Obsidian (Los fae de las sombras 1) Capítulo veinte #2
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Capítulo veinte #2

Al pasar a su lado, Daisy pudo echar un vistazo a su espalda. Contuvo el aliento, estremecida.

Lo que supuraba de las heridas le estaba provocando quemaduras en la piel intacta.

La planta había liberado tanto veneno en su interior que ahora burbujeaba hacia fuera.

Teniendo en cuenta lo que le había dolido a ella que una sola gota le tocara su piel impecable, no se hacía una idea de la magnitud del sufrimiento que debía de estar padeciendo él con aquella cantidad de ese veneno en el interior de su cuerpo. Que aún siguiera en pie…

Había soportado ese veneno —había aguantado allí en pie y dejado que aquellas espinas se lo inocularan cada vez más— para que ella pudiera salir.

Para que se pusiera a salvo. Podría haber corrido y lograr salir.

Podría haberse abierto paso como fuera cuando se dio cuenta de que era más de lo que podía soportar.

Le había salvado la vida a costa de poner la suya en grave peligro.

Era más que un deseo de mantener intacto a su juguetito.

Era alguien cuidando del bienestar de otra persona.

Daisy no tenía tiempo ni energía de analizar lo que significaba todo eso, o cómo la hacía sentir, pero sabía que sus actos desinteresados merecerían que ella hiciera todo lo posible por devolverle el favor.

No es que tuviera un gran sentido de la moral, pero aquello era lo correcto. Lo que había que hacer. Y punto.

—Vale, estás en tu lecho de muerte —dijo escuetamente, poniéndose en marcha—. Vamos a solucionarlo, ¿de acuerdo?

Podría haber usado su camisa para limpiarle el veneno que le supuraba por el costado.

En cambio, se la volvió a poner, haciendo un nudo por detrás para cerrarla como pudo, y luego se agachó bajo el brazo bueno de Tarian.

Si el veneno empezaba a empaparle la camisa, se daría cuenta.

Después utilizaría la otra parte para limpiarle el veneno y la tiraría.

Tenía que llevarlo rápidamente hacia donde hubiera agua o algo que pudiera quitarle toda esa porquería. La velocidad era vital.

—¿Hacia dónde nos dirigimos? —le preguntó—. El lugar seguro más cercano nos vale. Ah, y también necesito tu arma. Si nos metemos en líos, no me serás de mucha ayuda.

Él soltó una risa entrecortada que se convirtió en una ráfaga de tos.

Apoyó su peso en ella y Daisy se agarró a su brazo para evitar que la cogiera de la cintura y entrara en contacto con más secreciones.

Llevaba su cuchillo escondido y el de él en la mano libre.

Si necesitara repeler un ataque, lo dejaría caer como una bolsa de basura.

¿Una bolsa de basura?, pensó Tarian cuando llegaron al final del túnel. Creía que los humanos decían saco de patatas.

Hay un refrán que dice que quien se pica ajos come.

El dolor le seguía palpitando en la espalda, más o menos localizado, pero le distorsionaba la visión de manera intermitente. Eso casi con toda seguridad no era nada bueno.

A mí también me está pasando , dijo Tarian mientras señalaba hacia el sureste. Solo que me oscurece la visión, como si amenazara con privarme por completo de la vista.

Eso no es nada bueno.

No, seguramente no.

A su alrededor, la noche seguía oscura y tranquila.

El terreno formaba un terraplén a su derecha, donde unos extraños árboles de troncos retorcidos se alzaban imponentes sobre ellos.

Sus ramas se extendían como brazos esqueléticos; las hojas eran grandes y se entrelazaban como si formaran una colcha de colores inverosímiles.

Una ligera bruma nublaba el sendero irregular, ocultando rocas escarpadas y troncos sueltos con la esperanza de que los viajeros tropezaran y cayeran.

En cuanto estuvieran tendidos en el suelo, sería más fácil enfrentarse a ellos. Y más fáciles de eliminar.

Unos colmillos iluminaron su mente, afilados y salivando. Ojos rojos, con las pupilas rodeadas de amarillo. Cuerpos tensos. El pelo cortado a navaja, observándolos. Esperándolos.

Uno estaba enfermo.

La otra estaba débil.

Comer nos sentará bien.

¿Estás oyendo estos pensamientos? , le preguntó Daisy con el corazón ligeramente acelerado. ¿O es el veneno, que me hace ver quien soy en realidad y me acabo de dar cuenta de que estos últimos años tendría que haber ido a terapia?

No es el veneno. No son tus pensamientos, y vuelves a sorprenderme e impresionarme una vez más. Parece que posees una capacidad innata para entender la naturaleza sutil u oculta del entorno que te rodea. O quizá es que tu sitio está en Faerie.

Ya te digo yo que mi sitio no está en Faerie, y me encantaría que me dieras alguna pista de lo que está pasando.

Él volvió a toser y le tembló todo el cuerpo.

Hay un gran número de criaturas a nuestro alrededor que podrían pensar esas mismas cosas.

Tu mente le pone una sola cara a la conciencia de las tierras salvajes, cuando en realidad tiene muchas otras.

Esos árboles de ahí beben la sangre de los caídos y se alegran cuando la muerte les empapa las raíces.

Hay un montón de seres en esta zona que matan por placer.

Muchos más se alimentan solo de cadáveres en descomposición.

Otros más te cautivarán y te llevarán lejos para bailar y jugar hasta que mueras de inanición y de sed, sin siquiera acordarte de comer o de dormir.

Hay ciertas zonas de las tierras salvajes que son muy peligrosas. Tienes que estar siempre alerta.

Daisy suspiró y siguió caminando. Un reino distinto, la misma mierda. Tendría que aprenderse toda una nueva serie de indicios de alerta y señales de peligro, pero…, en fin, ¿qué otra cosa podía hacer? De hecho, más valía que empezara en ese mismo instante.

Empieza a pensar rápido en todo lo que sabes , le dijo, pasando por encima de una roca y soltando un suspiro de fastidio por habérsela encontrado.

Esas tierras salvajes le parecían bastante sencillas.

Debían de lidiar con criaturas estúpidas bastante a menudo si el hecho de que ella viera una roca era su mayor decepción.

Recuerda cómo lo hiciste en la Portalhada, cuando visualizaste a toda velocidad imágenes, experiencias y…

Los recuerdos afloraron al instante, casi más rápido de lo que podía gestionar.

Sin embargo, en cuanto se hizo con el ritmo, fue capaz de repasar a conciencia las muchas experiencias de Tarian, prestando atención a las criaturas, a los peligros y señales de estas.

Mientras avanzaban penosamente, cansados, agotados y a punto de quedarse medio desnudos porque notaba que el veneno le impregnaba la camisa y le hormigueaba en la piel, hizo sus deberes sobre ese lugar, nuevo y no tan aterrador como había pensado en un principio.

Las tierras salvajes no son aterradoras, no , afirmó Tarian, con el tono de sus pensamientos cada vez más debilitado. Son traicioneras, como ya he dicho, pero nosotros también. Tú lo eres. Son hermosas si las miras de la manera adecuada. Majestuosas. Aunque la mayoría son la hostia de inquietantes.

Pues… como tú, c onjeturó ella con una sonrisa, haciendo un alto para arrancarse la camisa, limpiar a Tarian con ella y tirarla.

Él ni siquiera le echó una miradita a su casi desnudez. «Como tú». Hizo una pausa cuando llegaron a una bifurcación. Pensó en qué dirección tomar, apoyando todo su peso en ella. Se apagaba a marchas forzadas.

Estoy bien , dijo, y, si pensaba que lo que acababa de decir era creíble, se equivocaba de cabo a rabo.

Lo superaré, probó otra vez, y quizá en esa ocasión sí que era más sincero.

Ya no está lejos. Las tierras salvajes tienen sus reglas, y los Celestiales cumplen en gran parte con su cometido de mantener el equilibrio.

Esta parte es un pelín… perturbadora, por eso mismo acaba en las catacumbas, pero se debe a que es una extensión de los márgenes.

En otras zonas de las tierras salvajes, hay algunos rincones verdaderamente hermosos, con criaturas encantadoras y seres bondadosos.

Se encuentran en parajes secretos que pocos de los que son como yo conocen.

¿Los que son como tú?

Los de alta cuna, la aristocracia y los rangos superiores.

Los nobles, los llamarías tú. O incluso la clase alta.

Los que son como yo no buscan los lugares misteriosos de esta tierra.

No se comunican con los fae de menor rango y, desde luego, no se rebajan a encontrarse con las hadas y los seres salvajes que hacen prosperar estas tierras.

Y eso me lleva a los peligros reales de este reino.

Los lugares verdaderamente siniestros, donde hace falta algo más que estar atento para sobrevivir.

Se necesita astucia y planificación, puñaladas traperas y traiciones.

Aliados, los cuellos de muchos de los cuales cortarías si hiciera falta.

Las cortes, dedujo Daisy.

Sí. Las cortes, gobernadas por varios tronos que conforman Faerie, y ninguna corte es tan astuta y tan artera como la que gobierna el Trono de la Obsidiana.

Aquello se parecía un montón a tratar con los semidioses en el reino humano. Archivó esa información para reflexionar sobre el asunto más adelante.

¿Cómo conoces esos lugares secretos de las tierras salvajes?, preguntó Daisy, sintiendo que le palpitaba el costado. Joder, qué veneno más intenso.

He viajado por todo el reino en busca de los cálices. Antes de saber que los más poderosos los habían escondido en el reino humano, los busqué en mi tierra.

¿Los más poderosos… los escondieron? ¿Quién?

Tarian señaló hacia la derecha. Daisy apenas distinguió un camino que se alejaba. Hasta que cambió de trayectoria no le contestó.