Obsidian (Los fae de las sombras 1) Capítulo veinte
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Capítulo veinte

U n muro de zarzas a su derecha se abalanzó hacia ellos, atravesando aquellas ya enraizadas como habían hecho las criaturas y echándoseles encima.

Este ataque había esperado para arremeter a que Daisy y Tarian estuvieran justo en medio de la inmensa maraña de agujas venenosas.

No habría manera de agacharse. Ni de ocultarse.

¡Corre! , gritó Tarian, pero Daisy no lo lograría. Tendría que ir con mucho cuidado para asegurarse de que no tocaba las espinas. No le daría tiempo.

Le dio un vuelco el estómago y notó una punzada en el corazón.

Evocó la imagen de Mordecai y Lexi, la primera familia que le había brindado amor.

El primer hogar de verdad que había conocido.

Luego, Kieran y sus Seis, las primeras incorporaciones a su pequeño mundo.

Más tarde, Bria, Jerry, Dylan y Amber; la gente por la que continuó ampliando su círculo de confianza.

Los únicos que la echarían de menos. Los que lamentarían su fallecimiento.

Los evocó en su mente y los abrazó con fuerza, impregnándose de su amor por ellos en sus últimos instantes de vida. Despidiéndose de ellos.

Tarian tiró de ella y la rodeó con su enorme brazo. La apretó contra su pecho mientras la empujaba hacia el muro inmóvil de zarzas, alejándose del que se balanceaba.

—No. Te. Muevas —le susurró al oído.

Tarian separó las piernas, plantó los pies y extendió el brazo por entre las espinas para apoyar la mano plana contra el muro del túnel.

Las espinas le arañaron la piel. Supuraba sangre y pus.

La piel se le enrojeció y se hinchó. Luego se le tensó todo el cuerpo, fue como si sus músculos la empujaran por todos lados, apretándola con fuerza.

—Espera… —empezó a decir Daisy, o quizá a gritar, cuando el muro golpeó a Tarian por detrás.

Él gruñó y se vio empujado hacia delante por el impacto. Se le dobló el codo. Las afiladas agujas se acercaron al cuerpo y a la cara de Daisy. Una se dirigió directamente a un ojo.

A Tarian le temblaba el brazo por el esfuerzo de evitar que ese muro los hiciera chocar contra las zarzas.

Todo su cuerpo se estremecía, y Daisy no sabía si era por el dolor o por mantener la posición.

Seguramente por ambas cosas. Luego, poco a poco, puso el codo recto.

En un milimétrico y agónico avance, se obligó a sí mismo a alejarse del muro.

Daisy notó a través de la mente su increíble determinación.

Su sufrimiento, pero también su negativa a abandonar, a rendirse y dejar que los Celestiales lo derrotaran.

En la mente de Tarian, no estaban por encima de él, como aseguraban sus roles.

Eran inferiores a él. Deberían ser ellos quienes alzaran la vista hacia él.

Se apartó del muro hasta poner el codo rígido. Hasta que tuvieron espacio para respirar a la sombra de su esfuerzo.

—Vete —le dijo resollando, soltando con cuidado su cuerpo.

Incluso entonces trataba de evitar que se cayera hacia delante y se matara—.

Huye. Ponte a salvo. En cuanto uno de los dos salga de este obstáculo, estaremos a salvo.

Debería liberarme. —Hizo una pausa—. Debería.

En cuanto escapes de su red, debería perder su ferocidad.

El muro de zarzas debería desaparecer o reducirse.

—¿Y si no es así? —susurró ella, haciéndose a un lado al tiempo que se agachaba.

—Cruzaremos ese puente cuando robemos el cáliz correcto.

Era una broma, y Daisy no quiso desperdiciar más tiempo. No podía hacerlo. Si no lo ayudaba saliendo de allí, lo haría buscando un tronco o algo que colocar como cuña en el muro que lo pudiera liberar.

Se apresuró sin dejar de lado la cautela; el espacio era limitado y había unos cuantos matorrales de zarzas en su camino.

Gateó durante algunos tramos, se arrastró en otros y sintió que el muro móvil se sacudía, a pesar del esfuerzo y el dolor extremo de Tarian.

Podía ver el túnel despejado más adelante.

Sintió un tirón por detrás en la camiseta, cerca de su costado derecho.

Se le paró el corazón. ¿Algo le había dado un golpecito? ¿Se lo estaba imaginando?

Una terrible sensación de quemazón se le extendió por la piel. Joder . No, no se lo estaba imaginando.

—Un poco más ancho —le chilló a Tarian, con el miedo colándose en sus palabras antes de que pudiera deshacerse de esa sensación—. Estoy atrapada. No tengo espacio para pasar.

Lo oyó gemir, como un culturista que levanta demasiado peso. El muro convulso se desplazó un centímetro. Dos. Con eso bastaba.

Gateó por el suelo del túnel lo más rápida que pudo.

Notaba que le salían ampollas en la piel.

Era como si se le desprendieran del cuerpo.

El dolor punzante se le hundía en las costillas por la espalda.

A fondo, hasta lo más profundo de su ser, como un cuchillo que se retuerce.

Parecía incapaz de ignorarlo. De evitarlo.

La voz de Zorn invadió su conciencia: «Rendirse al dolor es rendirse a la muerte».

Apretó los dientes. Recordó sus enseñanzas e interiorizó el dolor.

Se hizo una con él. Permitió que siguiera atravesándola hasta que su mente lo aceptó y siguió adelante.

Zorn tenía un montón de trucos sorprendentes para cosas terribles.

Pero, joder, aquello dolía más que cualquier cosa que pudiera haber imaginado.

La última de las zarzas pareció hacerle un gesto de despedida… y entonces el túnel se despejó por completo de ellas. No solo por delante, sino también por detrás. Fue como si todo el obstáculo no hubiera sido más que un espejismo y, al salir de él, se hubiera desvanecido por completo.

Respirando con dificultad, con la mente a punto de quebrarse para eludir los latidos del insoportable dolor, se volvió hacia Tarian.

Había caído de rodillas, con la mano buena apoyada en el suelo y el brazo malo pegado al pecho.

La negra masa de pelo ensortijado le cayó sobre la cara cuando agachó la cabeza.

De los costados le brotaba sin cesar un líquido teñido de sangre, y las costillas se le expandían y contraían con rapidez con cada laboriosa respiración.

¿Puedo acercarme a ti? , pensó Daisy, pero había demasiada distancia. No podía oír sus pensamientos. Se lo repitió en voz alta.

—No —respondió él bruscamente—. Si cruzas el umbral que acabas de traspasar, el obstáculo volverá a cobrar vida. Iré yo hacia ti. Solo… me estoy tomando un descansito.

El descansito duró aún unos cuantos minutos, y, en ese tiempo, Daisy evaluó el dolor agudo que sentía en todo el cuerpo.

Parecía llegarle del fondo del alma. No obstante, a medida que pasaba el tiempo, no empeoraba.

No se extendía ni afectaba a nada que pudiera arrebatarle la vida, como cerrarle la garganta.

El líquido le había traspasado la camisa, no la piel, y le había goteado encima.

Eso era todo, y no bastaba para matarla.

Eso lo explica, pensó Daisy mientras Tarian se ponía lentamente en pie como alguien al borde de un abismo.

Cada movimiento le costaba mucho esfuerzo. Sabía que era un esfuerzo atroz. Daba pasos vacilantes, sin la elegancia con la que se movía normalmente. Llevaba la espada envainada, y flexionaba y apretaba las manos sin cesar mientras soportaba el dolor como podía.

Llevó la mirada baja hasta que estuvo cerca, y entonces la dirigió hacia ella.

Tenía los ojos inyectados en sangre y la fina línea dorada alrededor de las pupilas se había vuelto roja.

Daisy frunció el ceño al advertirlo, y se preguntó por qué había cambiado de color. Qué significaba eso para un fae.

—Es para que los demás puedan evaluar nuestra situación en caso de que no podamos responder por nosotros mismos —contestó él, de nuevo a la vista.

—Entonces rojo significa…

—Herido de gravedad. En este caso, con un dolor insoportable y la posibilidad de estar envenenado.

—Pero… —Alargó el brazo hacia él para que tuviera algo donde apoyarse.

—No —susurró con voz ronca, apartándole la mano—. Puede que tenga algo de veneno en la piel. Mantén las distancias, palomita. Eres diez veces más frágil que yo.

Ella apretó los dientes, obstinada, pues llevaba oyendo eso desde los catorce años, y lo seguía detestando igual.

Sin embargo, como pasaba cuando era más joven, Tarian tenía razón.

En eso, Daisy era vulnerable. Como tuviera una herida abierta, ese líquido encontraría la manera de llegar a su torrente sanguíneo.

Tenía suerte de que el otro líquido no lo hubiera hecho.

—Pensaba que esa planta no era venenosa para ti…

Tarian levantó la cabeza de golpe con la mirada muy concentrada.

—¿Qué has dicho? —Entornó ligeramente los ojos, y luego tiró de ella agarrándola de la camisa con los dos puños y rasgando la parte trasera, partiéndola en dos, a excepción de una pequeña sección abajo del todo.

—¿Qué…? —empezó a decir Daisy.

Con la mano izquierda —la que tenía bien— le aferró con fuerza el hombro.

Con la otra, la cogió por la cadera cubierta de ropa.

La inclinó hacia delante. Le rozó la piel con un dedo y sintió que le podían fallar las rodillas del dolor.

Recorrió con el dedo una zona donde no tenía sensibilidad, adormecida por el veneno, y lo retiró.

Le estaba limpiando los restos de líquido.

—¿Tienes algún otro efecto aparte del dolor? —le preguntó, volviéndole a pasar el dedo. Le levantó la camisa y la examinó antes de limpiarla.

—No. Creo que estoy bien.

Se enderezó, y tuvo que apartarle las manos de un manotazo para poder hacerlo. Luego se aclaró la garganta para apaciguar el aliento tembloroso que le provocaba mirarlo.

Por delante estaba bien, pero tenía el brazo hinchado y amoratado allí donde las agujas le habían dejado marcas en la piel y después la habían levantado.

—Pensaba que esa planta no te resultaba tóxica —repitió Daisy, tragando saliva.

—Creo que en pequeñas dosis no lo es —contestó él, caminando agarrotado hacia el final del túnel—. Esto… no parece una dosis pequeña.