Obsidian (Los fae de las sombras 1) Capítulo veintidós
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Capítulo veintidós

—V ale. —Terminó con el brazo, se dejó caer a su lado y levantó las manos para observar la sustancia gelatinosa que le cubría los dedos. Todavía quedaba un poco de aquella flor increíblemente abundante en el cuenco—. Supongo que queda suficiente para volver a aplicarlo si hace falta.

Levantó la vista para preguntar si era seguro para los humanos, pero las palabras se le quedaron en los labios cuando se encontró con esos ojos tan profundos y bonitos.

Vibrantes, como los recuerdos que compartían.

Como su humor. El rojo que le rodeaba el iris había desaparecido; solo quedaba un dorado bruñido.

El suave brillo le iluminaba el precioso rostro y los labios sensuales y carnosos.

Gracias. Su voz mental era un susurro, pero aun así transmitía un sentimiento sincero. Su gratitud.

—Tú me salvaste. Lo justo era que te ayudase.

Yo te metí en esto. Te puse en peligro al obligarte a adentrarte en las catacumbas, en las tierras salvajes.

Podrías haber dejado que sufriera. Podrías haberte esperado y solo haber intervenido en caso de que me fuese a morir de verdad.

Supongo que deberías haber hecho eso. Pero no: arriesgaste tu vida para aliviar mi dolor.

No dejas de sorprenderme, Daisy. Piensas que tienes un corazón oscuro y que estás moralmente perdida, pero no es así.

En el fondo eres buena. Eres la mejor de tu especie. La mejor de todas.

Se quedó paralizada por segunda vez aquella noche cuando Tarian se empezó a inclinar poco a poco hacia delante; esa mirada profunda la abría por dentro.

Sintió un cosquilleo en el estómago. Él entrecerró los ojos al acercarse, y ella se balanceó, atraída hacia él como un imán.

Tenía los ojos fijos en sus labios. Entonces le acercó la mano buena y le acarició la cara con la palma.

Sus labios se encontraron, al principio con suavidad e indecisión.

Explorando. Las bocas se movían juntas, saboreando el gusto del otro, la sensación eléctrica de su tacto.

Poco a poco, el beso se profundizó y la intensidad creció.

La pasión se intensificó. Tarian deslizó la mano hasta el cuello de Daisy.

Esta le acarició la mandíbula y la barba incipiente le rozó la piel.

Se encendió una chispa. El mundo exterior se desvaneció. Se le aceleró la respiración, que se mezcló con la de él. Sus lenguas se encontraron, primero bailando y luego con un impulso lento y decidido.

Sus manos se posaron en el pecho de Tarian, donde se encontraron con una piel cálida.

Este deslizó las suyas hacia la nuca de la chica, atrayéndola más hacia sí.

Su beso se volvió ferviente. Ambos bajaron más las manos.

El deseo de Daisy por el tacto de Tarian creció.

Quería sentir el peso del fae sobre su cuerpo. Quería…

Este se tensó. Entonces ella lo sintió. Una vibración. Un movimiento subsónico, una presión procedente de fuerzas invisibles.

Él se separó; el dorado que le rodeaba las pupilas reflejaba la luz y brillaba como una sustancia real. Se le formó un pequeño pliegue entre las cejas.

Daisy empezó a temblar. No podía evitarlo. No podía parar. Tarian le miró el cuerpo y se dio cuenta.

—Tú no has visto a esa cosa cargando contra mí —dijo ella, avergonzada, a modo de explicación.

—No… —Él colocó una mano sobre la de ella, que se había detenido en mitad de su abdomen.

Y, para sorpresa de Daisy, sonrió—. Lo último que debes hacer es avergonzarte por tu reacción.

He visto a guerreros curtidos en mil batallas mearse encima cuando aparece esa cosa.

Hace falta un equipo formado por los Celestiales más poderosos para abatirla.

Pocos suelen escapar cuando les pone los ojos encima, y tú has tenido que enfrentarte a ella tú sola.

—Ya, pero… —Se encogió de hombros, sonriendo, intentando sobreponerse al miedo mágico que se había vuelto a apoderar de ella—. Tú estabas ahí, en pie, a la espera.

Él soltó una risa y después se quejó y se inclinó hacia Daisy.

—Más bien estaba «apoyado» a la espera. Cuando he conseguido ponerme en pie, no sabía cómo iba a dar un paso sin desmayarme. Por suerte, te has podido salvar tú misma.

Ella le pasó los dedos por el pelo y le colocó un mechón detrás de la oreja puntiaguda. Deslizó los dedos con suavidad por la mejilla, rozando su barba incipiente. Él le apoyó la frente en el hombro, con la mano todavía sobre la suya.

—¿Cómo te encuentras ahora? —susurró ella. Quería levantarle la cabeza y volver a saborear sus labios.

Al percibir aquel pensamiento, él se enderezó, y ella notó el esfuerzo que le había supuesto.

—No muy bien —intuyó ella mientras él le posaba la mirada en los labios.

—Mejor. —Su voz grave se había reducido a un murmullo—. Ha pasado de ahogarme a solo consumirme. La planta ayuda, aunque no es milagrosa. Por cierto, sí que funciona en humanos. Vamos a ponerte un poco.

—No. —Se inclinó hacia delante y le rozó los labios. Él ladeó la cabeza, lo que permitió un mayor contacto. Sus labios encajaban como las piezas de un puzle—. Tengo controlado el dolor.

Tarian se pasó la lengua por la boca antes de enredarla con la de Daisy. Esta se dejó llevar; su control empezaba a tambalearse y el deseo barrió cualquier pensamiento racional.

Él le succionó el labio inferior antes de volver a apartarse.

—Te toca. Con ese darkrend merodeando por ahí, no podemos hacer mucho más que dormir, así que vamos a intentar descansar de verdad. Minimizar el dolor nos ayudará.

—¿Y si necesitas más?

Este esbozó una sonrisa.

—Pues supongo que tendré que salir a buscar más, ¿no?

La rodeó despacio, con esfuerzo. Con el cuenco en la mano, le inspeccionó la espalda y, después, el costado, por donde habían estado en contacto.

Su tacto era cálido y delicado y le provocó escalofríos al extender el gel helado.

Casi de inmediato, la leve molestia se minimizó, prácticamente desapareció, extendiéndose por su cuerpo y aliviando el dolor.

Cerró los ojos con un suspiro y, cuando Tarian terminó, se recostó contra su pecho.

Él dejó el cuenco en el suelo y la rodeó con los brazos, deslizándolos por su abdomen y volviendo a subir para dejarlos en una zona más segura.

Sin embargo, ella no quería que dejase las manos en zonas más seguras.

Quería sentirlo donde importaba, quería que la besase por todas partes.

—Esta noche no, palomita —susurró él con los labios contra su mejilla—.

Tenemos que dormir. Mañana nos espera medio día de camino antes de poder ir a caballo.

Además, después de unas duras batallas, estamos en una burbuja de seguridad y compañerismo.

Todavía tenemos un objetivo común: sobrevivir.

Te estás olvidando de la realidad de tu situación.

En cuanto recuperes el sentido común, lamentarás que te haya tocado.

Ella percibió el rastro de dolor en sus palabras. El recuerdo de lo que había pasado con su primer y único amor.

—No me arrepiento del beso —susurró ella.

Tarian se detuvo y dejó las manos quietas sobre su torso.

—¿Porque das por sentado que me matarás y te librarás de mi influencia?

—Claro. Hasta entonces, está bien.

—¿Y acogerme en tu cuerpo no hará que te cueste más matarme?

Ella ladeó la cabeza para mirarlo.

—¿Me conoces aunque sea un mínimo? Si tengo que elegir entre mí misma y mi captor, no voy a decidir que soy yo la que debe morir. ¿Tú lo harías?

La observó un momento mientras se le dibujaba una sonrisa en la cara y deslizó la mirada a sus labios.

—Por supuesto que no. Parece que somos el mismo tipo de criatura.

Por desgracia, uno de nosotros sigue sufriendo e intentando esconder lo difícil que le resulta permanecer aquí sentado.

Ahora mismo no te sirvo de nada. Es una verdadera lástima porque, en cuanto lleguemos a mi reino, dejarás de desearme de esta manera.

—¿Tan seguro estás?

—Sí. Y ahora intentemos dormir mientras disfrutamos del lujo de estar a salvo. No siempre será así.

En algún lugar en la lejanía, otra vibración sacudió el aire. El darkrend seguía cerca.

—¿Qué son esas vibraciones? —preguntó ella mientras se ponía de pie y lo ayudaba a él a levantarse—. Pensaba que eran pasos, pero no puede ser que se mueva con tan poca frecuencia.

—Es una especie de sonar —gruñó Tarian mientras se ponía de pie y se tambaleaba.

Estaba algo mejor que antes, pero no del todo bien.

Aunque la costa estuviera despejada, no iba a ir a ninguna parte—.

El darkrend lo utiliza para localizar a las presas y evaluar el peligro.

Según dicen, debería paralizar de miedo a quien lo oye, pero yo nunca he visto que ocurra.

Normalmente, en cuanto su presencia se acerca, todo ser vivo sale corriendo junto a mí.

—El rugido te paraliza —dijo ella mientras lo ayudaba a mantenerse en pie—.

Yo no me suelo quedar paralizada, pero… sí.

Mi encuentro con él no es algo que me gustaría contar alrededor de una hoguera, eso te lo aseguro.

Estaba aterrorizada y corría como si mi vida dependiese de ello.

Ni siquiera se me pasó por la cabeza luchar.

—Sabia decisión. Para que quede claro, si alguna vez vuelves a ver uno, no esperes que te salve. De hecho, más te vale ser más rápida que yo o te pondré la zancadilla y te daré por muerta para que no me pille a mí primero.

El brillo que tenía en los ojos le decía que estaba de broma. Poco después, se le apagó la sonrisa por el dolor, que todavía se evidenciaba en la postura encorvada y en los movimientos rígidos.

Daisy se giró para examinar la cama del rincón.

—Supongo que vas a rechazar mis insinuaciones y me vas a obligar a quedarme cerca de ti, ¿no?

—Exacto, sí. Un poco más de tortura para mantenerte alerta. —Se acercó sin prisa, con las manos cerradas en puños.