Capítulo veintiuno
P aso a paso, con mucho esfuerzo, lo arrastró hasta la cabaña resplandeciente ubicada al final del estrecho sendero, poco más que una vereda para animales, pero para animales muy grandes.
Una de las veces que se tropezó, extendió la mano para agarrarla, pero no llegó a tocarla; la alejó deprisa, puede que para no acercarla más a su costado con el brazo y no pegarle ningún resto de veneno a la piel.
Estoy segura de que, a estas alturas, ya se te habrá extendido por todo el cuerpo, dijo ella, casi llegando, mientras le rodeaba la ancha espalda con los brazos.
—No. —Se apartó de ella de un empujón y cayó contra la puerta—. No…
La puerta cedió bajo el peso y el fae cayó en el interior. Quitó la mano del pomo de aspecto antiguo, de bronce y desgastado por el paso del tiempo. Posó las extremidades en el suelo y se quedó ahí, con la mejilla contra el suelo de madera lleno de polvo; el pecho subía y bajaba demasiado rápido.
—Vale. —Daisy lo rodeó, le agarró las muñecas y tiró con fuerza.
Era como mover una columna de hormigón—.
Vamos, cabrón —murmuró, y utilizó el enfado para mandar adrenalina a las articulaciones doloridas y a las extremidades cansadas—.
Venga, mueve el culo. —Consiguió arrastrarlo un poco y, después, un poquito más—.
Podrías ayudarme, ¿no? Avanza aunque sea arrastrándote como un gusano.
Solo un poco más y podré cerrar la puerta.
Con un suspiro cansado, hizo lo que le pidió.
No se movió mucho, pero sí lo suficiente para que ella aprovechase el impulso y consiguiera meterlo del todo en aquel modesto espacio.
Entonces lo rodeó para cerrar la puerta, pero se le empezó a llenar la mente de imágenes.
Se detuvo con la mano en el pomo y se concentró en las bonitas imágenes, llenas de luz, rayos de sol y colores brillantes, entre las cuales se abría un camino que seguía los paisajes naturales y las curvas y terminaba en un arroyo.
Las imágenes cambiaron al espacio que ocupaban. Armarios, cestas llenas de suministros y…
Pasó por encima de él y encontró el armario en cuestión, del que sacó un odre.
Más imágenes…, no, las mismas de antes, que repasaban instrucciones y le indicaban que fuese a por agua.
—Entendido —dijo girándose.
Seguían llegando imágenes; esta vez terminaban en un campo cerca del arroyo y mostraban una bonita flor con una explosión de colores intensos.
Unos pétalos magenta y amatista enmarcaban un centro de caléndula ardiente, del que emanaban pequeñas motas de luz que flotaban suavemente en el aire.
Justo al lado del centro, los pétalos parecían hojas, con venas mandarina, fucsia y violeta.
Las hojas parecían ultravioleta, con azules, morados, rosas y verdes lima.
El fae le explicó dos veces cómo recogerla, cómo guardarla en la mochila que tendría que coger en un momento y cómo prepararla. Esa forma de comunicarse era utilísima; la información se transmitía de una forma rápida y menos tediosa.
Cuando terminó, antes de que ella se pudiese marchar, le mostró imágenes de criaturas. Los sentimientos de él le indicaban cómo tenía que responder ante ellas: si debía luchar, correr, esconderse…
Por fin, dejaron de aparecer imágenes y sus sentimientos se calmaron, y ella enarcó una ceja para asegurarse de que eso significaba que se podía marchar.
Una imagen de la puerta dándole en el trasero al salir se coló en su mente.
—Muy bonito —dijo de forma seca, y cogió la mochila, que se ató junto al odre, y revisó las armas.
No llevaba camisa, por lo que podría desenfundar el cuchillo enseguida, pero también quedaría a la vista que iba armada.
Por supuesto, le había arrancado a Tarian el cinturón y la vaina y se los había atado a la cintura, así que tampoco ocultaba gran cosa.
Al menos agradecía que la hubiesen secuestrado después de un trabajo y no tras uno de aquellos eventos elegantes.
Que se le marcaran los pezones bajo un sujetador de encaje no era precisamente la imagen que buscaba proyectar.
La resistente tela de algodón que llevaba en ese momento era mucho más apropiada.
—Vale, tierras salvajes —murmuró mientras echaba a andar—. Veamos si podéis ponerme alguna piedra en el camino.
Era como si los recuerdos de él estuviesen grabados en los suyos, de modo que recorrer aquel sendero le resultaba familiar, como si ya lo hubiera hecho antes.
Como algo que hubiese hecho a menudo, en realidad, aunque…
, al mirar a su alrededor y fijarse en el árbol con el hueco en la base, en el nudo raro del tronco o en el pequeño saliente de rocas que no tenía ninguna posibilidad de hacerla tropezar, tenía que admitir que él percibía el mundo de una forma muy distinta a la suya.
Sus imágenes eran muy coloridas y bonitas, con filamentos de plantas danzantes y el brillo plateado de la luz de la luna o esferas luminosas aleatorias.
En realidad —en su realidad—, esos mismos objetos eran oscuros y lúgubres, con sombras turbias que se acumulaban en la base y la presión de miradas procedentes de lugares ocultos.
Se sentía como una nube de tormenta frente al luminoso y apacible día soleado de él.
Oyó el arroyo antes de verlo y, cuando se acercó, intentó de manera desesperada percibir la luz brillante que bailaba sobre el agua tranquila o el murmullo de los rápidos entre las piedras lisas.
Quería estar a la altura de las observaciones poéticas de Tarian, aunque solo fuese para demostrarle que no era tan terriblemente sombría.
En cambio, oyó cómo crujía una ramita a su derecha.
Algo crujió a la izquierda. La invadieron oleadas de malas intenciones, y eso fue lo más poético que pudo sacar de la situación.
De las hierbas oscuras salieron cinco criaturas que parecían el resultado de un científico desquiciado que intentó clonar un lobo y acabó con un híbrido entre lobo y chacal.
Gruñeron enseñando unos colmillos que eran demasiado grandes para esos hocicos.
Tenían las patas delanteras más largas que las traseras y un pecho robusto que terminaba en unos cuartos traseros escuálidos.
Sacó los cuchillos, empuñando un arma en cada mano, y esperó a que se convirtieran en espadas.
Lo hicieron al mismo tiempo y al mismo ritmo.
Le dolían muchísimo las piernas, le palpitaba el abdomen y le fallaba la vista, pero no sintió ningún tipo de miedo cuando se metió entre ellos y dejó que la rodeasen.
Al principio, no movió las espadas ni eligió una postura, sino que observó sus movimientos y cómo se movía su peso.
Se fijó en cómo trabajaban juntos y cuál de ellos estaba al mando.
Había aprendido a interpretar la mentalidad de manada gracias al entrenamiento con metamorfos; eso la ayudaría en esa situación.
El suelo vibraba en una frecuencia subsónica.
El efecto le sacudió el corazón. ¿Era magia?
Las criaturas a su alrededor se encogieron, bajaron el hocico y sus gruñidos perdieron ferocidad.
Esa sensación no procedía de ellas. Sin embargo, tampoco miraban a su alrededor.
Si la causaba otra criatura, desde luego no la estaban buscando.
Caminó en un pequeño círculo, bajando las espadas, con las puntas a la altura de sus caras.
Tres de las criaturas gruñeron y las otras dos bajaron la cabeza un poco cuando llegó otra vibración, que esta vez le recorrió la columna de forma incómoda.
El miedo hizo tambalear su determinación.
No le gustaba aquel pulso; parecía un mal presagio, como si algo grande y malo se acercase.
Una de las criaturas dio un paso atrás con la cola enroscada entre las patas.
Las otras se dieron cuenta y levantaron las orejas.
De pronto, todas alzaron la cabeza y dirigieron la mirada al otro lado del arroyo, como si algo las hubiese sobresaltado.
Después, se dispersaron y, aunque habían aparecido desde distintos lados, ahora huyeron todas en la misma dirección.
Otra vibración. Las copas de los árboles se movían en la distancia bajo el resplandor de la luna. Una rama se rompió, arrancada desde lo alto, y resonó al caer en picado contra el suelo. Lo que fuese que se estuviese acercando era enorme de cojones.
—A la mierda —dijo mientras se le aceleraba el corazón. No le importaba si ese miedo que la arañaba era algo mágico. No quería tener nada que ver con aquello.
Guardó las armas y echó a correr hacia el arroyo, donde sacó el odre, le quitó el tapón y lo sumergió en el agua. Otra vibración hizo que se le acelerase la respiración.
—Vamos, vamos… —Los árboles crujían y cayó otra rama. En definitiva, algo grande se movía por el paisaje—. Que sea un brontosaurio. Que sea un gigante bonachón que solo come plantas.
La vibración le afectó al sistema nervioso.
La adrenalina le inundó el cuerpo, lo que le activó el instinto de huida.
Tenía que ser magia. No solía tener miedo a este tipo de situaciones.
Ni a casi ninguna, en verdad. El entrenamiento le había quitado casi todo el miedo. Pero en ese momento estaba cagada.
Una piedra se movió por el arroyo. Mientras llenaba el odre con una mano temblorosa, creció ante sus ojos. ¿Las tierras salvajes podían hacerlas volar y lanzárselas de alguna manera?
Entonces rodó. La piedra rodó solitaria hacia la derecha.
Otra, que primero se hizo más grande, hizo lo mismo, pero fue hacia la izquierda.
Un par más las siguieron. Se encontraron al otro lado de la orilla, donde crearon un pequeño muro entre la criatura y ella.
Un mensaje. La sensación en la zona cambió.
Corre.
Sonaba como si alguien se lo estuviese susurrando al oído o como si fuese Tarian dentro de su cabeza, pero ni era una voz, ni era él, ni era un humano. Sin embargo, era algo sintiente, seguro.
La vibración se acercaba. Esa cosa no se movía muy rápido, pero avanzaba deprisa. Sí, tenía que ser enorme, desde luego.
Corre.