Capítulo veinte #3
Antiguos reyes y reinas de los Celestiales. Cuentan las leyendas que los dioses no destruyeron sus objetos de poder, y por eso el Soberano Supremo de los Celestiales los ocultó al otro lado de la Gran Barrera —los márgenes— para que no los encontraran jamás y se usaran contra los de su especie.
Algo que nunca funciona.
Pues parece que no.
Y por eso lo que hacías era seguir el rastro, miguitas.
Es una simplificación enorme, que subestima las incontables horas que pasé guiado por el escriba más aburrido que ha pisado estas tierras encantadas…, que ya es decir, porque son todos soporíferos, pero sí, seguí las miguitas.
Notó que una sonrisa se abría paso entre el dolor; casi ni se sentía las piernas.
Empiezo a preguntarme si el veneno que me ha tocado la piel es letal de verdad, reflexionó ella.
Yo tampoco me siento las piernas. Les ordeno que se muevan, y parece que funcionan, pero también es como si fueran algo ajeno a mí.
Ah. Bueno, yo no estoy tan mal. Es una buena noticia.
Para ti, sí. A no ser que me muera. Entonces estarías igual de jodida.
Muy probablemente. Por lo menos, ella se quedaría con las malhumoradas tierras salvajes como compañía. Tierras que estaban deseando que se tropezara con una de esas rocas.
El terraplén se elevaba a ambos lados; los árboles no habían cambiado, pero las hojas crecían más frondosas en las ramas.
La hiedra envolvía los troncos de algunos de ellos y, mientras lo observaba, las enredaderas se desenroscaban lentamente.
Percibían a los visitantes y querían echarles un vistazo, quizá recoger un premio para los árboles, a los que les encantaba estrujar a las criaturas hasta matarlas y beberse los despojos.
Creo que este lugar me va a volver loca , susurró Daisy, dándose cuenta tarde de que era un pensamiento y que no lo había pronunciado en voz alta. Me pregunto si Lewis Carroll se marcó un viaje a Faerie antes de escribir sus historias.
No sé quién es ese.
Ella frunció la nariz mientras un eco misterioso avanzaba sigiloso entre los árboles. Más que un sonido era como el susurro de un pensamiento. Un deseo lúgubre y asesino aún por expresar.
Da igual. Daisy seguía susurrando mentalmente. Como estarás acostumbrado a esto, lo más seguro es que te resulte aburrido. Puede que esté cambiando de idea respecto a lo inquietante que es este sitio.
Él no respondió, y las imágenes en su mente, que habían ido desde los territorios salvajes hasta la corte a la que se dirigían, se habían detenido. Se tambaleaba, tropezando con mayor frecuencia, y alargaba la mano herida para apoyarse en cosas que no existían.
¿Cuánto queda? , preguntó ella, alarmada.
Tarian movió la cabeza de lado a lado, con la respiración acelerada, obligándose a avanzar. Ella notó en su inclinación hacia delante su deseo de ir más rápido. Lo obedeció, cargando más con su peso, doblegándose al recibirlo.
Más adelante, asomando entre la densa vegetación y medio alojada en un pequeño terraplén, apareció una estructura de madera marrón apagada. Tarian extendió la mano hacia la puerta cuando todavía estaban algo lejos, como si intentara alcanzar el pomo.
Ya casi estamos, lo animó ella en voz baja, aferrándose a la presencia de la mente de Tarian en la suya e intentando mantenerla con él para que el fae no se desvaneciera por completo.
No sabía si era posible o si estaba funcionando, pero le hizo sentir que hacía algo más que arrastrar los pies y avanzar a trompicones hacia la promesa de un refugio seguro. Solo un poco más .
Él apenas asintió, con la cabeza gacha. Luego encorvó la espalda, que le seguía supurando de un modo espantoso.
Daisy siguió adelante, respirando con dificultad bajo su peso y negándose a permitir que le fallaran las piernas.
Por lo menos, aún las podía sentir…, más o menos.
Se obligó a seguir hacia delante un poco más rápido.
Tarian masculló algo.
¿Qué? , preguntó ella.
Él masculló algo más, unas palabras informes que apenas llegaron a sus oídos.
Volvió a alargar la mano, flexionándola.
Las presencias que los rodeaban, las voces y los sentimientos, las sensaciones inquietantes y las motivaciones negativas, todo eso se disipó.
Se dispersó. Ahora apenas las oía ni las notaba.
En cambio, delante de ella percibía calidez.
O, al menos, así lo sentía, como si avanzaran a través de una ventisca y una hoguera ardiera con fuerza justo delante.
Los colores se suavizaron, o así lo percibió ella, y el ambiente se volvió acogedor.
Evidentemente, era magia. La magia de Tarian o algún otro tipo de magia que hubiera activado.
Qué perspicaz.
Su pensamiento le pareció frágil, poco sólido. Su tono divertido no era más que un destello fugaz, perdido en la negrura un instante después. Se apagaba muy rápidamente.
Vamos allá. Daisy se aferró con más fuerza al contacto de Tarian en su cabeza. Casi estamos. El descanso te sentará bien. Solo necesitas reposar.
Esperaba que fuera eso lo único que necesitaba, porque, en este reino, no tenía ni idea de qué plantas podían ser medicinales… y cuáles podían acabar con él.