Obsidian (Los fae de las sombras 1) Capítulo veintitrés
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Capítulo veintitrés

L a voz de Zorn: «Si te puedes salvar tú sola, no esperes. Huir te ofrece más probabilidades que estar encerrada en una caja». Tarian se apartó. El más alto de los hombres avanzó para atraparla.

Experimentó un instante de dolor y confusión por el engaño.

Un momento de vulnerabilidad mientras se esforzaba por procesar los actos de Tarian.

Le había estado mintiendo sobre muchas cosas, y ella había bajado la guardia como una estúpida.

Con todo lo que habían vivido, con todo lo que habían trabajado juntos, en el fondo siempre había tenido en mente joderla.

Sin embargo, solo se tomó ese instante, porque él siempre dijo que lo haría. Debería haber estado preparada. Debería haberlo visto venir. Había sido una idiota por olvidar que era él quien había provocado la grave situación en la que se encontraba.

Así que reprimió el dolor pasajero y enseguida lo transformó en rabia y acción.

Se abalanzó sobre ellos. Eran corpulentos y fuertes, pero ella era rápida y tenía mucha experiencia en luchar contra varios enemigos a la vez, casi siempre más altos que ella.

«Gracias, Kieran, por regalarme el entrenamiento con tus chicos» .

Solo les haría el daño suficiente para liberarse de ellos y después huiría.

Tendría que llegar bien lejos, hacerlo rápido, ocultarse.

O, qué coño, arriesgarse con las tierras salvajes.

Se fijó en los dos que iban en la retaguardia, luego se agachó y les golpeó, acuchillando al primero en la parte interna del muslo. Ahí duele de cojones. El tipo se tambaleó.

El otro la agarró del pelo, y Daisy lo apuñaló en la barriga.

Él le dio un tirón fuerte, pero a ella no le hacía falta el pelo, así que dejó que le arrancara cuanto quisiera.

Ya le volvería a crecer. Le pegó un tajo bajo el brazo, le propinó un rodillazo en los huevos y deseó tener otra arma para poder darle por los dos lados a la vez.

En cambio, tuvo que rajarle el estómago, no todo lo profundo que habría querido, pero lo sacaría de la pelea hasta que pudiera curarse lo suficiente para conservar los intestinos.

Se le acercó otro por detrás, que avanzó antes de que pudiera deshacerse de aquellos dos.

Se aferró a los abalorios que rodeaban el cuello del Tirapelos y se lo acercó de un tirón.

Este se tambaleó hacia delante, sorprendido, agarrándose el estómago.

Daisy se giró rápidamente y le dio un cabezazo al que venía por detrás para agarrarla.

Se escabulló de entre los dos y agarró de las piernas al último en llegar.

El tipo se tambaleó, tropezó y acabó hecho un revoltijo con el Tirapelos.

No estaban acostumbrados a atrapar cerdos, y se notaba.

Cortó el abalorio que sostenía y, afortunadamente, no tuvo que cortarse también el pelo. El Tirapelos la soltó para agarrarse el estómago y quitarse de encima al mismo tiempo al recién llegado.

Daisy fue a por el primero, de expresión sombría. Esta vez sostenía su espada en alto y tenía las piernas en posición de combate.

El abalorio, una especie de pesado amuleto, le golpeó en la nariz.

El tipo reaccionó demasiado tarde y su rostro reflejó el dolor.

Antes de saber qué pasaba, con los ojos llorosos y entrecerrados por la naturaleza de la herida, Daisy le hizo un corte en el antebrazo, le quitó la espada y lo apuñaló en el hombro porque, ¡joder!

, no había acertado en el cuello. Sacó de un tirón la espada, ligera y bien forjada, y se la lanzó al cuarto, que se unía a la refriega. Tendría que bastar con eso.

Se había encargado de ellos en un abrir y cerrar de ojos, y estaba a punto de salir corriendo cuando la magia le paralizó el cuerpo, y se tambaleó y acabó en el suelo de costado.

«Joder». En ocasiones como esa, sería genial disponer de ese tipo de magia.

Sería la reina del mundo si pudiera luchar en igualdad de condiciones.

Un aplauso lento resonó en el camino.

Su espada palpitó y se le enroscó sobre el dorso de la mano y se sumergió en el hechizo. Siguió creciendo hasta liberarle el brazo. Le encantaba aquella arma. Tarian había sido un idiota por habérsela regalado.

Solo que…

«Funciona para mí esta vez —le rogó. Total, por probar no perdía nada. Tampoco tenía muchas alternativas—. Solo esta vez».

Se quedó quieta mientras la espada volvía a su estado normal, con la esperanza de que Tarian no hubiera notado que se había alargado, distraído por los otros tipos quejándose, escupiendo y hablando. Esperó a que Tarian se le acercara caminando, con las botas cerca de su rostro e hirviendo de rabia.

—Madre mía, palomita, eres…

Daisy le clavó el cuchillo en la pantorrilla, más arriba de lo que habría querido.

Sin perder un segundo y moviéndose más rápido que en toda su vida, se hizo un corte a lo largo del cuerpo para eliminar la magia y huyó.

Corría con tanta rapidez e intensidad que apenas sentía las piernas.

Solo tenía que ponerse fuera de su alcance. Solo tenía que…

Se le paralizaron las piernas y apenas pudo girarse para no caer de bruces. No obstante, su cuchillo seguía funcionando. Se liberó y volvió a levantarse, y luego una vez más, esforzándose en alejarse. Intentando…

El arma se le escapó de las manos y se le inmovilizó todo el cuerpo. «¡Puta magia de los cojones!».

Respiró hondo, pensando en forcejear. En retorcerse o arrastrarse poco a poco o cualquier cosa para huir.

«Preocúpate solo de lo que puedas controlar —se dijo a sí misma, con la necesidad de oír esas palabras en la cabeza. Esta vez no eran de Zorn, sino suyas—. Aprende a adaptarte a todo lo demás».

Se relajó más. Había perdido esa batalla, pero no la guerra.

Volvería a enfrentarse a Tarian. Se abriría camino entre aquellos grandullones de pelo largo y moño ridículo.

Se abriría camino en un castillo, si la llevaban a uno.

O en una mazmorra. Le importaba una mierda.

Mientras siguiera viva, él no tendría un solo momento de paz. Ni uno.

Supo que era él por los zapatos. Y la cojera. Y por cómo se apoyaba. Se le empezaba a dar bien el arte de apoyarse…

Daisy tenía el rostro paralizado, así que soltó una risita mental para que él pudiera oírla.

La sangre empapaba parte de los pantalones de Tarian y le goteaba por el zapato hasta el suelo. El cuchillo había entrado a fondo.

—Ay —dijo Tarian mientras recogía el arma de Daisy—. Tus chupetones sí que pican, palomita. Creo que ese ha sido el peor de todos. Y, mira, ¡ahora me has estropeado los pantalones! Los podría haber lavado, pero a estos agujeros no les puedo poner un parche. No es mi estilo.

La magia que rodeaba a Daisy desapareció; esta se incorporó y ladeó la cabeza para dedicarle una mirada de desprecio. Los ojos de Tarian bailaban, resplandecientes, como si el hecho de que Daisy luchase por su vida no fuera más que una gran broma.

—Desde luego, me ayudas a enviar un mensaje —murmuró él mientras se agachaba.

—No tengo interés alguno en ayudarte a enviar ningún mensaje.

Daisy apretó los dientes con fuerza, mostrando una expresión de profunda repugnancia por el evidente disfrute de Tarian.

No la había traicionado; había vuelto a jugar con ella una vez más.

La había vuelto a usar para divertirse, o puede que solo para demostrar a su gente de lo que ella era capaz.

Porque estos tipos eran de los suyos. Ahora era evidente.

No eran clientes ni comerciantes, sino parte de su gente.

Nunca tuvo la intención de entregarla, sino de divertirse un poco mientras se unían a esta nueva facción.

Y ella se lo había tragado todo, de cabo a rabo.

—Da igual —dijo Tarian—. Va, agárrame la mano.

El puesto no queda lejos. Allí hay comida.

Y podremos descansar. Y hay ungüentos sanadores que ahora vais a necesitar todos.

Casi matas a uno de mis Caídos . —Pronunció la última palabra con un extraño acento, casi como si fuera un nombre y no debiera traducirlo su don de sangre—.

He tenido que congelar en el aire la espada que has lanzado.

Buena puntería. Una rotación perfecta. No es una espada mágica, pero casi lo parecía…

y que estaba de tu parte. Como este astuto cuchillito.

—Lo examinó un instante—. Tú le caes mejor que yo.

¿Te lo puedes creer? Con la de momentos divertidos que hemos compartido.

Daisy negó con la cabeza, la hostia de molesta, sobre todo porque había experimentado ese momento de dolor cuando él empezó a hacer su truquito. Era idiota, y él lo había demostrado. Zorn le habría dado una buena bofetada, y con toda la razón.

En su mente se sucedieron imágenes, palabras y emociones desde el punto de vista de él, desde el momento en que había notado la presencia de los desconocidos hasta justo antes de que Tarian llegara cojeando a recogerla.

Estos tíos eran parte de su Guardia Estelar, fuera lo que fuera eso.

Habían enviado a buscarlo a cuatro de un total de diez.

Los otros seis se habían quedado en la base, una estación como en la que habían dormido la noche antes, pero mucho más grande.

Todos lo estaban esperando, preocupados por él.

—Pues enhorabuena —se quejó Daisy—. Hay alguien a quien le importa mínimamente tu bienestar.

Sin embargo, no podía negarlo. Notaba la preocupación de aquellos hombres. El vínculo que tenían con él. Se conocían desde hacía muchísimo tiempo. Si tuviera que adivinarlo, diría que desde que eran críos.

Vio su propio aspecto a través de los ojos de ellos, de los cuatro.

En resumen, no gran cosa. «Flacucha», pensó uno.

«Asustada», pensó otro. «Débil, patética».

No parecían ser conscientes del pelo mugriento ni de la roña que le cubría la cara.

Tampoco de los pantalones llenos de mugre ni del sujetador flojo, mal colocado y un poco torcido.

Puede que ellos no lo advirtieran, pero ella sí. Se restregó la cara de inmediato.