Capítulo veintiuno #3
—Voy a hablar en alto, si te parece bien. —Se quitó la mochila de los hombros—. Supongo que me volverán a avisar si se acerca algo grande y malo, y entonces me callaré.
Si no te importa, yo voy a seguir hablando así. Daisy percibió el cansancio y el dolor que emanaban sus palabras. He protegido la cabaña. Entre estas paredes, estás a salvo. Nada nos puede hacer daño aquí dentro, ni siquiera un grupo de Celestiales.
—Está bien saberlo. Y sí, tenía problemas.
Esa cosa me ha visto al otro lado del arroyo y se ha acercado.
Si te soy sincera… —Se quitó el odre y lo colocó en el suelo antes de ayudarlo a él a sentarse.
La mecedora no le vendría bien para la espalda y no había nada más donde sentarse salvo la cama, y, si uno de los dos tenía que tumbarse allí, prefería no dejarla empapada de agua ni de restos de plantas trituradas—.
Me ha dado un susto de muerte. No me quedaba paralizada por miedo desde…
ni siquiera sé hace cuánto, pero me ha pasado. Me he quedado completamente paralizada.
Tarian hizo una mueca al acomodarse, inclinándose sobre las piernas.
¿A por qué iba?
—¿A qué te refieres?
Ha lanzado un rugido de guerra. ¿Qué perseguía?
—A mí. Me ha visto al otro lado del arroyo. Estaba recogiendo las plantas, que, por cierto, no se parecen en nada a tus imágenes mentales. ¿Sueles drogarte, debería revisarme la vista o solo soy una persona pesimista y ese es el único filtro a través del cual veo el mundo?
Una risa silenciosa le sacudió el cuerpo y, después, empezó a toser antes de quejarse.
Por favor, no seas graciosa. Me duele al reírme.
—No era mi intención —murmuró ella en voz baja. Solo estaba de buen humor después de la situación de las tierras salvajes.
¿Qué situación? Y, aún más importante, ¿a qué te refieres con que te ha atacado? No puede ser, estarías muerta.
Le contó lo que había pasado mientras buscaba un cuenco y cogía las plantas. Les quitó los pétalos con cuidado y detuvo el relato para repetir las instrucciones que le habían dado las tierras salvajes. Después, se sentó detrás de él con el cuenco y el interior de la flor.
—Un cáliz —dijo ella al caer en la cuenta.
¿Qué?
—El interior en forma de copa de una flor. Uno de los significados de la palabra cáliz. Es lo que estoy utilizando para curarte, ¿verdad?
Él intentó girarse para mirarla, pero hizo una mueca de dolor y se contuvo.
Sí, ni siquiera se me había ocurrido.
—Oh. —Lo dejó en el cuenco, desdobló un paño grueso y suave que había encontrado en un armario y cogió el odre—.
¿Puedo usar esta agua para limpiarte la espalda o hay que hervirla primero para eliminar las bacterias?
Si es lo segundo, voy a necesitar más suministros porque no sé hacer fuego solo con palos.
Zorn siempre ha dejado bastante claro lo mucho que le frustra.
Él volvió a temblar en silencio antes de respirar hondo.
Para. Por favor, para. Me estás matando. Y sí, puedes usar el agua tal cual. El agua de Faerie es apta para el consumo de todas las especies.
Tarian estaba sentado en el suelo polvoriento y sucio con Daisy arrodillada detrás de él.
Ella le siguió contando la historia mientras le echaba agua por la piel y veía cómo le caía en riachuelos por los tatuajes y los músculos tensos.
A veces los nudillos le rozaban la piel y le provocaba escalofríos por todo el cuerpo.
Él se mantuvo estoico durante todo el proceso; no dijo nada, tal vez para intentar soportar el dolor. La buena noticia era que casi todo el líquido viscoso había dejado de supurar; lo que seguía saliendo era, sobre todo, sangre. A esas alturas, las heridas ya debían de estar limpias de veneno.
Daisy tomó la flor y aplicó el bálsamo con las yemas de los dedos, de forma lenta y suave, con cuidado de no hacerle daño.
Le extendió la sustancia gelatinosa por la espalda y, cuando llegó al cuello, él echó la cabeza hacia delante.
Respiró de manera más calmada y controlada.
Era evidente que disfrutaba de la sensación. De su tacto.
—¿Funciona? —preguntó ella con un tono que era poco más que un susurro.
—Mucho —respondió él con un tono igual de suave—. Vuelve a contarme cómo sonaba esa voz.
—Más bien cómo se «sentía»… —Se calló al notar algo duro, de un par de centímetros de diámetro, en la parte posterior del hombro derecho.
Al mirarlo de cerca, vio que tenía forma octogonal y que era liso y superficial, pero no era piel. Tampoco era tinta, aunque el color era casi idéntico. Brillaba cuando le daba la luz.
—¿Qué es esto? —preguntó ella, y vio cuatro más distribuidos de forma uniforme por los hombros y la parte superior de la espalda. Trazó los demás y sintió una corriente en los dedos.
Él respondió en un volumen tan bajo que casi no lo escuchó.
—Obsidiana.
Su corte. Donde él era asesino, recadero y, al parecer, prisionero, y ella sería su juguete. Quizá uno peligroso.
Dejó de lado la realidad de su situación. Estaba demasiado cansada para pensar y para preocuparse por eso. Necesitaba descansar. Dormir. Necesitaba un puto respiro, y solo lo conseguiría si se daba prisa y terminaba con aquello.