Obsidian (Los fae de las sombras 1) Capítulo veintidós #2
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Capítulo veintidós #2

Daisy se preguntaba cuánto debía de dolerle.

Cuánto se había acercado a la muerte. Y entonces, un instante después, el mundo se le vino encima en una neblina roja de agonía insoportable que le arrebató la sensibilidad en las piernas, le retorció el estómago y le hizo sentir como si la columna vertebral y las costillas se le desmoronasen bajo la presión.

Tarian le estaba mostrando lo que soportaba en ese momento.

Ella se tambaleó y cayó de rodillas, con la cabeza agachada, mientras intentaba comprender lo que pasaba.

La sensación se desvaneció y solo quedó el recuerdo, y entonces su cuerpo se estremeció.

—Así que… duele —dijo ella en voz baja, sin aliento. Se le revolvió el estómago, como si fuese a vomitar.

—Un poco. —Él se desabrochó el botón de los pantalones.

—¿Habrías muerto?

—No. Al menos, no por el veneno. Puede que no hubiese llegado hasta aquí a salvo. Cualquier cosa me podría haber atacado y comido ahí fuera. Es muy posible que me hayas salvado la vida.

—Entonces estamos en paz. Al menos en eso. Aún me tengo que vengar por lo que hiciste hace años en la convención de semidioses y por haberme secuestrado y haberme utilizado como juguete…

—Dios mío. ¿Sigues enfadada por algo que pasó hace tantos años? Sí que guardas rencor.

—La venganza es un pasatiempo duradero.

—Desde luego.

Quitaron la sábana polvorienta de la cama y durmieron en ropa interior, él bocabajo con los brazos a los lados para no ocupar la cama entera y ella bocarriba, ya que no le gustaba nada dormir bocabajo.

El dolor ya no era más que una leve molestia.

Había mucho espacio entre ellos, y Daisy ni siquiera tuvo tiempo de pensar en el tacto de Tarian.

En cuanto apoyó la cabeza en la suave almohada de rayas, una pesadez se apoderó de sus párpados.

Se despertó algo más tarde. La luz se colaba a través de las persianas bajadas de las pequeñas ventanas.

Era imposible saber qué hora era. Sentía calor a su lado y el dolor del veneno había desaparecido; la planta había ayudado y su cuerpo se había encargado del resto.

Notaba cierto peso en la parte superior del abdomen, una banda de calor justo debajo de los pechos.

Tarian seguía bocabajo, pero, durante ese sueño ligero, se habían movido y la distancia entre ellos se había acortado.

Su costado había acabado pegado al antebrazo de Daisy, y había acomodado un brazo sobre el cuerpo de la chica, como si la estuviese sujetando para asegurarse de que permaneciese cerca de él.

Ella inclinó la cabeza hacia un lado y observó su hermoso rostro, tan sereno mientras dormía, tan tranquilo.

Todas las líneas de estrés o dolor habían desaparecido y había alcanzado una perfección propia de una escultura.

La espalda le subía y le bajaba de forma rítmica; seguía profundamente dormido.

Un nerviosismo le recorrió el cuerpo. No era una persona que se involucrase en intimidades como esa.

Nunca había invitado a parejas a su casa ni había pasado la noche en las suyas.

Tampoco se había despertado a su lado, con los cuerpos unidos como una atadura.

Por extraño que pareciese —u horrible, incluso—, tenía que reconocer que…

le gustaba. Le gustaba la sensación de su tacto al despertar. Verlo dormir.

No podía ser bueno…, ¿verdad? No podía ser normal observar a alguien mientras dormía como una acosadora, ¿no?

Está acechando.

Frunció el ceño al oír la voz. Tarian no se movió; no lo había dicho él.

Aun así, eso ya lo sabía. La otra voz, la presencia, no sonaba como él. Ni siquiera sonaba como una persona, en realidad. Era como… el eco de un pensamiento. Algo abstracto que vagaba por su mente, que de alguna manera tenía sentido, aunque ella no lograba precisar por qué.

Te percibe.

Ni siquiera se molestó en preguntar a qué se refería.

¿Qué eres? , preguntó en su lugar. ¿Y por qué no te oye Tarian?

Soy todo y nada. Soy lo olvidado y lo descubierto. El tejido del mundo que ya no es necesario.

No entiendo nada de lo que dices. ¿Eres parte de las tierras salvajes? ¿Eres una parte de mi personalidad? ¿Alguna otra entidad?

Yo no soy tú, pero tú eres yo.

Hora de cambiar de tema. Nunca se le habían dado bien los acertijos ni las tonterías.

¿Cómo me percibe? , preguntó Daisy. ¿Por lo de antes?

Percibe el peligro. Percibe su final. Se alimenta de carroña y destrucción. Está llegando su hora y lo sabe.

La vibración era débil. La criatura estaba lejos y lo que decía la voz no tenía ningún sentido. Se dio cuenta de que se había pasado toda la conversación mirando a Tarian, y ahora este abría los ojos despacio. Cuando se centró en Daisy, sus pupilas se convirtieron en dos puntos pequeños.

¿Cómo te encuentras? , le preguntó ella a la vez que le rugía el estómago.

Tarian dirigió la mirada a sus labios y, después, al roce de sus cuerpos, adonde su brazo se posaba encima de ella. Por último, enfocó la vista en su abdomen. O sentía su hambre o la oía.

Podría ser peor. No estoy en plena forma, pero sí lo bastante bien como para moverme.

Se mantuvo quieto durante un instante y luego dobló el codo, como si fuese a quitar el brazo. Daisy pensó en ponerle una mano encima para pararlo y girarse hacia él para volver a capturarle los labios. No tuvo que tomar ninguna de las dos decisiones.

Tarian le deslizó la mano por el abdomen, con un toque firme y los dedos extendidos.

Tenemos que ponernos en marcha , pensó él mientras seguía el camino de su mano con la mirada. Recorrió la piel del abdomen con el pulgar.

Sí , pensó ella, y se le erizó la piel.

Tenemos que conseguir comida. Subió la mano y le rozó la parte inferior del pecho con los dedos. Pero se detuvo, como si estuviese indeciso.

Daisy le puso la mano en el antebrazo y tiró con cuidado.

La mano de Tarian cubrió su pecho y su pulgar jugueteó con su pezón.

Ella contuvo el aliento ante el placer que le recorría el cuerpo.

Él se incorporó y se acercó más antes de subirle el sujetador y dejarla expuesta.

Se inclinó y atrapó el pezón con la boca, acariciándolo con la lengua.

Ella gimió y cerró los ojos. Intentó bajar la mano y agarrarle el miembro, pero tenían los cuerpos demasiado juntos. Él deslizó la mano hacia abajo y pasó al otro pecho. Recorrió su entrepierna con los dedos a través de la ropa interior y se detuvo en el lugar adecuado, que frotó en círculos.

Entonces ella separó más las piernas y le pasó los dedos por el pelo enredado. Él subió y le atrapó los labios. Movió un poco los dedos, trazando el borde de la ropa interior y, después, los hundió en la tela. Sintió su húmeda calidez antes de introducirlos.

Su gemido sonó atormentado; la necesidad de sentirlo profundamente la abrumó. Le devoró los labios e intentó moverlo sobre su cuerpo y deslizar la mano entre ellos para tocarlo, para acariciarlo.

Le metía y sacaba los dedos y, además, presionaba hacia abajo con el pulgar, arrancándole una nueva sacudida de placer.

—Déjame que te toque yo también —dijo ella, moviéndose contra él. Intentó deslizar la mano hacia abajo, pero apenas consiguió llegarle al abdomen.

—Esta vez no —le murmuró Tarian contra los labios mientras la penetraba con fuerza y rapidez.

Las sensaciones le tensaron el cuerpo; estaba a punto de llegar—.

Quiero sentir cómo te corres alrededor de mis dedos.

—Siguió. El sonido de su humedad llenaba la habitación.

Apartó la cabeza para mirarla; le brillaban los ojos con un deseo profundo—. Córrete para mí, palomita —le ordenó.

Ella se deshizo, pronunciando su nombre mientras se estremecía contra él. El placer la envolvió y, entonces, se agarró a él.

Tarian volvió a acariciarla y trazó un par de círculos con el pulgar antes de apartar la mano. Después la levantó, sin interrumpir el contacto visual, y se la llevó a la boca para chuparse los dedos. Por alguna razón, eso volvió a excitarla.

—Venga, vamos —dijo él, preparado para darse la vuelta.

—No, espera. —Ella intentó pararlo—. Déjame usar la boca.

Su sonrisa burlona escondía muchos secretos. Daisy no estaba segura de en qué estaba pensando. Él se apartó.

—Vámonos —dijo él—. Tienes hambre. Podemos coger agua por el camino y comida en la próxima estación.

Tras levantarse de la cama, dirigió la mirada a sus pantalones, que estaban en el suelo.

No quería volver a ponérselos. Estaban asquerosos, casi se podían mantener en pie solos de la suciedad que tenían.

Aun así, la protegerían contra cualquier planta o criatura que existiese en las tierras salvajes.

Era mejor ir hecha un cuadro que rozar algo tóxico con la piel desnuda.

Tarian la esperaba junto a la puerta abierta mirando hacia fuera. Parecía que estaba escuchando. Llevaba dos odres colgados de un hombro y una mochila vacía del otro.

—¿Lista? —Se giró hacia ella, pero no se apartó del medio; iba a ir delante.

Daisy asintió y lo siguió mientras se ponía en marcha.

—¿Por qué no hay suministros y comida aquí dentro? —preguntó ella. Le volvió a rugir el estómago.

—Esa estación no se usa casi nunca, así que la comida se echaría a perder. Hay herramientas, pero nada con lo que preparar comida. Es más fácil y rápido trasladarse a una estación que se use más a menudo.

Poco a poco, el sol ganó calidez y la mañana dio paso a la tarde.

Solo habían dormido un par de horas, pero, al contemplar todo el verde, las plantas en flor y las extrañas enredaderas espinosas que trepaban por la áspera corteza marrón, no sentía cansancio ni fatiga. En realidad, se sentía como nueva.

Al cabo de una hora de camino, Daisy dijo:

—¿De qué color es esa flor?

Tarian miró hacia atrás y vio que le señalaba algo con el dedo.

No uses la voz. Es rosa. Sé que lo sabes.

Ella entrecerró los ojos, mirándole la nuca mientras caminaban.

Muéstrame una imagen de cómo ves tú esa flor.