillo: amenazarla y observarla bailar. Por el motivo que fuera, había intentado que luciera sus habilidades. La había manipulado para que diera la impresión de que era idiota.
—Ni por asomo —susurró él, acercándosela hasta que la energía fluyó entre los dos. La química que tenían la hacía vibrar.
El siguiente punto de vista fue el de los ojos de Tarian, en aquellos colores intensos, observándola girar y dar vueltas.
Bailando como un duendecillo. Como una salvaje.
Belleza en movimiento. Daisy notó el resplandor del orgullo de Tarian.
La satisfacción vanidosa por lo que ella era capaz de hacer.
Pensaba que era portentosa y quería lucirla ante los suyos.
Su juguetito era un espectáculo inédito y hermoso.
Daisy apartó ese sentimiento. Ya la había engañado una vez…
—Y supongo que eso significa que no me vas a vender. —Se apartó de él.
—No existe oro suficiente en todos los reinos. —Sacó el cuchillo de Daisy—. Quiero hacer un trato contigo.
—No hago tratos con fae. —Hizo una pausa—. Excepto en aquello del beso, pero ahí me engañaste.
—Necesitarás esto —explicó Tarian, agitando ligeramente el cuchillo—.
En las tierras salvajes y más allá, querrás disponer de una manera de protegerte.
Quiero permitirte esa libertad. Pero … no puedo dejar que mates a mis Caídos .
Sé que lo intentarás. Pero solo quedan diez rechazados .
—Ahí estaba otra vez ese acento marcado—.
Son todo lo que tengo. Y todo lo que tienes tú.
Son mi protección y, por esa misma razón, la tuya.
Me aseguraré de que tengas un montón de enemigos que matar.
Podrás verter toda la sangre que quieras.
Pero a ellos perdónales la vida. No tienen ninguna culpa de esto, como tú.
Aquí el villano soy yo. A fin de cuentas, si tuvieras que matarme, sería el final de todo esto.
Puedes intentar matarme todas las veces que quieras.
Me encanta jugar a eso. Ven a por mí, no a por ellos.
Daisy deseó poder leerle la mente para ver si estaba mintiendo. Le había dicho que no podía, pero ¿cómo creérselo ahora?
Muy fácil , dijo él. No mentía hace un momento. Piénsalo y verás. Te dije que se me daba muy bien jugar con las palabras. Tampoco te mentí en eso. Todos los fae pueden hacerlo, aunque algunos mejor que otros. Yo me he convertido en el mejor de todos.
Tampoco sabía por qué negociaba en nombre de otros. Prácticamente ofreciéndose en el lugar de ellos. Eso no parecía ir con su estilo.
A pesar de sus palabras, no sabía cómo confiar en él. La reciente situación le seguía doliendo. Necesitaba más piezas de su historia.
—Y las tendrás, antes de llegar al final, aunque probablemente desearás no haberlas tenido —le aseguró—. De todos modos… —Levantó aún más el cuchillo—. Te devolveré esto si no intentas matar a los Caídos. A ninguno de los diez. Nunca.
Ella le puso cara de fastidio.
—¿En serio? ¿Nunca? ¿Y si vienen a rebanarme el cuello me quedo silbando y miro hacia otro lado?
Una sonrisa intentó asomarse a su seria apariencia.
—Te devolveré el cuchillo…
—¿Durante cuánto tiempo?
La sonrisa de Tarian se hizo más amplia.
—Te devolveré el cuchillo… para siempre, solo te lo cogeré prestado si tu vida está en peligro o si tú quieres. A cambio, no matarás ni herirás de gravedad a mis Caídos , a menos que intenten matarte. Si tuviera que quitarte este cuchillo, se rompe el trato.
—En cualquier momento en el que no tenga esa arma en mi posesión, se romperá el trato.
Ahora sonreía de oreja a oreja.
—No dejas de sorprenderme e impresionarme una y otra vez. También me sigues ayudando a enviar mi mensaje. De acuerdo, vamos a ver si lo he entendido bien…
Pero no acababa de entenderlo. Siguieron en ello unas cuantas rondas más, modificando y ajustándolo hasta que ambos quedaron conformes con el trato. Cuando acabaron, Daisy quería desplomarse de cansancio y hambre.
—Sí, volvamos —dijo este, entregándole el cuchillo y la funda, que se le había caído a Daisy durante la refriega.
Los demás esperaban donde los había dejado, no tan erguidos y altos como cuando se los había encontrado en el camino. También tenían unos cuantos agujeros más. Y unos pocos cortes y rasguños nuevos.
—Daisy, estos son cuatro de mis diez Caídos —anunció Tarian mientras cojeaba a su lado.
—¿Qué significa eso de «los caídos»? —preguntó ella.
—Que abandonaron su posición en la alta sociedad y dentro de la corte por mí. Me tomo muy en serio su lealtad.
Se preguntó por qué harían eso por él, pero no dijo nada. Sin duda se enteraría de más cosas mediante la observación y el análisis.
Tarian ladeó la cabeza, oyendo su pensamiento.
—Este es Lennox.
Señaló a un espécimen de casi uno noventa con la misma complexión musculosa que tenían todos, la señal de que era un guerrero.
Llevaba el pelo trigueño medio recogido en la coronilla y luego le caía alrededor del rostro, por la espalda y los hombros con ondas suaves.
Unas cuantas trenzas mantenían parte del cabello controlado, pero por lo demás era largo, salvaje y bastante bonito.
La barba rojiza estaba sujeta justo bajo la barbilla con una especie de anilla adornada con una pieza metálica.
Alrededor del cuello llevaba cordones de cuero, amuletos y trenzas de cuero que colgaban sobre su pecho, visiblemente tatuado.
Excepto por el que ella le había cortado, y que ahora sostenía en el puño.
Un batiburrillo parecido de tatuajes le cubría los brazos y le adornaba las piernas aquí y allá.
Era como si hubiese estado en la cárcel, se hubiera aburrido y hubiera empezado a tatuarse él mismo.
Era de nariz recta y afilada, y sobre sus ojos azul cielo se cernían unas cejas claras y ligeramente caídas.
Era atractivo, aunque su gusto para las joyas era espantoso, y tenía el mismo aspecto que los vikingos de los libros de historia de los chésteres.
Daisy se preguntó si los que habían conquistado tierras saqueando y arrasando con todo no habrían sido en realidad fae. Tendría mucho sentido.
—Ryoden —dijo Tarian, señalando a otro ligeramente más delgado.
El tipo llevaba el pelo negro liso, con el mismo moño alto, un par de trenzas y mechones de pelo más fino que le caían por la espalda.
Tenía la cabeza medio rapada, con una línea ondulante que la cruzaba, como una calcomanía.
Los otros dos lo llevaban igual. Supuso que el vikingo lucía un estilo parecido oculto bajo esa melena.
Ryoden no tenía vello facial, lo que dejaba a la vista una mandíbula cuadrada y un mentón hendido. También era guapo.
Permíteme que te recuerde lo que sucedería si tus labios se posaran en otro que no fuera yo. No quiero tener que matar a uno de mis hombres, dijo Tarian con un tono sarcástico.
Daisy sonrió por el atisbo de posesión de su voz.
Los otros dos, Niall y Darryn, se parecían bastante, como si pudieran ser hermanos.
Algo más bajos que los demás, rondaban el metro ochenta y habían sido los últimos en intervenir en la pelea.
La larga trenza de Niall le caía sobre el hombro y le llegaba al estómago.
El resto de su cabello, fino y ralo, le caía suelto por la espalda.
Le hacía falta un buen corte. Darryn llevaba una trencita marrón oscuro a cada lado de la frente con un cordón o cinta blanca o algo que la entretejía.
El semirrecogido de la coronilla parecía deshecho, como si alguien hubiera tirado de él, y más trenzas con cintas salpicaban el resto de su pelo fino y lacio.
Esperaba… sinceramente… que tuvieran una gran personalidad.
Aparte de no llevar camisa, todos vestían una especie de falda con piel alrededor de la cintura y un emblema metálico redondo en el lugar que acostumbraba a ocupar la hebilla del cinturón.
La piel colgaba en algunas zonas, creando bolsillos normales o de adorno en un tejido que, por lo demás, era holgado y vaporoso.
Si Boman fuera de los que llevan kilt , le interesaría esta moda. Se preguntó si llevarían algo debajo.
Las vendas tapaban las numerosas heridas, y la sangre les manchaba los dedos y la piel.
Hizo un gesto con la cabeza a modo de saludo. Ellos la miraron fijamente. Desde luego, aquello empezaba de maravilla.
—Será mejor que nos pongamos en marcha. —Tarian le puso la mano en el hombro a Daisy—. Esto está inusualmente calmado desde que salimos de la estación y tiene intranquilos a los Caídos .
Ella y Tarian caminaron uno junto al otro mientras los demás formaban un cuadrado a su alrededor, avanzando medio metidos entre la hierba y la maleza para mantener la formación.
Era un poco ridículo, la verdad; al menos mientras no los acechara nada.
Podían caminar por el sendero como la gente normal y dejar de hacer tanto ruido.
—No has preguntado si tienen magia para leer la mente —dijo Tarian en voz baja.
—Contigo de carcelero, me da igual si la tienen o no. Supongo que les dirás las cosas importantes si no las pueden oír.
—Pues sí que la tienen. Todos mis Caídos tienen ese don. —La miró de reojo—. Lo digo por si quieres moderar algunas de tus observaciones mordaces.