Capítulo veintiuno #2
Sacó el odre del agua de un tirón. Tres cuartos tendrían que ser suficiente.
Huyó corriendo de esa cosa gigante que se abría paso entre los árboles. Los recuerdos la inundaban, vibrantes, brillantes y bonitos, y se pasó el desvío que la llevaría a la planta.
—Joder —exclamó, deteniéndose, y se dio la vuelta.
Necesitaba la planta. Él necesitaba la planta.
Había soportado un dolor inmenso para salvarla, y ahora ella lo salvaría a él.
Y, aunque no tenía mucha lógica, dado que había sido él quien la había metido en ese lío para empezar, también dependía de él para sobrevivir.
No tenía ni comida ni fuego ni forma de salir de allí.
Además…, algo en el fondo de su mente le hacía temer que, si él muriese, una parte de ella lo echaría de menos.
Echaría de menos los sentimientos que experimentaba cuando estaba con él.
En cualquier caso, él tenía que vivir.
Corrió por el pequeño sendero y todas las piedras se apartaron de su camino.
¿Qué decía de ella que esas tierras salvajes y trastornadas estuviesen ayudándola como si fuesen compañeros de equipo o incluso amigos?
Seguro que nada bueno. Tenía que revisarse la salud mental cuando por fin volviese a la tierra de los humanos.
El campo de aquellas plantas feéricas era como un cultivo de cactus de Nuevo México en comparación con lo que Tarian le había mostrado con la mente. Aun así, la forma era la misma, así que se quedó quieta y recogió tres con cuidado, como él le había enseñado.
La siguiente vibración fue como si una mano gigantesca le hubiese agarrado las piernas y se las hubiese sacudido, intentando tirarla al suelo.
El sonido subsónico se materializó en el aire, en una presión brutal que la hizo mirar por encima del hombro, esperando ver algo del doble del tamaño de un elefante abalanzándose sobre ella. No había nada.
¡Corre!
—Vale —susurró.
Le temblaban tanto las manos que casi no era capaz de guardar las plantas. Era importante que no se desprendieran los pétalos.
«No te precipites —le decía siempre Zorn—. No te precipites. Así es como se cometen los errores. Mantén el control y muévete más deprisa».
Sin embargo, el puto temblor no desaparecía.
«Tener miedo es una pérdida de…».
—Ya lo sé, joder —murmuró para sí misma, enfadada, mientras se tomaba el tiempo necesario para guardar las plantas—.
A ver cómo te las apañas tú en las tierras salvajes feéricas con el cuerpo ardiéndote por culpa de un veneno que no conoces y en deuda con tu captor, con una puta bestia enorme amenazándote y la dichosa «naturaleza» diciéndote que corras.
Inténtalo, Zorn, y después hablamos, ¿vale, majo?
Guardó las plantas, terminó la diatriba y se levantó.
Se giró y dio un paso antes de verlo. Su enorme cabeza estaba a la altura de las copas de los árboles y el marrón oscuro de su cuerpo peludo se camuflaba casi por completo con la vegetación de los alrededores.
Aún estaba al otro lado del arroyo, pero el claro entre los árboles le ofrecía una vista clara de la criatura.
Tenía los ojos amarillos brillantes fijos en su dirección, con un punto negro en el centro, y el resto de la cara perdido en la oscuridad y la sombra, a pesar de que la luna debería estar bañándolo con su luz.
El resoplido de la bestia movió las hojas que tenía alrededor y un ruido indicó que estaba inhalando, analizando las corrientes de aire.
Tardó apenas un latido agitado en darse cuenta de la dirección del viento. Estaba contra el viento, manchada con la sangre y la magia de Tarian, y con su propio sudor y sangre. Si la criatura tenía algún tipo de habilidad olfativa, lo sabría todo sobre ella.
Se movió despacio, ya que a los depredadores les gustan las persecuciones, y dio un paso hacia el sendero. Después, otro. Aunque esos ojos luminosos la seguían, no se movió.
¿Quizá no le interesaba? A lo mejor…
Un rugido le paralizó cada fibra de su ser, salvo el corazón, que nunca le había latido tan rápido.
¡Corre! , insistió aquella presencia.
—¿Y si le gusta perseguir?
¡CORRE!
La criatura se abalanzó hacia delante un instante antes que ella.
—Joder, joder, joder, joder… —murmuraba mientras se ponía la mochila en la espalda y huía del claro.
Las vibraciones se aceleraron; cada uno de los pasos le resonaba contra la caja torácica como si de un xilófono se tratase. Cuando llegó al camino principal, se le hizo un nudo en el estómago.
Izquierda.
—Pero Tarian ha…
¡IZQUIERDA!
Hizo lo que las tierras salvajes le indicaron. Al fin y al cabo, habían intentado protegerla detrás del arroyo con aquel murete de piedras. No podían estar tan desquiciadas…
Unas ramas le azotaron la cara y algo le picó en el brazo.
Derecha.
La estrecha vereda era difícil de encontrar. Las vibraciones se hicieron más intensas y fuertes, aunque en realidad no las podía oír. El miedo la consumía, y ella lo permitió. Quizá la hiciera correr más rápido.
Derecha.
—Por favor, no me llevéis en círculos —dijo mientras levantaba las manos para bloquear una pared de arbustos. Otra vereda. Las enredaderas se movían rápido, marcando el camino.
Otro rugido la hizo gritar. Le caían lágrimas por la cara y tenía tanto miedo que se estaba ahogando. Ni siquiera los Celestiales tenían una magia como esta. Superaba cualquier cosa que hubiese experimentado, cualquier cosa que pudiese soportar.
Estaría genial que Tarian se sintiese mejor de repente y viniese a salvarme , pensó desesperada, y recibió otra dirección de las tierras salvajes, aunque ya había deducido el camino por las enredaderas.
A través del follaje parecía que se alzaban unos acantilados a cada lado, como si hubiese entrado en un cañón.
Ahora mismo, me parecería estupendo ser una damisela .
¿A quién quería engañar? Ya lo era. No iba a luchar con algo tan grande y aterrador, ni hablar. Ni de coña. Conocía sus límites.
Para.
—¿Qué? —preguntó sin aliento.
Las enredaderas se extendían hacia el sendero para bloquearle el camino. Podría haberse abierto paso, pero se estaba alejando demasiado de la ubicación aproximada de la cabaña.
Los árboles se derrumbaban. Las ramas se partían. Un rugido sacudió el lugar, pero no como antes. No la asustó. La hizo querer agacharse, esconderse. La criatura parecía frustrada.
Miró a su alrededor y vio los gruesos troncos y las enredaderas fibrosas, las masas compactas de vegetación y las paredes rocosas escarpadas a su derecha y a su izquierda, muy por encima de su cabeza.
No se sentía atrapada; había mucho espacio a su alrededor, pero también era un granito de arena en comparación con esa criatura enorme. No podía pasar.
Espera , dijo la voz que no era una voz.
Se acercó al arbusto más cercano y se agachó para recuperar el aliento.
Seguía llevando tanto la mochila como el odre a la espalda.
La criatura, que arrasaba y derribaba todo a su paso, lanzó otro rugido.
Sin embargo, los ruidos pararon al cabo de un rato.
Las vibraciones también. Luego, se hizo el silencio.
Un silencio sepulcral, como si todos los seres vivos hubiesen abandonado la zona.
Vete.
Ella se levantó despacio. Las tierras salvajes le habían salvado la vida.
Esa… cosa sin nombre, sin cara, natural y sintiente le había salvado la vida.
Debería estar desconcertada, perpleja y quizá asustada.
En cambio…, sonrió. Después, soltó una risita y luego estalló en carcajadas.
Le parecía… la hostia de increíble. Ni siquiera era la palabra adecuada. Era…
¡Vete!
—Insistente, eso es lo que es… —se quejó en broma, todavía sonriendo para soltar parte de la adrenalina que aún le chisporroteaba en los nervios.
Una piedra se movió en el último momento y la hizo tropezar y caer de bruces. Podía sentir la oleada de victoria a su alrededor.
Cuando volvió a la cabaña, Tarian estaba de pie, apoyado con la mano en la encimera. Tenía los ojos entrecerrados y llenos de dolor y preocupación cuando se posaron en los de ella. El círculo que le rodeaba las pupilas era de un rojo sangre intenso.
—Hola. —Cerró la puerta tras ella y vio un resplandor procedente del cuenco de bronce que estaba en la esquina del fondo.
Daba la luz suficiente para que pudiese ver de forma vaga el entorno modesto y escaso de la habitación.
En uno de los rincones del fondo había una cama y, en el otro, una mecedora vacía con una gruesa capa de polvo sobre el respaldo y el asiento—. ¿Qué…?
Miró a su alrededor. No había abierto ninguno de los armarios desde que se había marchado y no parecía que hubiese nada nuevo en la encimera.
—¿Qué haces? —preguntó—. ¿Vas a salir a correr?
Se le tensó el torso y se tambaleó antes de recuperar el equilibrio. Al bajar la cabeza, le cayó el pelo sobre los ojos.
He oído al darkrend . Me preocupaba que tuvieras problemas. He tardado todo este tiempo en ponerme de pie. No estoy precisamente en mi mejor momento.