Capítulo diecinueve #3
Estas criaturas son mucho más retorcidas de lo que las tierras salvajes deberían permitir.
Hay que exterminarlas para mantener el equilibrio.
Este propósito cumple ese objetivo al tiempo que dificulta que los rechazados, los que ellos llaman ilegítimos o delincuentes, puedan acceder al reino feérico o al humano.
En cuanto a por qué lo permiten… Hizo una pausa.
Por lo que he oído, antes no era habitual.
Ahora no deberían permitirlo. No obstante, los márgenes necesitan el poder y la magia de los Celestiales que los vigilan, y, como hay muchos Celestiales que han dejado de hacer lo que les toca, la magia se erosiona.
El poder disminuye. Creo que colocan estos obstáculos a modo de parche.
Pueden hacer que sea más difícil cruzar, aunque no arreglan el asunto por completo.
Con cada nueva puesta de sol, resulta aún más fácil…
, hasta esta última puesta, evidentemente.
¿Sabes por qué vienen tan pocos a vigilar la puerta?
Creo que hay tensiones en su corte. Diferencias sobre dónde deberían desplegarse los guardianes, y también hay desacuerdos en las tropas.
Aunque no lo sé seguro. Los Celestiales, en el fondo, son un ejército.
Se los puede movilizar contra un enemigo.
En las cortes feéricas, ese enemigo a menudo suele ser uno de los suyos.
Que te despojen del poder nunca es agradable, y las consecuencias que se derivan son aún más graves.
El Trono del Diamante se desangra. Los efectos se ven por todo el territorio.
Tristemente, los márgenes no son más que un ejemplo.
Faerie está en apuros, y el Reino del Diamante, la supuesta fuerza gobernante suprema, es el responsable.
Y por eso quieres empezar de cero, sin importarte a quién tengas que pisotear para conseguirlo.
Se giró a medias y le clavó la mirada. Mostraba un rostro tan lúgubre como su tono de voz, con la mirada preocupada pero decidida.
Sí.
Siguieron caminando con cautela por entre las zarzas. Cada tanto, Tarian tenía que avanzar de lado con la mano de Daisy sobre su brazo para que lo guiara. Él le devolvía el favor, aunque a ella no le resultaba tan difícil.
Los atacaron más criaturas que surgieron de los recovecos.
Los dos cojeaban. Estaban sudorosos, sucios y manchados de sangre.
A Daisy le gruñía el estómago, dolorosamente vacío, y le palpitaba la cabeza por la sed.
El agotamiento los abrumaba, pero seguían caminando con dificultad.
Con cautela. Concentrados y avanzando. Sin querer —y a la vez sin poder— rendirse.
Confiaban el uno en el otro para seguir con vida.
Las criaturas más grandes apenas daban señales de aviso antes de abalanzarse o lanzar un zarpazo.
Cuando Daisy y Tarian notaban la agitación, ella cargaba y él intentaba ir por un lado.
Solo una vez se encontraron con dos criaturas, las dos de estatura media.
Una se abalanzó sobre Tarian y, sin tiempo para hacer nada, Daisy vio que la otra iba hacia ella.
Se había agachado, rodilla en tierra y cuchillo en alto.
Le acertó en el estómago con el arma y quedó aplastada por el impacto.
La criatura le arañó el muslo derecho y el brazo izquierdo con sus garras mientras emitía una mezcla entre un chillido y un rugido y se revolvía.
Daisy continuó el ataque por detrás hasta quitarse de encima el cuerpo cada vez más lento de la criatura y lanzarlo de nuevo hacia las zarzas.
Tarian recibió unas cuantas heridas punzantes más en aquella hermosa espalda suya; ella tenía un chichón en la parte posterior de la cabeza y le dolían las extremidades, pero siguieron adelante.
A pesar de las adversidades, cojeando, preguntándose cómo eran capaces de seguir en pie, prosiguieron.
Tarian se encargó de la mayor parte de los ataques e intentaba utilizar su magia sin éxito.
Había algo en las zarzas que se apropiaba de ella, o que la deshacía.
o alguna otra cosa que evitaba que pudiera usarla.
Cuando Daisy le preguntó al respecto, él movió la cabeza de lado a lado, frustrado, y musitó algo ininteligible.
Como probablemente de todas maneras no lo habría entendido, Daisy no insistió.
Tras lo que les parecieron años en aquel mar serpenteante y sinuoso de plantas letales y criaturas desquiciadas, un suave resplandor de una tonalidad azul plateada iluminó el túnel sombrío un poco más adelante.
Daisy vio que las paredes del túnel estaban despejadas; no había más plantas.
Cero bioluminiscencia. El resplandor parecía natural, como el de la luz de la luna.
¿Eso es…? Ni se atrevió a decirlo por miedo a que fuera un espejismo. Tenía la boca tan seca como si le hubieran metido bolas de algodón a presión.
Tarian extendió el brazo hacia atrás. Tenía el antebrazo y la base de la palma de la mano cubiertos de sangre seca. Ella le puso su arma en la mano y miró alrededor en busca del peligro que se avecinaba.
Él miró hacia atrás.
No, tu arma no. La mano. Creo que es la luz de la luna. Hemos cruzado.
Casi se echó a llorar. Se desplomó contra él sin dudarlo, recuperó su arma y luego le dio la mano, sin importarle que tuviera sangre, pus o pis; qué más daba. Lo único que importaba era salir de aquel agujero infecto.
Él debió de notar que a Daisy le menguaban las fuerzas o vio cómo le temblaban las piernas, porque le preguntó:
¿Quieres que te lleve en brazos el último tramo?
Era una pregunta absurda. Aún les faltaban unos seis metros o así para salir y podría haber más criaturas. Podrían haber dejado para el final la peor y la más grande. Ella lo habría hecho.
Sin embargo, antes de poder darle la respuesta lógica —la de la chica dura—, una palabra flotó hacia la superficie, por lo general resguardada por las defensas de su mente y ahora a la vista de todos.
Sí.
Él se la acercó, se dio la vuelta y alargó el brazo para poder alzarla. Listo para llevarla abrazada a su pecho o sobre la espalda. Daba igual. Ella ansiaba el contacto de su cuerpo de un modo que, extrañamente, parecía por completo natural.
Antes de que la cogiera, se dieron cuenta de que los Celestiales sí que les habían reservado lo más grande y repugnante para el final.
No obstante, no era una criatura. Era algo peor, muchísimo peor.