Capítulo veintidós #3
Él volvió a mirar hacia atrás y su confusión y su desconcierto se hicieron evidentes. Sin embargo, hizo lo que le había pedido, y la belleza y la intensidad de su visión se desplegaron en la mente de Daisy.
¿De verdad ves todo así? ¿En tecnicolor? , preguntó ella.
No sé qué es el tecni…, qué es eso, pero sí, así veo las cosas. Los humanos no podéis ver el rango de ondas de luz que vemos nosotros. Vuestra visión está atenuada en muchos aspectos.
Pues qué aburrido. Sus imágenes le gustaban mucho más.
Un momento…, si mis ojos no pueden ver esas cosas, ¿por qué sí puedo verlas en mi mente?
Cuando usas un instrumento que te ayuda a ver cosas, como las auroras boreales o la luz ultravioleta, tu cerebro las puede procesar, ¿verdad? Mis ojos son tu instrumento. Te estoy mostrando cómo se ve a través de mi lente, y tu mente es capaz de procesarlo.
Daisy supuso que era cierto. Si hubiera pensado dos segundos, podría haber llegado sola a esa conclusión.
Eso estaría bien, sí , pensó él de forma irónica.
Volvía a tener sentido del humor.
Genial.
Ninguna roca se interpuso en su camino, y el entorno permaneció en un silencio antinatural.
Ningún animalillo ni criatura correteaba entre la maleza; ningún pájaro —ni nada que se le pareciera— cantaba entre las escasas copas de los árboles.
Daisy se fijó en los detalles: el aire maloliente de algunos lugares, con olor a musgo y árboles en descomposición, y la fragancia limpia y fresca de las plantas en flor en otros.
Unas plantas extrañas cubrían el suelo del bosque; algunas eran frondosas y verdes, otras delgadas y marrones, y otras tenían una gran variedad de colores, como la flor que había cogido la noche anterior.
De las hojas colgaban sustancias espesas, como telas de araña, que parecían sirope frío, y, de los árboles, cosas pegajosas que parecían encaje.
Su mente divagaba a medida que avanzaban, siempre atenta en busca de esa voz-presencia, pero no la oía.
Buscaba su influencia, pero no la veía. Tarian le señalaba cosas que eran venenosas, al menos para él; enredaderas de las que debía mantenerse alejada y huecos y lugares oscuros que podían esconder una sorpresa desagradable.
Sin embargo, no había nada que los molestase, algo que cada vez lo preocupaba más.
En un momento dado, frenó el paso y miró hacia atrás.
¿Qué? , preguntó ella, echándose a un lado por si él necesitaba moverse.
Él negó con la cabeza, pero tenía el ceño fruncido.
Nada. Ya queda poco. No bajes la guardia.
No obstante, no había nada que les preocupase. No se oía ningún ruido, más allá del viento que movía las ramas de los árboles o algún goteo ocasional sin explicación. Llenaron los odres en un pequeño arroyo del que él aseguró que se podía beber.
«Nunca bebas lo que te ofrezcan —le recordó la voz de Zorn mientras continuaban el camino—. Bebe solo de la copa de un amigo, destinada exclusivamente a su boca».
Tarian le tendió su odre.
Esa regla no se aplica en este contexto , pensó ella con sorna.
Daisy sostenía el odre con la tapa abierta, indecisa.
En general, los humanos no podían beber de una fuente de agua como un río o un arroyo por las heces de los animales y las bacterias, pero ella tenía una mejora con la que no contaban otros chésteres.
Se curaba deprisa. Su cuerpo era resistente, y eso también incluía el interior.
Nunca se había cuestionado esa parte de las cosas, pero parecía lógico.
La mejora le permitía soportar los venenos mejor que los chésteres normales.
Suponía que las bacterias no serían nada en comparación.
Aun así, no solo se trataba de las bacterias.
Era agua de un reino completamente distinto, destinada a los seres feéricos, no a los humanos.
Su composición podía ser diferente, aunque eso mismo ocurriría con toda el agua de Faerie.
Tendría que beber en algún momento, así que más le valía empezar por la muestra más pura.
Quizá podía ir poco a poco y ver si se cagaba encima pasados unos minutos…
Tu mente es un sitio la mar de vertiginoso , dijo Tarian cuando se llevó el recipiente a los labios.
Siempre hay mucho en lo que pensar.
Eso parece, sí. No ha habido un momento de calma desde que empezamos el viaje.
Igual puedes caminar más alejado de mí, donde no puedas oír mis pensamientos. Eso sí que sería tranquilidad. Ambos estaríamos más felices.
Tarian chasqueó la lengua.
No he dicho que me molestase la cercanía. Más bien al contrario. Además, ¿y si nos ataca algo? ¿A quién utilizaría para protegerme si no te tuviese al alcance de la mano? Disfruto viéndote salvarte a ti misma mientras espero de pie, observando.
Apoyado, querrás decir.
Él se rio un poco y se le sacudió la espalda.
La piel tatuada le brillaba a la luz del sol, con una ligera capa de sudor que cubría las heridas en proceso de curación.
Los círculos de obsidiana brillaban; parecía que fuesen parte de él.
No como si los hubiesen colocado, sino como si le hubiesen crecido de forma natural.
Daisy estaba a punto de preguntarle por ello cuando vio que se ponía tenso.
¿Qué pasa? Miró a la derecha y a la izquierda y, después, detrás. Nada.
Hay demasiado silencio , dijo él, acelerando el paso. Esto nunca está tan tranquilo.
¿Te atacan siempre que vienes por este camino?
No, casi nunca, pero porque suelo ahuyentar a las criaturas con magia.
Ahora no lo estoy haciendo. De hecho, no lo he hecho en ningún momento.
Y, cuando sí que la uso, suelo oír señales de vida.
Esta zona está más desequilibrada que la mayoría, pero aún hay criaturas benignas, animales de presa e insectos.
No deja de ser un ecosistema. No he oído a ninguno de ellos.
El recuerdo de la voz-presencia le resonó en la mente : «Está acechando».
Reflexionó sobre ello, recordando la vibración de cuando se había despertado. Recordando cómo habían huido las criaturas en el arroyo antes de que el darkrend se mostrase. Recordó cómo había ido a por ella.
Repasó cada detalle, cómo la habían hecho sentir y las partes que tenían que ser magia. Mientras seguían su camino, le daba vueltas al recuerdo. No tenía nada más que hacer que analizar y pensar en formas en las que podría adelantarse a esa sensación en el futuro.
Cuando el pálido sol alcanzó el cenit, sintió que el estómago le estaba succionando las costillas. Tenía tanta hambre que algo le llamó la atención: aparecieron unas almas en su radar, a ambos lados del sendero. Dos a cada lado. No eran animales ni criaturas, sino humanoides.
Había bajado el cuchillo en un momento de distracción, pero lo volvió a subir.
El movimiento de los árboles no era más que un susurro; los pasos, poco más que un ruido de compresión.
Allí había algo. El don de Lexi le daba una ventaja fantástica, aunque Daisy estaba lejos de dominarlo y, a veces, incluso de recordarlo.
Detuvo a Tarian con un pensamiento. Su cuchillo se convirtió en una daga y oyó que una hoja se movía hacia donde no debía.
Ahí hay alguien , murmuró ella.
Entonces aparecieron, a la vez, cuatro hombres corpulentos, situados a la misma distancia entre sí, que los rodearon formando un cuadrado.
Daisy buscó deprisa la información que necesitaba: anchura de hombros, masa muscular, postura, armas, altura, alcance, potencia de las piernas y calzado.
También se fijó en otros detalles; tenían el pelo largo y unos collares que la invitaban a ahogarlos con ellos, así como tatuajes de diseño similar.
Las armas que empuñaban no eran espadas feéricas como la suya y la de Tarian, así que supuso que no cambiarían de forma.
Aun así, las sostenían con la comodidad de quien lleva años usándolas.
Sabían pelear. Y todo lo demás apuntaba a lo mismo: rápidos, experimentados, excelentes espadachines. Le iban a dar problemas.
Por suerte, tenía a Tarian…, pero este guardó la espada.
—Toda vuestra —les dijo a los hombres antes de mirarla a ella—. Buena suerte, palomita. Lo siento por haberte engañado, pero… era necesario. Ya te dije que dejarías de querer mi contacto físico. Es lo que tiene la traición. Ha sido un placer conocerte. Estoy seguro de que se portarán bien contigo.